Trump y los “latinos”

 

 

 

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Comparado con el partido que pretendió instaurar en América un socialismo estilo escandinavo, Donald Trump parecerá un genio. En los momentos en que la población de Estados Unidos cae irremediablemente en lo “latino”, las élites demócratas sueñan con Finlandia.

Por un lado, ciudades santuario que acogen a refugiados de nuestras repúblicas bananeras; por el otro, la utopía noruega. Fiordos, IKEA y Selma Lagerlöf, por aquí; Zacatecas, Pablo Escobar y Jorge Ramos, por allá. El pensamiento demócrata es bipolar y va de Copenhague a Guatapeor.

El sistema educativo que los liberales defienden de los desmanes de Betsy DeVos ha producido hornadas de nuevos energúmenos vestidos con camisetas del Che, pero incapaces de localizar a Escandinavia o Guatemala, no ya en un mapa cultural, sino en un simple mapa de Google Earth.

¿Habrá algo genético o sobrenatural que provoque el florecimiento de sociedades armoniosas y civiles en las regiones septentrionales? Y, alternativamente, ¿qué demonios pasa por allá abajo, en esas convulsas republiquitas que envían el suministro de café de Starbucks? Dejemos de lado, como es lógico, el factor racial, que en la cosmovisión demócrata es anatema.

Pero la raza cuenta, digamos, cuando Sally Boynton Brown, demócrata de Idaho, durante su intervención ante la asamblea del grupo Democracy in Color, se declara enemiga de los blancos. “Soy caucásica y por eso no entiendo nada. ¡Cállense, blancos, cierren esas bocas!”, dice. “¡Aprendan a escuchar a las personas de color!”

Mientras tanto, la gente morena que huye a Estados Unidos en pos de una tarjeta verde y una blanquísima Magna Carta, debe estar totalmente confundida. Ni una sola regresaría, por nada del mundo, a fundar una sociedad equitativa en sus países de origen: a 55 millones de latinos les vale madre Latinoamérica y su color local. Ellos son la negación de la supuesta superioridad moral de los pueblos de color. La filantropía de la colonia hispana se reduce a las baratijas y las remesas. Se construirán un rancho, pero ¡nada de construir sociedades!

Es común adjudicar la imparable avalancha latina a presiones económicas exclusivamente, y eso, porque también es seguro y expeditivo despolitizar los grandes movimientos de pueblos. Pero los llamados “inmigrantes económicos latinos” son, en realidad, refugiados políticos, comenzando por México, cuyo cuestionable sistema social ha provocado un éxodo masivo que vacía comarcas enteras. Cualquier otro país hubiese declarado el estado de emergencia.

Trump, el muy energúmeno, ha politizado el problema migratorio y acusado a México de descargar en la frontera norteamericana su responsabilidad por el bienestar de millones de ciudadanos. México, obviamente, hace tiempo que renunció a la idea de una sociedad justa donde tengan cabida sus 33 millones de refugiados políticos, más otros tantos que esperan al pie del muro. Pero, la corrección política impide hablar de política, especialmente con México. El problema mexicano es como uno de esos cuates de yeso tomando la siesta debajo de un nopal: es mejor no despertarlo.

Insinuar que México tiene “un problema” ha provocado la ira de la izquierda y la derecha mexicanas por igual. Nada menos que Enrique Krauze se da golpes de pecho, mientras que Jorge Castañeda hace causa común con Peña Nieto y Paquita la del Barrio. No olvidemos que la experiencia americana de estos chicos fresas se reduce a una temporada feliz en universidades Ivy League, adonde también envían a su rubianca prole. Ellos son blancos, sin importar la tendencia, y regresan a ocupar posiciones hereditarias de poder en la estructura político-cultural azteca.

Pero los resultados del más grande experimento jamás ensayado por sociedad alguna, están a la vista en Arizona, California y Texas. Los demócratas, por conveniencia, se niegan a aceptarlos, y solo ven la catástrofe. Las audiencias latinas son receptoras pasivas del alarmismo de la prensa amarilla comandada por Televisa y Jorge Ramos. La realidad es muy distinta. Una emigrante zapoteca, condenada a la servidumbre solo por su extracción racial y su posición relativa en su sociedad de origen, enviará a sus hijos a Pasadena High School. Nada más de cruzar la frontera. Cada año en los Estados Unidos se gradúan de bachillerato 65 mil estudiantes indocumentados.

Una auténtica revolución mexicana ocurre a cada hora en el laboratorio social americano –y esa revolución es el resultado del outsourcing–. En los territorios ocupados de 1850, viven, trabajan y disfrutan de plenos derechos, muchos más millones de mexicanos que en ninguna otra región del México actual. Si bien es cierto que hubo territorios anexados, arrebatados o robados, también lo es que los refugiados políticos los transformaron en una especie de pujante Mexoamérica.

¿Por qué no estudiar, paralelamente, la anexión latina de las provincias de Nebraska, Illinois y Utah? Hectárea por hectárea, barrio por barrio, México ocupa hoy más territorio estadounidense que ninguna otra nación del mundo. La inmigración latina pidió entrada, luego el reconocimiento de su idioma, después la concesión de ilimitados derechos y, finalmente, ser mayoría. ¿Qué da a cambio? Sangre fresca a la economía del país anfitrión.

Si el Tratado de Libre Comercio fuese un éxito, como afirman los demócratas, las cifras de la emigración mexicana arrojarían resultados que lo corroboren. Sin embargo, durante el tiempo de existencia del Tratado, la emigración se multiplicó, por lo que la noción de una mejoría en las condiciones de vida de nuestros vecinos al sur del río Bravo, es falsa. La fuente de estabilidad social en México son las remesas, es decir: la emigración.

Es la misma falacia que anima a los que propugnan un acercamiento económico con La Habana. El fracasado experimento mexicano debía servirles de advertencia: los tratados comerciales, no importa cuán favorables, jamás se traducen en verdaderos avances políticos. Trump es un energúmeno –¡qué duda cabe!– pero a veces pone una de carambola.

  1. Marlene Azor Hernández

    Néstor te sugiero el libro “Por qué fracasan los países” de los autores Daron Acemoglu y James A. Robinson. En la contraportada se lee: que algunas naciones sean más prósperas que otras, ¿se debe a cuestiones culturales?, ¿ a su ubicación geográfica? No, en absoluto. Ninguna cuestión relativa a la prosperidad de un país está relacionada con estos factores. Yo agrego que tampoco al determinismo histórico. Es un buen libro para disminuir los estereotipos y alcanzar profundidad.

  2. Marlene, tu lectura sesgada de mi artículo me dice que no lo entendiste. Si leer el libro de Robinson y Acemoglu te convenció instantáneamente, y crees que me daría a mí la oportunidad de “disminuir estereotipos”, lo que sea que eso quiera decir, y también “alcanzar profundidad” (otra afirmación abstracta), entonces imagínate lo que desencadenaría en tu cerebro la lectura de Walther Rathenau, el gran industrialista, diplomático, político y pensador judío, que en los primeros años del siglo XX propugnó la integración racial de los judíos al tronco germánico, debido precisamente, a la superioridad de lo germánico con respecto de ese pueblito del sur, cuya filosofía del miedo había llegado a colarse y malear una gran cultura heroica. Claro, esa no es mi opinión, solo la menciono porque estoy segurísimo que no conoces a Rathenau, que tu confianza en tus propias opiniones tiene muchos agujeros y que la razón por la que fracasan los países no es un asunto que haya sido resuelto definitivamente. Un problema con los izquierdistas es que se apresuran a poner el cuño, tanto en cuestiones ambientales como económicas o políticas, y mandar a otros a instruirse y a alcanzar profundidad, cuando ni siquiera han leído a derechas el asunto en cuestión, sino que parten ellos mismos de estereotipos e ideas preconcebidas. El problema racial, y eso es lo que digo en mi artículo, ES un problema en México, eternamente irresuelto, y ahora exportado a los Estados Unidos para ser encarado por las próximas generaciones que se encontrarán con esa papa caliente. Que México tiene un problema que está en la base de la emigración y que tiene que encararlo, y que quizás Trump les haya brindado esa oportunidad. Eso es lo que afirmo.

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