Milk: la Vía Láctea

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Sabido es que en la historia de la contracultura gay norteamericana, la leche y el jugo de naranja no pegan, son como el aceite y el vinagre. Así de simplista y contradictoria es la premisa de Milk, la película con que Gus Van Sant rinde homenaje a la memoria de Harvey Milk, el primer funcionario explícitamente homosexual en la historia oficial de los Estados Unidos.

En el San Francisco de finales de los 70, Milk imprimió un giro político a la situación del distrito Castro al conquistar un escaño en el ayuntamiento y organizar la resistencia a la cruzada anti-gay encabezada por Anita Bryant, una estrella de la música cursi devenida rabiosa evangelizadora. Todavía a mi llegada a la Florida, en 1979 –por la época de la licenciosa discoteca Trece Botones– Anita era, a un tiempo, la vocera de la salubridad cristiana y de la América gótica que iguala a maricones y apestados. La recuerdo en la tele, con su cabecita llena de laca, anunciando una botella de jugo de naranja y escupiendo veneno pasteurizado.

Pero hoy es necesario notar que la salubridad obsesiva es característica de la higiene gay, y que aquella incipiente (amanerada) revolución cultural trajo la prohibición de fumar en público, de comer sin culpa, de opinar francamente, y hasta de tocarnos o piropearnos. Es decir, trajo lo políticamente correcto, que es la universalización de lo tapiñado. Hoy es preciso denunciar que el calvinismo de Anita Bryant se ha transformado en el castrismo de Sean Penn.

Los tiempos cambian, los papeles se intercambian, pero los cineastas no parecen dispuestos a advertir estas ironías. Por eso el guión de Dustin Lance Black se queda en la alegría embromada de lo gay, en el recuerdo de una militancia idealizada. Y por eso Milk no es una obra de arte, sino el pedestre docudrama con el que Hollywood exalta la figura del mártir, como lo haría el ICAIC con Pepito Tey o Lidia Doce. Aquí no hay búsqueda, ni sutilezas, ni voluntad de desentrañar el misterio de una época política y espiritualmente compleja.

Pareciera que los productores de Focus Features no se percataran de que la campaña electoral finalizó, pues todavía nos venden la “esperanza” y el “cambio” en un guión que alude, diacrónicamente, a los eventos del porvenir. Milk funciona como un obsoleto spot publicitario del Partido Demócrata en el que Anita Bryant fuese una villana de archivo, hecha con collages de antiguos noticieros. Aquella época pretende hablar de ésta –o acaso hablar por ésta–, y efectivamente, el viejo evangelismo rezuma en la contienda por la Propuesta 8 que niega hipócritamente el derecho de los homosexuales a las uniones civiles.

La película funciona, entonces, como una “anunciación”, que es la categoría cinemática a la que pertenecen las últimas recreaciones históricas de Hollywood, Good Night and Good Luck entre otras. Si en la cinta de Van Sant el equipo de colaboradores de Harvey Milk nos recuerda la tripulación del Enterprise, con su chino, su negro, su latino y su judío, es porque aspira a ser el oráculo de nuestros tiempos de integración: pero es difícil no deplorar la camaradería de Atalaya, y el multiculturalismo de Salón del Reino.

Hasta el tema del asesinato político se ha convertido en referencia obligada, en otra profecía que busca su macabro cumplimiento, y tampoco faltan aquí las alusiones a la muerte anunciada de Barak Obama a manos de algún radical de derechas. El apocalíptico David Gergen, hacia el final de unas elecciones en las que vio violencia donde no la hubo, solía insistir, con exquisito morbo, en lo “peligroso de la situación”; y Barbara Walter, con boca de jarro, le preguntó hace poco al presidente electo: “¿No teme por su vida?”. Se comprende el entusiasmo de los radicales del Daily Kos por un evento que serviría de excusa a su propia anarquía, pues son los liberales y no los conservadores quienes sueñan con la revolución fidelista. En el futuro, veremos películas de atentados a presidentes y de muertos demócratas a granel.

La actuación de Sean Penn, a pesar de lo que dirán los Oscares, es la peor del año 2008 y obedece en el fondo a motivaciones estrictamente ideológicas. Su Harvey Milk es el engendro de un Rain Man que hubiese copulado con una vendedora de frankfurters de Catskill. Y si fuese categóricamente posible, diría que Diego Luna está diez veces peor. Lo curioso es que no hay ni un solo gay en esta película gay; y se nota que los acomplejados galanes ¡no saben besarse! Haría bien Van Sant en rentar El cuarto hombre, de Paul Verhoeven, o en darse una vueltecita por El año de las trece lunas y Querelle, de Rainer Werner Fassbinder; o inclusive, por su estupenda My own private Idaho, si pretende darnos otra escena creíble de amor homosexual.

Nada salva del desastre a esta película inoperante e inane. Nada, claro, que no sean las trapisondas de la actualidad, los ecos y murmullos del cotilleo homosexual. Allá, a lo lejos –en el reality show de La Habana–, Sean Penn nos resulta mucho más convincente que el Milk de la pantalla. Allá Penn es un personaje complejo, porque si Milk estaba firmemente convencido de la justicia de su causa, y si murió enfrentado a aquellos que pretendían separar a los individuos en aceptables y apestados, y si la mediocre película de Van Sant ha de decirnos algo, el Penn de carne y hueso, en su momento de duda, vuela a reunirse con Raúl Castro y nos devuelve, por fin, la contradicción esencial: la leche y el jugo de naranja no pegan, son como el aceite y el vinagre.

Sean Penn busca a Raúl en uno de los mal iluminados calabozos de película porno que abundan en el Comité Central, y entabla una cándida conversación sobre mariconería y libertad, precisamente con el maricón mejor tapiñado del universo, ¡con el creador de las UMAP; el autor intelectual de las criminales disposiciones del Primer Congreso de Educación y Cultura; y el único atacante del cuartel Moncada que al ser despojado de sus ropas de falso sargento (ver: Antonio de la Cova, The Moncada Attack), llevaba debajo un bikini! ¡Qué afortunado giro de los acontecimientos para una mala película! ¡Que la leche comience y termine en el distrito Castro!

Diciembre 12, 2008

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