Pablito, el samaritano

Pablo Milanés
La Nueva Trova ha cambiado y vuelto a cambiar con el paso de los años, y estoy seguro que algún día se escribirá la historia de esas mutaciones, de esas traiciones. Por lo pronto, quisiera aportar una anécdota a propósito de la salida de Regalo, y una reflexión sobre este nuevo álbum de Pablo Milanés.

La primera vez que vi a Pablito, yo era un muchacho de quince años. Era la época de las fiestas con los Almas Vertiginosas y Los Kent, pero yo me encontraba frente al Teatro Martí, esperando a que comenzara un concierto de la Nueva Trova. Calculo que sería el año 70 o el 71, y que Pablito y los demás trovadores reunidos allí estarían ya de vuelta de “recogidas” y de granjas de castigo, mientras que nosotros, los jóvenes que nos apiñábamos a las puertas del teatro, apenas sospechábamos lo que se nos venía encima.

Recuerdo las butacas cubiertas con forros de tela blanca, y recuerdo la graciosa advertencia de un acomodador negro: “¡Con cariño, que el Martí es de palo!”, y recuerdo la entrada discretamente triunfal de Pablito Milanés, y hasta la tela raída de los bolsillos de su blue jean, y aún lo veo como metiéndose, guitarra en mano, por entre nosotros: un mulato gordito, de afro batido y gafas redondas.

Creo que fue el poeta Pedro Campos, que moriría en el exilio, quien me llevó al concierto y quien me hizo prestar atención a las letras de aquel cantante chambón de voz afinada, y que con Pedro también fui al cine Payret, unos meses más tarde, a ver la película donde Pablo Milanés entonó una oda a los Comités de Defensa de la Revolución: “Cuadra por barrio, barrio por pueblo / a la vanguardia va el comité…” ¡Qué decepción! Sin embargo, desde entonces, como tantos otros cubanos dispersos por el mundo, no he dejado de escucharlo.

¿Por qué insistimos en los pasajes que conmueven, en las rimas que nos pegan, en las medias verdades que nos confunden, o en los trabalenguas que siguen diciéndolo todo y nada? La trova es la trova, y la experiencia de esa música sacra será siempre, para nosotros, altamente problemática: descreemos de ella porque se vendió al mejor postor, pero no podemos dejar de tocarla y de admirarla, como si de una reliquia se tratase. En efecto, la Nueva Trova es uno de los momentos más sublimes, y también de los más abyectos, que alcanzó el espíritu de nuestra música.

Abyecta y sublime, la trova es otra meretriz de traganíquel que llora la traición de su hombre; y los trovadores tienen en común con las boleristas de cabaret ese abandono a la mala vida que parece ser su tacha y su sino. Una especie de fatalidad los empuja al abismo: a ella, porque no consigue resistirse a la voluntad del chulo (“no me importa entregarme a ti sin condición”, canta La Lupe en “Qué te pedí”), y a él, porque no puede sustraerse a la tentación del héroe (“y por eso para mí \ la vida no vale nada”).

Pablito Milanés encarnó como nadie esa doble moral, y desde su primer éxito –la más extraña e inconcebible de las canciones de amor– nos regaló el primer malentendido (“muchas veces te dije / que antes de hacerlo había que pensarlo muy bien”) de un género hecho casi exclusivamente de equívocos. Ahora el famoso verso de Para vivir podría servirle de epitafio al castrismo y a su revolución.

Regalo, vendría a ser, entonces, lo que se conoce en el medio como un “álbum de contrición”, homólogo de La samaritana, el disco con que La Lupe se despidió del mundo y se arrojó a los brazos del Cristo redentor: tras largos años de fidelidad a una causa perdida, el trovador y la bolerista se arrepienten, rasgan sus vestiduras y claman al cielo: “Mi hermano Jacinto / que vive en La Habana / no sabe si su hija / que tuvo una nieta / que aún no ha conocido / sabrá que su madre / murió de repente. / Las autoridades no lo dejan salir…”.

Pablito Milanés, el mismo que alzó una Casa de la Trova sobre las ruinas del club La Red, se digna ahora, al pasar de los años, a echar una mirada compasiva sobre aquellos que nos apiñábamos a las puertas del Martí. La crítica lo ha dejado claro: “Demasiado poco y demasiado tarde”, y el público –el gran público que tan bien lo conoce– sospecha que La Lupe será siempre más sincera en su arrepentimiento.

Enero, 2008
Letras Libres

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