La Tota y la Porota en el cielo con el Che

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Por algún misterio teológico, la visita del papa Francisco coincidió con la última emisión de Sábado Gigante, el programa que el chileno Mario Kreutzberger animó durante 53 años consecutivos en el papel de Don Francisco. Las conexiones con la situación cubana son obvias: también el castrismo ha sido un gigantesco sábado, con un Conductor en Jefe y una audiencia cautiva que “movió la colita” al son del Chacal de la Trompeta. Y también el raulismo ensayaba este sábado su último episodio.

Para los que no lo conocieron: Mario Kreutzberger y Blumenfeld tuvo sus quince minutos de gloria hace casi tres décadas, cuando Rolandito Barral le hacía la segunda y el pueblo llano de Hialeah coreaba los jingles de Coca-Cola. Fue entonces que su popular concurso de canto presentó a los ojos del mundo una galería de miamenses que no había sido explotada mediáticamente.

La novedad de Sábado Gigante, antes de institucionalizarse, fue presentar la cubanidad como reality show, exponer en pantalla los casos y cosas de la familia nuclear en exilio, y proveernos de una charada donde las amas de casa de Palm Avenue podían ganarse un Monte Carlo, cortesía de Gus Machado Chevrolet.

Como ha sucedido siempre, un judío vodevilesco nos ponía delante el espejo, y nos enseñaba a entendernos y hasta a querernos. Kreutzberger nos estudió con pericia de entomólogo: en su capacidad de empresario y sátiro máximo fue el primero en revelar, para la América profunda, la belleza brutal del exilio. Como político, sería también primero en jugar con nuestras emociones, y en tratarnos como a cualquier otra teleaudiencia. A fin de cuentas, el populismo de Don Francisco nos hizo gente, y el concursante cubano de Sábado Gigante llegó a ser la contrapartida del gusano de la propaganda castrista.

Simultáneamente, sobre un escenario habanero, y como en transmisión en cadena, otro Mario ofrecía el más descalabrado espectáculo. Recordemos los problemas ideológicos con que este doble de Don Francisco apareció en escena, y el malestar oficialista por lo que se consideró entonces una mancha en su expediente. Ciertos académicos rioplatenses habían exhumado una antigua fotografía de Mario Bergoglio abrazado a Rafael Videla, y los lacayos latinos de universidades yanquis declararon abierta la estación de cacería del papa.

Pero, ay, los argentinos, cuya capacidad de metabolizar fascismos es incalculable –el pueblo que tomó al Che por humanista y a Otto “Caracortada” Skorzeny de consejero áulico– no encontró mayores dificultades en rehabilitar a Francis. Las broncas con la inefable Cristina Kirchner fueron barridas debajo de la alfombra (del claustro franciscano que el Santo Pontífice habita, en abdicación ostensible de su palacio cardenalicio) y más rápido de lo que se dice sancta paupertas, Francisco era aceptado por la aristocracia de izquierdas como la mutación vaticana del ecologismo.

Y el mundo, que fue y será una porquería –en el quinientos diez y en el dos mil también– no tardó en creerlo. Un papa de los arrabales que sea, además, argentino, representa de por sí una alteración del orden cósmico. Porque, si los porteños habían reclamado el Aleph, al Che, y en ocasiones a dios para su epopeya nacional, entonces, ¿qué podía aportarles un curita más o menos? Pero la veleidad humana tampoco tiene límites, y en vez de renunciar a esa última humillación, que como europeos aplatanados inflingían a la América indígena, aprovecharon la oportunidad de colocar a otro delantero en la escuadra de San Pedro. Un delantero italiano, para más injuria.

Es ese papa maradonizado quien llega a Cuba y rehúsa reunirse con los réprobos del Movimiento Cristiano Liberación, los compañeros del mártir Oswaldo Payá, aquellos que pasaron años en auténticas ergástulas jesuitas. Acto seguido, aparece en Punto Cero junto al émulo de Videla. Intercambian libros: Francisco le entrega algo de Mafalda y nuestro Torquemada le firma un ejemplar de Fidel y la religión, que vendría a ser el equivalente de un Canto a la Janucá por Josef Mengele. Aquí los canales se cruzan y caemos en el pórtico del Centro Cultural Félix Varela.

¡Ay, Seminario de San Carlos y San Ambrosio, cuántos crímenes cometidos tras tus venerables muros! El papa escucha impacientemente a un seminarista que lee una proclama; se revuelve en el taburete; pide bloc y lápiz, y en el mismo momento en que el joven dice: “Lo que nos une es un futuro de cambios profundos para Cuba, donde nuestro país sea un hogar que acoja a todos sus hijos, piensen como piensen y estén donde estén”, el papa parece estar pensando en las musarañas.

No hizo falta que el cura Lombardi invitara a la disidencia: las voces de todos los cubanos reclaman esencialmente lo mismo. El joven seminarista denunció “los conventillos de las religiones y las ideologías”, y habló de la “tierra de reconciliación” y la “cultura del encuentro”, es decir, repitió los puntos básicos del Proyecto Varela: si Francisco no iba a la montaña, la montaña se echaba encima de Francisco. No era el Che –ese Anticristo– quien los miraba desde el cielo, sino Oswaldo Payá y Harold Cepero, asesinados en la flor de sus vidas.

El joven se disculpó por la lluvia, y el papa Bergoglio, obstinado por tanta humedad y evidentemente desenchufado de la cubanidad, comenzó a hablar ¡del desempleo en Europa! Citó un 40 por ciento de desempleados en algunos países, “45 en otros, otro país 50”, en una nación que ni siquiera tiene acceso a sus más elementales estadísticas. Quizás los parados en Cuba sean un 80 por ciento, y los disidentes un 95 por ciento, ¿quién sabe? No Bergoglio, ciertamente. Debió gritárselo alguien del público, pero en lugar de eso, los chicos entonaron la rumba “Uno, dos y tres, qué papa más chévere”.

Esa tarde, en el seminario de San Carlos, la televisión y su ironía volvieron a colarse en la solemne ceremonia. El papa Francisco demostró a las claras no ser un teólogo de la estatura de Benedicto XVI, ni un reformador social dotado con la elocuencia de un Juan Pablo II, ni siquiera un animador de la talla de Don Francisco. Sus discursos fueron sosos y desorganizados. Habló de “amistad social” y de “cultura del descarte”, en un país que desconoce ambas. Habló de “pobreza” y “sacrificio” en la casa del ahorcado. A unos pasos del papa, el cardenal Ortega retorcía la lengua, boqueaba y hacía pucheros, vestido en un numerito de chifón rojo, mientras el Santo Padre se planchaba los pliegues de la casulla.

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En ese momento pasé de canal, al darme cuenta de lo erróneo de la escena previa: los católicos cubanos esperaban un pontífice de la estirpe de Bioy Casares y Mujica Láinez, dotado de la entereza cívica de un padre Varela y un Pedro Meurice, y se encontraron a un compadrito escoltado por esa infame palabrota que Fidel lanzó hace unos años por los micrófonos de una estación de radio de Miami.

El compadrito y el verbo encarnado se retiraron, arrastrando sotanas, dos viejos pánicos que usurpaban el púlpito, sin la autoridad moral ni la convicción necesarias para sacudir a un pueblo que atraviesa la más honda crisis espiritual de su Historia. En el otro canal Don Francisco le decía adiós a Sábado Gigante, mientras que en alguna nube del firmamento televisivo, la Tota y la Porota se veían canonizadas en la tierra.

  1. Eduardo Lord Baltimore Castlenest de la Parranda

    querido, Dante colocó a nueve papas en el Inferno. Tú serás el décimo, el primer Papa medieval en casi un milenio.

  2. juan enrique llama

    Y es por eso que me voy a hacer ortodoxo… Que la ortodoxa rusa es una iglesia seria y la católica parece cada vez más un horrible chiste … El artículo es genial…

    • No, Orland, you’re the man!! De ti irradia la narrativa post-cubana como un halo de rayitos oxigenados. Tu persona es tría: Ahmed Ahmed, el pichón del Lago y vos. Donde tú estás, está el Aleph y Alphaville (o Alphavillegas, sustancia radioactiva antipapas). Tu cuento salió como un falopio de tu portañuela para penetrar en todas las antologías. Me quedé esperando la escena porno du ménage a trois en el baño de Lady D.

  3. roxanaaguilera

    Seremos nosotros a defendernos , el seminarista JOVEN y CUBANO , ciertamente sorprendio al Jaime y a todos .creo q estees el unico articulo q coloca a cada uno en su podio , gracias!!

  4. carlos franco

    Como no creyente ,nunca espero nada de la Iglesia y menos de los curas traficantes (la mayoría) del dolor humano.Supongo que mucha gente ve la institución y al “santísimo”,pero no al individuo. Que oportunidad perdida para la Cuba sufrida,pero y simultáneamente ,es bueno que se destruyan las imágenes de bueno y bondadoso y se lidie con la realidad que es mas brutal y fea. Una abrazo y tu,como siempre,destruyendo dioses falsos y limpiando altares de tanta basura.

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