Con la fe de las armas

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A las puertas de Alpha hay un soldado mediotiempo con rifle de palo, que entretiene al turista de paso. Hace unos años llevé allí a un fotógrafo de Geo –la versión europea de National Geoghaphic– de visita en Miami. Me había pedido que le enseñara mi ciudad, y no quise dejar pasar la ocasión sin que captara un trozo de nostalgia cubana, y un pedazo del folclor miamense.

La oficinita de Alpha está situada en la Plaza de la Cubanidad, donde hay una fuente de azulejos mohosos, con una balsa de metal, obra de algún escultor ingenuo, y un mapa de Cuba a relieve que describe “la gesta” liberadora. Cabecitas de Maceo y Martí asoman en el limo. Un chorro intermitente humedece las gafas de Máximo Gómez. Bajo el agua estancada, las batallas a machete han perdido filo. Depósitos calcáreos corroen las palmas de Tony López.

“Las palmas son novias que esperan”, declara una tarja prendida del mosaico sucio. Quizás falte una letra: las citas se prestan siempre a la cábala y al sarcasmo. Palmas reales sombrean las palmas evocadas; crecen en círculos arrebatados al cemento. Estas deben ser solteronas mañosas, empeñadas en hacernos creer que el amado regresará. Que el machete que corta palmiche volverá a hender el aire: esa arma es un símbolo fálico y las novias tienen una eternidad por delante.

Banderotas cubanas ondean en la plaza: sus enormes franjas azules se destuercen y vuelan lánguidamente. Un triángulo de poliéster rojo filtra la luz del sol. La estrella, solitaria y descosida, estira una pata bajo el constante latigazo del temporal. “Si desecha en menudos pedazos…” El fotógrafo Eduardo Aparicio ha retratado banderitas en miniatura, descoloridas y deshilachadas, hermanas de las gigantas rotas. “Con la fe de las almas austeras/ hoy sostengo con honda energía/que no deben flotar dos banderas/ donde basta con una, la mía”. Imposible evitar la invasión de banderas nicaragüenses en este parque cubano: estamos, después de todo, en la Pequeña Managua; un par de cuadras al este y entramos de lleno en la Pequeña Tegucigalpa, donde La Mía supermarket ofrece un especial de tortillas, a dos paquetes por un dólar. El anuncio “Se buscan tortilleras” no parece ofender a nadie.

Milagrosamente, Alpha 66 ha logrado sobrevivir en este barrio descubanizado. La invasión centroamericana trajo su propia tragedia y su propia gesta; sus partidos políticos y sus fritangas. El bar Camagüey es hoy el Telamar Nica, y el antiguo Burger King, un restaurante hondureño. El cambio se siente también en la oficinita de Alpha: mucho “contra” extraviado, veterano de otras guerras, ha encontrado refugio en este templo del sincretismo bélico, iglesia sin misterio donde todos los guerreros son bienvenidos.

En las paredes cuelgan retratos coloreados a mano de los mártires del Escambray. Instantáneas antiguas captan las etapas de la lucha, el récord de las escaramuzas, la imaginería del clandestinaje. También hay un mapa de Cuba en bagazo barnizado y una virgen con gorro frigio agarrada de un asta, en un gesto copiado de las bailarinas de gogó. La estética de la tienda del dólar ha abaratado lo entrañable de los símbolos. Pero los ancianos detrás del buró, los que se reparten una colada y visten el camuflaje sin convicción, son los últimos cubanos que tomaron las armas en contra de Fidel Castro. Piezas de museo en carne y hueso, reliquias vivas de una época que creyó en la lucha armada.

No fue únicamente a fuerza de carisma que el tirano desarmó a las masas. El mismo día que entraba a La Habana pronunció en las barracas de Columbia el engañoso discurso ¿Armas para qué? (por cierto, fue durante ese discurso que la oportuna paloma se le posó en el hombro). La pregunta –superflua– no estaba dirigida a los miembros de Alpha 66 ni de ningún otro grupo anticastrista: había sido lanzada, como una bomba retórica, a los combatientes del Directorio Revolucionario atrincherados en Palacio. Los acusó entonces de lo mismo que acusa hoy a los disidentes: de simples “lidercillos”, y los conminó a que soltaran las armas.

A Nazario Sargén, el jefe de Alpha 66, no debe descartársele a la ligera. Cuando Fidel Castro quiere estigmatizar a un opositor manda a sus esbirros a colgar banderas de Alpha en la puerta de la casa. Es una manera simbólica de relacionarlo con lo impuro y lo pecaminoso, el equivalente criollo de una letra escarlata. De lo que se trata realmente es de vincular las armas con la mácula, la seña, la coroza, la cruz de fuego, la swástica y la estrella invertida. Es al espectro de la violencia y de la lucha armada al que se pretende despistar pintando el signo de Alpha 66 en las puertas de los pacíficos. Porque es al monopolio exclusivo de la violencia a lo que aspira toda revolución desde el principio.

Mayo 28, 2003
Encuentro en la Red

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