Todos los desvíos conducen a Miami

Che en MiamiChe en Miami
(Editorial Aduana Vieja, 2012)

En Boarding Home, de Guillermo Rosales, considerada “la” novela del exilio miamense, el protagonista, un cubano mentalmente trastornado pero literariamente lúcido, se autodefine más que como exiliado político como un exiliado total. En ese universo de la gestualidad exasperada, de la vida desgarrada por la historia y del exilio total se inserta Che en Miami, grito épico del poeta maldito Néstor Díaz de Villegas, cumanayagüence de nacimiento, miamense por destierro y angelino por elección.

Según algunos registros, el Che pasó por Miami entre julio y agosto de 1952. Néstor Díaz de Villegas construye con elementos de esa estadía una nueva mitología guevarista en donde la realidad se deshace, la materialidad se derrumba y las identidades se atomizan. Aquí aparecen la biblioteca del Parque de Las Palomas donde el Che estudió durante su visita; el avión que transportaba caballos de carrera hacia el hipódromo de Miami y que lo tuvo varado por fallas técnicas; los caballos; “Jimmy” Roca, primo de Chichina; la azafata; las playas; los paisajes de Miami, entre una miríada de leyendas personales. Pero toda referencia en Villegas fluctúa al borde de la alucinación: Ese episodio en sombras que carece / de datos fidedignos, contemplado / desde el futuro, lúdico se mece / en el abismo de los desdoblado (ll.167-170); y en ese desdoblamiento, la voz del poeta se confunde con el sujeto del canto: Mis pasos en los tuyos, sobre tus pasos míos (l.40). Yo me he visto en su misma mirada. (l.1008)

Una mirada a distancia preside todo el poema, una mirada panorámica que no llega al mesianismo de Huidobro pero que sí recuerda la gloriosa intemperie de Whitman. Villegas es uno de esos poetas de largo aliento, casi diría de largo viento y con Che en Miami recrea la tradición del poema largo en un pastiche genérico que mezcla la obra dramática con el soneto, la payada con la ópera, las décimas del Cucalambé con el experimento neo-dada, el cairel rimado de la copla con el impulso antiestrófico de la silva gongorina. Pero sobre todas las cosas Che en Miami es una letal deflagración semiótica; pues como en toda gran obra de literatura, aquí la tensión crítica no se da entre la verdad y la mentira sino entre una realidad desleal que se deslía y un lenguaje sublimado que nos destina a la incertidumbre: La palabra emancipa solo lo que es incierto (l.448).

Con este libro, Villegas ha trascendido la mera resistencia política para alcanzar la resistencia total, ha trascendido el mero exilio geográfico para alcanzar el exilio del sentido: poeta para poetas, Villegas espía el gobelino del lenguaje por detrás y explora las fibras de su propio texto desde el tejido aún no vulnerado por la dictadura de la significación. En Che en Miami, que es por sobre tantas otras cosas un vademecum del caos, una sinfonía expresionista-abstracta, el contenido es doblegado por la música y la música por el ruido: chirrido de rayos ecuménicos, aliteración de enanos mnemónicos, cacofonía de lo caquéctico y lo silicótico. La lectura de este alarido de más de tres mil versos no fluye en la boca, se desboca, nos hace mordernos la lengua y nos rompe los dientes: la última línea de defensa contra la vida con que cuenta nuestro esqueleto.

El violento desplome de la materia que se sucede a lo largo del poema es la manifestación más clara del titubeo semiótico que marca la escritura de Villegas: las esquinas se derrumban, los senos de una sirena de yeso se carcomen por el salitre, la arquitectura se vuelve ruina, las amputaciones, los sangramientos, corrompen los cuerpos, los huesos ya blanqueados se deshacen en arena. El mundo inestable, desequilibrado, vacilante de Villegas tiene un nombre: Miami, pero es una Miami utópica; y tiene un protagonista: el Che, pero es un Che imaginado, un Che que lucha no por la revolución terrenal de las ideologías sino por la liberación de toda ideología. El Che villeguista no es el Che histórico, es el Che del futuro, el Che que deja de ser ícono para metamorfosearse en capricho, en mito, en Mickey Mouse, en el gato de Schrödinger, en Cristo, en un Lucifer lunfardo, en médico, en brujo, en cochino extranjero.

Se puede leer la poesía de Villegas de muchas maneras, yo elijo leerla como si en ella no existiera la promesa de una referencia ulteriormente escamoteada. En el caso particular de este texto, la lectura nos mantiene en un suspenso equidistante entre aquella promesa del significado y la fuga salvaje hacia la mera gestualidad… pero en última instancia toda cifra, toda señal en el camino termina siendo una pista falsa; aquí todos los desvíos conducen a Miami.

El encabalgamiento constante del poema, no es solo un recurso estilístico; la expresión desquiciada de Villegas desborda la métrica, y como los caballos del hipódromo de Hialeah que se apuran solo para volver al mismo sitio, el lenguaje urgente de Villegas cabalga frenético y sin frenos, de verso en verso, para no ofrecer más que la concesión de su propia imposibilidad. La aniquilación instantánea y completa / de cada instante es la modesta contribución / de las cosas a la teoría de la ausencia. (ll.2223-5)

En Pre-faces & other writings, Jerome Rothenberg, poeta clave de la vanguardia norteamericana, expresa una cierta esperanza por la poesía y propone una definición que la hace trascender no solo la ficción de la verdad sino, incluso, su propia visión de mundo: “la función de la poesía no es imponer una visión o una conciencia especifica, sino liberar procesos similares en los otros” . Por medio de la experiencia perplejizante de Che en Miami, Néstor Díaz de Villegas nos impide anclar una visión y nos lanza a una carrera similar a la de sus versos, de los que emergemos, trasudados y estertóreos, contra un fondo de horizontes eternamente desplazados. Y a pesar de todo hemos llegado; oímos el coro de los personajes que nos dan la bienvenida: Welcome to Miami.

NOTA
Pre-faces & other writings (New Directions, 1981, p. 105)

All Detours Lead to Miami

In the novel Boarding Home, by Guillermo Rosales (1987) , the main character, a Cuban outcast who is mentally disturbed yet poetically lucid, describes himself not as a political exile but as a “total exile”. Che en Miami (2013), the epic cry of poète maudit Néstor Díaz de Villegas, inserts itself in this universe of vexing gestuality, of a life torn apart by history, and the experience of exile that transcends the realm of the political.

According to certain records, Che Guevara passed through Miami between July and August of 1952. Néstor Díaz de Villegas builds with elements of that brief stay a new Guevarist mythology where reality undoes itself, materiality crumbles, and identities disintegrate. Here we find the old library at Parque de Las Palomas where Che studied during his accidental visit; the DC-10 that carried racehorses to the Hialeah racetrack and that stranded him in Miami due to mechanical failure; the horses themselves; Jimmy Roca, cousin of Chichina, Che’s love interest; an unidentified stewardess; the beaches, and various landmarks among a myriad other personal legends. But all reference in Díaz de Villegas flickers at the edge of hallucination: Ese episodio en sombras que carece / de datos fidedignos, contemplado / desde el futuro, lúdico se mece / en el abismo de los desdoblado (ll.167-170) ; and in that unfolding, the voice of the poet is mixed up with the subject of the song. Mis pasos en los tuyos, sobre tus pasos míos (l.40) . Yo me he visto en su misma mirada. (l.1008)

A distancing look presides over the whole poem, a panoramic gaze that does not strive for the loftiness of Huidobro’s flight and yet reminds us of Whitman’s glorious outdoors. Villegas belongs to that rare clique of long-winded poets, I would almost say: of those rare poets who seem to have mastered the wind. And with Che en Miami, he recreates the tradition of the long poem in a generic pastiche that brings together the stage and the sonnet, the opera and the payada, the poetry of Cucalambé and the neo-dada experiment, the rhyming frills of the couplet and the anti-strophic thrust of the gongorine silva. But above all Che en Miami is a lethal semiotic outburst: as in all great works of literature, here the tension is created not between truth and falsehood but between a disloyal reality that unravels itself and a sublimate language destined to uncertainty: La palabra emancipa solo lo que es incierto (l.448) .

With this book, Villegas transcends mere political resistance in order to reach total resistance, transcends the exile of geographies in order to reach the exile of Sense. A poet’s poet, Villegas lurks behind the tapestry of language determined to rescue from the tyranny of signification the unscathed fibers of his own text. In Che en Miami, which above all else is a vademecum of chaos, an abstract-expressionist symphony, music trumps content, and noise trumps music: squeaks of rayos ecuménicos , alliteration of enanos mnemónicos , cacophony of lo caquéctico y lo silicótico . This howl of over three thousand verses does not run smoothly in your mouth, it bolts like an enraged stallion, it makes you bite your tongue and break your teeth –our skeleton’s last line of defense against life.

The material collapse that takes place throughout the poem is the tangible manifestation of a semiotic wavering that defines Villegas’ writing: the street corners fall apart; the breasts of a plaster mermaid are gnawed by the salty residues of the sea; architecture is reduced to rubble; amputations and bleedings corrupt the bodies; bones, already bleached, crumble and turn to sand. The unstable, unbalanced, hesitant world of Villegas has a name: Miami; but a utopic Miami, and it has a main character: Che, but an imaginary Che, a Che that fights not for the earthly revolutions of ideology but for the liberation from all ideology. The Che of Villegas is not the historical Che, it is the Che of the future, a Che that relinquishes his iconic status to transform himself into a whim, a myth, a Mickey Mouse, a Schrödinger’s cat, a Christ, in Lucifer’s cant, physician, witch-doctor, and sâle métèque.

You could read the poetry of Villegas in a million different ways. I choose to read it as if it doesn’t even contain the promise of an ultimately concealed reference. In the particular case of this text, the act of reading keeps us in perfect suspension between that receding promise of a meaning and the wild escape towards sheer gestuality. In the final analysis, every cypher, every signal in our path winds up being a false clue: here all detours lead to Miami
.
The recurring enjambement in this long poem is not just a stylistic choice; the unhinged expression of Villegas overflows the meter, and like those horses at the Hialeah racetrack rushing forward only to return to the same spot, the urgent language of Villegas frantically rides without reins from verse to verse, to offer nothing but the concession of its own impossibility. La aniquilación instantánea y completa / de cada instante es la modesta contribución / de las cosas a la teoría de la ausencia. (ll.2223-5)

In Pre-faces & other writings , Jerome Rothemberg expresses a certain hope for poetry and proposes a definition that allows it to transcend not just the fiction of truth but also the fiction of its own worldview: “the function of poetry isn’t to impose a single vision or consciousness but to liberate similar processes in others.” Through the bewildering experience of Che en Miami, Néstor Díaz de Villegas prevents us from anchoring a vision and sends us on a vertiginous race, just like his verses, from which we emerge, drenched and gasping, against a background of eternally displaced horizons. And in spite of it all we have arrived. We can hear the choir of characters welcoming us: Bienvenido a Miami.

 

©Pablo Baler

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