Palabras escritas el 11 de julio de 2021: «Hacer a Cuba grande otra vez»

Lo sucedido el 11 de julio no fue un evento local, sino total, no circunscrito a la historia de Cuba, sino entrometido en la historia mundial, un evento histórico que tomó por sorpresa a los historiadores.

El 11-J-21 es más importante que la caída del Muro de Berlín, pues su aplicabilidad es universal. Es la fecha de la verdadera muerte del socialismo y del derrumbe del viejo muro restaurado por la Corrección Política.

Ahora somos libres de decir lo indecible, de pronunciar lo impronunciable, de gritar a los cuatro vientos lo que se nos pegue la gana. El 11 de julio generó una forma nueva de inconsciencia, algo que solo sucede cada 400 años.

No nos engañemos: el 11 de julio fue la evidencia del «efecto Trump» en la historia de la humanidad. El evento Warp Speed provocó la explosión en la Catedral, y todos fuimos copartícipes del estallido.

Los socialistas tergiversarán lo que está sucediendo en Cuba, pero sería una canallada de nuestra parte no esclarecerlo, no postularlo con la más radiante desvergüenza.

Los socialistas del mundo esperan que el castrismo los salve, que conciba mentiras mayores y falsedades capaces de remendar el daño irreparable. Negar la termodinámica y dar marcha atrás al mundo si fuera necesario. Renegar de la misma revolución que ellos anunciaron y de la contrarrevolución que terminaron pariendo.

Los chapados a la antigua invocarán a Virgilio en esta gran ocasión, pero la revolución del 11-J-21 es de Legna Rodríguez y Gleyvis Coro Montanet, de las lesbianas y las analfabetas, de los negritos catedráticos de San Isidro, del artistaje naif, de los accademici di nulla accademia.

Es la revolución de los equivocados, una revolución contrafactual y contrarrevolucionaria. Y es una revolución anticientífica y decididamente anticatedrática.  

Imposible rescatar lo desechado y restaurar lo derrumbado, imposible restañar el plato roto. Para controlar los daños se ha llamado a las negras de Black Lives Matter, a las profesoras de africanismos, y se les ha pedido que cierren filas ante el avance de las Damas de Blanco. Ahora se necesitan mutuamente, las concubinas de todos los países: Nancy Morejón y Nikole Hannah-Jones.

Pero el 11-J-21 prueba que la absolución anunciada no ocurrirá. La historia tomó las calles y enjuició al tirano, lo despertó de su sueño eterno y lo trajo a los tribunales de lo efímero. Lo arrastró por las plazas, cosido al pellejo de un mulo que desde hace seis décadas bordea el abismo.

Es el primero de muchos que serán juzgados.

El tirano juzgado y condenado en espectro. El fantasma marxista bajado a palos, como una piñata. La ideología puesta sobre los pies, empujada a marchar con los insignificantes y los desacreditados.

¡Bajarle por fin los humos a Agamben y a Vattimo!

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El 11 de julio de 2021 es un momento educacional, uno de los teacheable moments de que hablara Barack Obama. El 11 de julio es el momento justo de entender a Obama y desentendernos de los demócratas.

Porque no es la herencia de restricciones de la era Trump lo que ha lastrado la capacidad de decisión del presidente Joe Biden ante el castrismo terminal, sino la rémora del relajamiento y el laissez-faire de la administración Obama-Kerry que sentó el precedente de desoír a la oposición y pasar por alto a la sociedad civil, con tal de contemporizar e imponer el falso compromiso, una aspiración compartida con los elementos más reaccionarios de la emigración cubana.

Esa idea se sostiene en el sofisma de que el levantamiento del embargo es un imperativo categórico. La intrépida noción de revertir o modificar las medidas trumpistas, repetida por el consejero presidencial Juan González apenas unas horas antes del estallido del 11 de julio, resulta ya inconcebible. Porque el continuismo demócrata afectaría la soberanía cubana aún más que el continuismo canelista.

Lo mismo que aquel, el continuismo yanqui es un inmovilismo.

Al menos Trump logró que Cuba reaccionara, que la sociedad civil pataleara, que la conciencia nacional se sacudiera, que el exilio se movilizara. Trump puso fin a la política de apaciguamiento, y ese es un logro que sería indigno regatearle. Su terapia de choque ha conseguido colocar en el centro de la agenda cubana la idea del cambio.

«Hacer a Cuba grande otra vez» es una aspiración expresada inequívocamente en las calles de toda la isla, una idea noble por la que el pueblo ha derramado la sangre y que solo los haters contradicen.

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