’10 millones’, de Argos Teatro: Fears for Tears

Mi crítica de la obra 10 Millones, de Carlos Celdrán y Argos Teatro, apareció en esta misma página el 26 de agosto de 2016, al regreso de mi primer viaje a Cuba. Creo oportuno reproducirla, ahora que la obra llega a Miami.

El teatro en Cuba es teatro político: la situación así lo exige. La política lo condiciona absolutamente todo, tanto la literatura como la gastronomía, la arquitectura como el turismo. En ese sentido, el teatro cubano es un teatro impuro, apuntalado por grandes declaraciones, afincado en la oratoria. El argumento es llevado en hombros de los actores hacia una conclusión que el espectador conoce de antemano. Se trata también de un teatro trágico, pues no hay desenlaces inéditos ni temas que no sean del dominio público. Los directores escenifican los mitos urbanos, los fastos de un panteón nacional. El pueblo responde llenando los foros durante cien funciones. Este tipo de drama no es nuevo, viene practicándose con relativo éxito, y con la relativa anuencia de las autoridades, desde principios de los ochenta. Es un teatro de masas, que busca –y casi siempre consigue– la catarsis.

Si se les preguntara a los directores si lo que hacen es teatro político, seguramente lo negarían, tanto ha llegado a confundirse en Cuba la cotidianidad con la excepcionalidad. La excepción es la norma, y creo que los directores se ven a sí mismos como practicantes de algún costumbrismo.

Varios actores se me acercaron para tantear la cuestión del empleo en el extranjero, pero, ¿qué puede hacer en Miami un actor de Carlos Díaz? ¿Ir a trabajar a Telemundo? Por otra parte, la financiación de las artes es aquí un fenómeno específicamente socialista, es decir, inoperante y maleable. El Estado provee un presupuesto miserable y un salario con el que un actor apenas puede subsistir. Hornada tras hornada de graduados de las escuelas de arte va a engrosar las filas de los parados, y solo un grupúsculo llega a integrar la troupe de los directores estrellas. Los actores se ven forzados, en muchos casos, a buscar empleo de camareros, o de capitanes de los nuevos boliches, donde reciben un sueldo en fulas y una comida diaria.

10 Millones: Fears for Tears

Argos Teatro, de Carlos Celdrán, tuvo varios meses en cartelera una obra titulada 10 Millones. Fui a verla la última noche y la sala estaba llena. Algunas personas me dijeron que la habían visto dos y tres veces. 10 Millones se basa en las anotaciones del director, un diario íntimo que Carlos llevó durante algún tiempo y que finalmente se convirtió en pieza teatral. Se trata de la educación sentimental del joven protagonista, tironeado por dos tendencias en pugna. De un lado la Madre, poseída por el fervor de su misión histórica, la típica “comecandela” entregada al “proceso”. Del otro, el Padre de la criatura, un hombre tímido y vulnerable, el clásico enemigo del pueblo a quien las masas terminan llevando a la picota pública. Ese pueblo que acusa y condena no se ve, pero se siente, es una Fuenteovejuna hecha de borregos que, de una forma u otra, integran la audiencia. Todos nos identificábamos, alternativamente, con los culpables y las víctimas: tal es el logro de 10 Millones. No era raro escuchar sollozos y hondos suspiros en la sala de Argos Teatro.

La Madre pretende separar al muchacho (llamado simplemente Él) y al Padre, como si se tratase de una operación ideológico-quirúrgica. Corre de un lado para otro en su jeep oficial, una heroína clásica en su carruaje, resolviendo dificultades, paliando y repartiendo miserias a partes iguales, dando y recibiendo órdenes. El niño no solo es el objeto de la diferencia, no solo está en el medio del problema, sino que libra una batalla de ideas consigo mismo. Por fin encuentra su imagen reflejada en la gota de esperma de un compañero que se ha venido en sus manos, y el Poder se mira entonces en el espejo de Narciso.

Hay un lirismo y una severa ternura en la ópera prima de Carlos Celdrán, cuyo telón de fondo es la Cuba del Período Gris, el ambiente malicioso de la revolución institucionalizada, el ruido atronador de las consignas, el sudor de las grandes tareas, el llanto por las zafras perdidas, las altas sirenas de las prisiones, reales e interiores. Lo que está en juego, a fin de cuentas, es el alma de un niño, y esa alma no es más que la expresión sublimada de su cuerpo: 10 Millones es La carne de René para la época del Segundo Congreso de Cultura.

El actor principal (Daniel Romero) aparece en escena con las tetillas inflamadas y los ojos brillantes, en toda su perfecta adorabilidad pubescente. El acento es villareño, la coloratura rural. El muchacho es uno de esos actores que, de cuando en cuando, suben a escena como un hallazgo, y no solo artístico. Los directores los entrenan para que se dejen exhibir como un trofeo. Que alguno tenga talento, que sea capaz de llevar una pieza larga –demasiado larga y compleja– y darle un sentido exacto a cada giro del texto, produce un deleite del que los directores no son totalmente inocentes.

Al parecer, Celdrán ha contado su propia historia familiar, tomado algún gesto, algún capricho de su propia madre y de otras personas cercanas a él. Esa mujer heroica, el personaje de 10 Millones que encarna mejor la fatalidad clásica, una creación trágica que quedará como modelo en el repertorio de Carlos Celdrán y del teatro cubano de su época (investida de una serena grandeza por la actriz Maridelmis Marín) concluye su último monólogo con una declaración sencilla, dicha en el tono más llano: ahora vive en Miami, se fue de Cuba como todos, como alguien que cumple una misión internacionalista. Sí, a Miami, no lejos del que fuera su esposo, que tiene ahora otra familia y otros hijos, el que durante el Mariel soportó el repudio de su propia carne.

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Creo que 10 Millones admite recortes y alguna reescritura, y quizás Carlos (cuyo alter ego aparece en escena con el personaje de El Autor) consiga llevarla a su forma definitiva en próximas representaciones. Sé que más de un crítico la detestó, y sé que el público habanero la adoró. 10 Millones propone un muy necesario ajuste de cuentas con el pasado, no solo nacional sino individual, y desencadena una catarsis de la que La Habana, a juzgar por las lágrimas, parece estar necesitada.

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  1. Eduard

    Acabo en este mismo instante (…un decir) de ver una pieza maestra, 10 millones. Cumpliendo el papel que merece en sí mismo el teatro, es decir, la ambivalencia respecto a los sentimientos individuales y colectivos de los sujetos de cualquier espacio del planeta. Como muy bien se llamó en la Grecia de los dioses…un obra catárquica. A la salida la respuesta que se merece la obra: la división. Un sector hechó humo al texto y al concepto “comunista” de abordarlo “omitiendo la historia” y otro que lidero y que es mayoritario quedó “bocavadat”, que decimos en catalán, es decir impresionados. Te quiero, te extraño y necesito discutir contigo (…para variar). Un abraçada forta. Tu amigo catalán. Eduard

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