Hanna y Rihanna en la cama (hojeando People en Español)

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La última Bienal de La Habana culminó en la condena a ocho meses de prisión domiciliaria de la artista Tania Bruguera: bastaba retener el pasaporte para que cualquier ciudadano experimentara los horrores del totalitarismo. Lo carcelario quedó establecido entonces como el estado natural de lo cubano.

Manto Negro, Valle Grande o Ariza, aunque todavía activos, se hicieron superfluos. Las calles, los barrios y los repartos de Cuba eran otros tantos calabozos. Dentro de ese contexto, las nociones de nacionalidad y soberanía perdieron, instantáneamente, el significado: “patria” es ahora una ficción penitenciaria.

Con solo ingresar al territorio nacional, el cubano de origen queda encartado hasta nuevo aviso. La cárcel es el a priori del Sistema, y la única “carta magna” es el salvoconducto policial que le exime y concede salida. Así como existen zoológicos sin rejas, el ciudadano cubano es exhibido, para entretenimiento público, en las condiciones ambientales del socialismo fallido. Se implementa un sistema de fosos invisibles que acentúa la ilusión de naturalidad.

Aún otra barrera es el efecto conocido como “suspensión de la incredulidad” que afecta particularmente a los visitantes extranjeros. Se trata de un obstáculo considerable: incapaz de explicar su situación y rodeado por el muro de indolencia de empresarios, políticos y celebridades, el cubano ve caer una cortina de hierro donde creyó encontrar una vía de escape. Por aquel lado tampoco hay salida: Raúl es un Piranesi y Cuba es su prisión modelo.

Pero el viaje a Cuba no es una visita al zoológico, sino, más bien, una representación teatral. El turista espera una narrativa, una dramaturgia, y de ningún modo aceptará menos que aquello por lo que pagó. Entre las emociones que el visitante demanda está una inefable “promesa de libertad”, un estremecimiento que ha de permanecer, por contrato, irrealizado.

El extranjero entiende que la situación de Cuba es extrema, pero le halaga saber que forma parte de una política de “mejoramiento” y de una iniciativa filantrópica que darán resultados en el futuro y cuya aplicación inmediata no depende de nadie. Esta es otra “oferta especial” raulista, aunque no aparezca en los prospectos donde figuran la catedral, el pinguero y la mulata.

Ahora Annie Leibovitz va a buscar a La Habana los grises del moho, el rosado de las lechadas, los alféizares desconchados y la belleza de los tristes camastros de un motel barato que todavía se llama “Isla de Cuba”. No dudo que Raúl haya sido el inventor de Airbnb: hostelería del aire con desayuno y bayú incluidos. Desde hace más de dos décadas, en la Isla funciona un sistema estatal de posadas, que copiaron los americanos. Lo mismo sucedió con el almendrón y Uber: el traspaso de tecnologías funciona en ambos sentidos.

Leibovitz importa a una mestiza para ser retratada en el hábitat de interiores habaneros. Se trata de un hecho artístico de capital importancia: anuncia que la mulata criolla ha corrido su curso, que ha dejado de deslumbrar, que su hermosura sórdida no pasó de ser una moda, y que en la etapa de renormalización se hace necesario un tipo de negra más depurado y objetificado. (Es el mismo mecanismo hollywoodense que transformó al sueco Warner Oland en el personaje oriental de Charlie Chan). Si Rihanna reinterpreta a la jinetera, Cuba vuelve a ser un bayú del aire para los lectores de Vanity Fair.

Unos meses antes, en los confines de Centro Habana, Tania Bruguera introducía a la judía Hanna Arendt en la saleta de su casa. El escenario en que operó Bruguera es otro enclave comercial, no muy distinto del de Leibovitz, aunque el valor espectacular de ese locus político no se le evidenció de inmediato al consumidor de arte. Tania trabaja con artefactos culturales (Tatlin, Arendt, micrófono, carne, patria, etc.) descontextualizados, aunque, a nivel local, una torre soviética o un tratado germano sigan siendo tan ininteligibles como la persistencia del castrismo. El traspaso de saberes no funciona aquí en ambos sentidos.

Porque, el totalitarismo ya no es lo que era en los tiempos de Arendt, y se requiere un complicado proceso de desambiguación para hacérselo ver al público del mundo libre. Podría cometerse el error de confundirlo con la variante izquierdista de lo “totalitario”, que interpreta el capital como totalidad, equiparando los principios de la crítica anticomunista con los de la agenda ecológica global.

Tania pudo haber leído el tarot o la revista ¡Hola! sin alterar en nada el contenido de su pieza: era la obscenidad del lugar, con su desnudez patibularia, la que resultó problemática. Hanna entró a la celda que Tania le ofrecía como quien entra en el cuarto de una posada. Mientras que Rihanna vino a encarnar la vampirización de lo político, o las nuevas condiciones para la estetización del castrismo, Arendt fue filosofía del tocador, la novia desnuda rodeada de sus pretendientes, unos falsos obreros que blandían el martillo de aire como un consolador.

A dos horas de vuelo del gueto de La Habana, un empresario cubanoamericano lleva esos dos eventos a su conclusión espectacular. Armando Correa, director de la revista People en Español –en realidad, un crítico de arte graduado del ISA– trae a las páginas cromadas de su tabloide a tres lindas cubanas de la resistencia: Yoani, Rosa María y Tania.

Política y entretenimiento confluyen de manera lógica en una de las propuestas más audaces que hayan aparecido últimamente en el ámbito nacional. Y es que Correa entiende que el éxito de cualquier disidencia se debe hoy al sex appeal: una contrarrevolución empieza en la subversión de patrones estéticos. La ideología es solo el trasfondo de lo comercial (como lo demuestran la popularidad del “Che” y de la empresa “Castro & Hnos.”) por lo que se hace necesario crear imágenes antes de articular una política.

Rosa María Payá y Yoani Sánchez en las páginas de People en Español, retratadas entre las celebridades, los bellos y “los más influyentes”, son puro capital político. En cuanto a Tania, y a pesar de que su cause célèbre tuvo que haber llegado a oídos de Vanity Fair, fue discretamente relegada a la sección cultural de los periódicos. La reacción a su encarcelamiento sería de tipo académico, en contraste con la bombástica aparición de Condé Nast y la fotógrafa Leibovitz en La Habana.

Tania desnuda debió ocupar el camastro que usurpa la liberta Rihanna, y si no está ahí se debe a nuevos prejuicios políticos. Estorbar la normalización se considera (al mismo tiempo) una afrenta a Barack Obama y una traición al statu quo totalitario, y Vanity Fair es demasiado astuta para permitirse esos lujos.

Pero es justo señalar que fue Tania Bruguera quien, anticipándose a Lady Gaga, hizo del filete una forma de vestuario; que fue la misma Tania quien ofreció su persona (sometida, como la de Rihanna, al abuso doméstico) de referente crítico; que fue Tania quien articuló, en el campo de los estudios de género, un discurso postsoviético. Que sea Correa quien la catapulte a la arena espectacular habla muy alto del sentido práctico del editor de People, y de la manera en que supo aprovechar la actualidad.

En el terreno político se trata también de “actualizar la actualidad”, y una revista de chismes es, en ese escenario, mucho más subversiva que veinte tratados sobre totalitarismo. La presencia de un editor cubano en People, asegura que el intríngulis de nuestra farándula reciba el tratamiento que merece: Pantene, Maybelline y Vera Wang, es decir, los elementos que Rihanna y Leibovitz dan por sentados y que se escamotean a nuestras opositoras.

La disidencia patrocinada por Revlon, he ahí una idea nueva. ¡El espectro de Oswaldo Payá, por cortesía de Starbucks! (Desde el rico interior de un Lincoln Continental, la Primera Dama, Marta Fernández de Batista, espera su turno). Si la apuesta de Obama tuvo alguna validez, Armando Correa la cogió al vuelo, la implementó y la llevó a sus últimas consecuencias en el número de noviembre de People en Español. El totalitarismo de Hanna Arendt, a pesar de ser uno de los artefactos más complejos de la ciencia judaica, se benefició igualmente del chanchullo personal y la condición de astro de su autora. La tendencia es irreversible: la próxima vez que Vanity Fair visite la jaula, será Berta Soler quien aparezca en cueros.

  1. jaime Figueras

    Hola querido Nestor.

    Gracias por estos ensayos. Me das permiso para ponerlo en mi Facebook ?

    Muchas gracias.

    Jaime

    Sent from my iPhone

    >

  2. Pingback: NDDV: ·Hanna y Rihanna en la cama (hojeando people en español)· | inCUBAdora

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