La tradición libérrima y gozosa

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“Susurrante ciudad, ciudad querida,/ ahórrame tus muslos de concreto,/ aparta de mi faz tu virgo escueto,/ reposa en esta noche compartida.// No quiero que descubras el secreto/ de este pobre infeliz de malavida, / si es que a la mala muerte se le olvida/ que he encontrado en tus muros parapeto”.

La ciudad susurrante y querida a la cual se le habla en estos versos es Miami. Y el pobre infeliz que halló en ella parapeto corresponde al sujeto poético creado por Néstor Díaz de Villegas (Cumanayagua, 1956). Este último apareció por primera vez en Vicio de Miami (1997), libro que toma prestado su título de una conocida serie televisiva. Con él su autor dio inicio a una singular trayectoria poética que tiene entre sus pilares básicos una expresión libérrima y una imaginativa y gozosa combinación de tradición y ruptura. (Conviene decir, no obstante, que antes de que aquel poemario viera la luz Díaz de Villegas preparó ediciones artesanales de pocas tiradas de sus poemas y las hizo circular entre amigos y conocidos.)

Con aquel libro, que se inscribe en una línea transgresora e irreverente que en nuestra literatura representan escritores como Virgilio Piñera, Severo Sarduy y Reinaldo Arenas, su autor incorporó a Miami al mapa de la poesía hispanoamericana contemporánea. Cito a propósito unas palabras que Félix Lizárraga redactó para la solapa de otro libro de Díaz de Villegas: “Parecía que Miami iba a morir en el año de su centenario, pero un poeta vino a su rescate. No hay, no puede haber Alejandría sin Cavafis; no habrá, no hay ya Miami sin Néstor Díaz de Villegas”.

“Ya casi ni me acuerdo de la Rampa;/ he borrado del mapa a Cuba entera;/ ¡perdido estoy en la Rebambaramba!”. Así expresa el sujeto poético del libro, y para confirmar su total inmersión en la rebambaramba miamense realiza una cartografía de la ciudad: la Sagüesera, el downtown, la calle Flagler, el puente que da entrada a los barcos, la plaza de la Biblioteca Pública, el edificio del Ayuntamiento, la tienda McCrory´s. En esos poemas aparecen también algunos de los personajes característicos del paisaje de la ciudad: el vendedor del puesto de hot-dog, el haitiano traficante, el Hare Krishna, el obrero que se mete en un centro comercial a esperar que pase el aguacero, la prostituta que ofrece sus servicios en las calles, la vendedora de arepas. Una lectura atenta revela que en esos poemas hay un homenaje implícito a Miami. Sólo que ese homenaje no impide que Díaz de Villegas descienda a los infiernos más marginales y sórdidos de la ciudad: los vendedores de crack, los drogadictos, los chaperos, las calles pobladas de peligrosas sombras, los mugrientos homeless.

La recreación de esos ambientes y el empleo de algunas de las llamadas malas palabras han llevado a algunos a interpretar esos textos como denigrantes y escandalosos. Tal lectura, además de superficial, es errónea en su parcialidad, pues no toma en cuenta el cuidado formal y el buen dominio de las normas métricas y de la estructura del soneto que evidencian. De igual modo, es oportuno aclarar que esa visión entre esperpéntica y picaresca de Miami sólo corresponde, en realidad, a una de las cinco secciones en que está dividido el libro. En las otras cuatro, que acumulan cuarenta y siete de los cincuenta y nueve poemas que lo integran, el desparpajo léxico resulta mucho menos explícito. El autor además se abre a otras temáticas que no tienen que ver —por lo menos, no directamente— con Miami. Son páginas que muestran a un Díaz de Villegas que reflexiona acerca de la muerte, la existencia humana, el tiempo y la propia creación poética. Asimismo en el último bloque, Vicio de la luz, reúne catorce textos en los que hace una reelaboración de figuras referenciales de las artes plásticas y la cultura universales.

En su siguiente poemario, Héroes (1998), Díaz de Villegas abandonó el plano cronológico y espacial en el cual se sitúa Vicio de Miami para echar una mirada retrospectiva al pasado inmediato, el suyo y el de su país. Asimismo prescinde de la métrica y la rima y adopta el verso libre. En el texto antes citado, Félix Lizárraga acierta al señalar que ese delgado libro es un tiempo oda y diatriba, sátira y elegía, evocación de espectros y visión estremecedora del futuro. Lo integran trece poemas, que están distribuidos en dos bloques, Retratos hablados Época gris. Lo primero a destacar es que son los textos en que Díaz de Villegas aborda de manera más directa la realidad política de la Isla. Asimismo en varios de ellos, específicamente los que conforman Época gris, resultan evidentes los elementos autorreferenciales y las coordenadas biográficas. De ahí que no creo que sea fortuito el detalle de que la cubierta del libro la ocupe por completo una foto en la que Díaz de Villegas aparece arropado con la bandera cubana.

Héroes adopta un tono tenuemente elegíaco en los textos dedicados a Eduardo Chibás, José Antonio Echeverría, Pedro Luis Boitel. En el que lleva como título el nombre de este último, Díaz de Villegas expresa: “Dicen los que te conocieron/ que eras un joven alegre: nosotros,/ tus sobrevivientes, te veremos siempre/ como el hombre que luchó por la Patria./ Como un valiente/ que pidió flores antes de morir en su cama: / un artista del hambre/. El registro cambia en “El joven Fidel”, “Lucifer” y “En la plaza”, páginas en las que, no obstante, su autor mantiene una moderación que impide que la sátira derive hacia el sarcasmo y la injuria. Las vivencias autobiográficas son claramente identificables en los cinco poemas del último bloque, en donde Díaz de Villegas se refiere al incidente de su etapa estudiantil por el cual fue condenado a seis años de cárcel. Lo hace en poemas como “XXIII Aniversario”, “1970”, “Ariza” y “A Media Asta”, en los cuales opta por un discurso más testimonial y desgarrado, en el que escarba en la memoria personal y colectiva de su generación.

Díaz de Villegas lleva al lector a reflexionar sobre esa etapa, a partir de una serie de inteligentes preguntas.

Esto lo hace en el poema “Interrogatorios”, que aquí reproduzco: “¿Quiénes fuimos culpables?/ ¿Quiénes amables carceleros?/ ¿Quiénes engañados fueron a la Plaza/ y quiénes aplaudieron?/ ¿Quién inventó los campos/ de castigo y quién le pegó un tiro/ al prisionero?/ Y, ¿quién vino primero, / el guapo o el gallina?/ ¿Cuántos fueron los muertos,/ cuántas las reuniones y/ cuántas las mentiras?/ ¿Fue culpa de Batista?/ ¿De Prío, de Grau, del general Machado?/ ¿Quién estuvo becado/ en la Unión Socialista/ de Repúblicas Soviéticas? / ¿Quién estuvo en la lista/ negra? ¿Quién era cederista,/ pionero, comunista, delator/ traicionero?/ ¿Quién ofreció su casa/ y fue a dar con sus huesos/ a la Villa Marista?/ Y, ¿quién, por el amor de Dios, quién,/ quién, quién, quién/ fue el primer optimista?”.

Humor, jodedera e ironía

El mismo año en que apareció Héroes, Díaz de Villegas dio a conocer otros dos títulos. Uno fue Anarquía en Disneylandia, un breve divertimento en el que hace una alegoría sobre las sociedades consumistas y sobre la peligrosa tiranía del mundo material. El otro fue Confesiones del estrangulador de Flagler Street, la obra que marcó su entrada en la madurez como poeta. Ese libro representó además el retorno a su pasión miamense, así como a su estructura estrófica favorita, el soneto. Se trata de treinta y un textos, identificados por números en lugar de títulos, que están concebidos como una secuencia. A lo largo de la misma se sigue la trayectoria de un balsero que llega a Miami y que allí descubre en el crimen “la lucidez del gozo” (el autor se toma la licencia poética de hacerlo desembarcar en medio de las factorías de Hialeah). En el duro aprendizaje que allí tiene, su vida se cruza con la de Sandra Jones, una prostituta norteamericana a la que termina asesinando salvajemente. Esta historia, que parece extraída de la crónica roja, se cuenta de modo fragmentado y en un montaje caleidoscópico, en el cual los escenarios y el punto de vista cambian a un ritmo de vértigo. Asimismo no sigue un orden lineal, sino que está distribuida a la manera de un puzle y toca al lector reorganizarla y componerla.

“Un puñado de Sellos de alimentos/ por un poco de piedra en cocaína,/ es tan fácil cambiarlos en la esquina,/ convertirlos en sueños suculentos, // capturar la delicia que declina/ hacia su negación, vivir del cuento, / pues bien valen la pena los lamentos/ que vendrán otra vez de la cocina”. Al igual que en el primer libro de Díaz de Villegas, en Confesiones del estrangulador de Flagler Street se nota el propósito consciente de apartarse de la imagen folclórica y turística de Miami, para sumergirse en unos círculos infernales que hasta entonces ningún escritor había explorado. El humor, la jodedera y la ironía, administrados en diferentes gradaciones y matices, sirven de necesario tamiz para atemperar la recreación de esa cruda y áspera realidad. Es uno de los hallazgos de esos espléndidos “sonetos negros” que alguien bautizó como “Las Flores del Mal del siglo XX”.

Se suele insistir mucho en el carácter irreverente y transgresor de Confesiones del estrangulador de Flagler Street. Y en efecto, constituyen dos aciertos innegables, que lo son doblemente en una literatura como la escrita por los cubanos en el exilio, que a menudo peca de ser demasiado apacible y solemne. Díaz de Villegas trajo precisamente una frescura, un desparpajo y un tono de subversión que, tras la muerte de Reinaldo Arenas, se echaban de menos. Pero pienso que en sus textos no se resaltan en igual medida otras cualidades estéticas que les dan su verdadera relevancia. En primer lugar, hay que destacar la personal síntesis que Díaz de Villegas logra entre tradición y (pos)modernidad, dos fuerzas gravitacionales que en sus textos se acoplan de modo admirable. Sus textos denotan asimismo una lúcida voluntad estilística, que tiene en el lenguaje una de sus principales zonas de exploración. Y están además el rigor, el cuidado y el dominio formal con que están escritos esos sonetos. Son precisamente esos valores los que hacen de Díaz de Villegas un buen poeta y no un monótono y simple versificador.

Luego de cinco años de mutismo editorial, Díaz de Villegas publicó en edición bilingüe Por el camino de Sade (2003), una colección integrada por cuarenta sonetos centrados en la figura del Marqués de Sade. No resulta difícil deducir las razones que lo llevaron a dedicar todo un libro a tan controvertido personaje. Más allá de la leyenda negra que lo envuelve y de los crímenes sexuales que se le achacan, desde que en 1910 Apollinaire lo rescató el divino Marqués ha pasado a ser un ejemplo del escritor perseguido y el filósofo iconoclasta; y sobre todo, de un hombre político que participó en sus inicios en la misma revolución que después lo encarceló, primero en la Bastilla y luego en el asilo de locos de Charenton. Asimismo textos suyos como “Idea sobre el modo de sanción de las leyes”, en donde caracteriza el poder del pueblo delegado en los legisladores como el comienzo de una nueva dictadura y como la destrucción de la autonomía de los ciudadanos, provocaron que su nombre fuera incluido en las listas de la guillotina. Su contemporaneidad la resumió André Breton al decir que “nunca ha cesado de lanzar las órdenes misteriosas que abren una brecha en la noche moral”.

No debe sorprender, por tanto, que Díaz de Villegas encontrase en Sade una especie de alma gemela, un antepasado perteneciente a una tradición de la cual él, a su vez, es hoy representante (“reflejo de un reflejo de un reflejo”). Así, en uno de los sonetos expresa: “Me enseñaste a leer y a caminar/ por un París de heráldicas esquinas: / y en mi libro sin páginas caminas/ donde nunca pudiste imaginar. // Otra Revolución quemó los tomos/ de Lamartine, las tristes poesías/ de Bécquer, los correosos lomos// de Hugo y Flammarion que tú querías/ fueran míos. Quedaron los asomos: / tus palabras mirándose en las mías”. Por ese camino, que es tanto de Sade como suyo, crea un delicioso y denso retablo (una obra de teatro irrepresentable, ha apuntado Antonio José Ponte) por donde hace desfilar a Quentin Tarantino, Jean Valjean, José Martí, Dante, Janet Reno, Carlos Gardel, Brian Eno, Simone de Beauvoir, Fulgencio Batista, Reinaldo Arenas, Lezama Lima, Watteau, Roland Barthes, Sigmund Freud, Petrarca.

Por lo demás, en Por el camino de Sade hallamos los elementos distintivos de la poética de su autor: juego de identidades y máscaras, intertextualidad paródica y burlesca, irreverencia, riqueza y desparpajo léxicos, rigor métrico y formal y una historia articulada mediante fragmentos, bifurcaciones y ramificaciones. Son esas herramientas las que Díaz de Villegas emplea en su libro para volver sobre los que reconoce son sus temas favoritos: la Revolución, el libertinaje, el relajo con orden, el gran teatro del mundo, el eterno retorno de lo mismo.

Concluyo aquí este sucinto repaso a la obra de Néstor Díaz de Villegas. Sumergirse en ella es penetrar en un mundo impregnado de una cultura variada y entendida en su más abarcador sentido. El resultado es una voz singular, algo que si bien no garantiza la calidad de la buena poesía, es indispensable para alcanzarla.

Cuba Encuentro

03-09-2010

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