La poética de Díaz de Villegas, por Andrés Reynaldo

cuna

Cuna del pintor desconocido

Aduana Vieja Editorial,  2011

Alguien dijo que los escritores no se leen unos a otros, sino que se vigilan. Yo llevo casi 30 años leyendo a Néstor Díaz de Villegas con infatigable asombro y vigilándolo con envidiosa curiosidad. Su libro Cuna del pintor desconocido, publicado en abril por Aduana Vieja Editorial, de Valencia, refuerza los términos de semejante servidumbre.

El libro de 171 páginas se divide en siete partes que recogen 93 poemas. Cada una de las partes viene a constituir un cuadernillo con su propia unidad y su propio tono. La cohesión entre unas y otras es contrapuntística, nunca sucesiva. El mérito de esta estructura reside en darle a la intención recopilatoria un acelerado ritmo de lectura que nos alivia de la mera adición.

La primera parte, Godot Ex Machina, tiene 11 sonetos de una lúdica y culta perfección. Para el conocedor de la obra de Díaz de Villegas no hay sorpresas con este comienzo. Es el reencuentro con un quehacer que ha revitalizado esa métrica más allá del ámbito cubano. El nuevo lector encontrará una rara lección (y este juicio aplica al resto del poemario) sobre el recreo de las fórmulas y preocupaciones clásicas desde una sensibilidad moderna.

En los 12 poemas de la siguiente parte, Cuna del pintor desconocido, Díaz de Villegas ofrece en leve modo un anticipo del carácter del libro, con poemas que se integrarían sin tropiezo a las otras secciones. En este formato aleatorio, lo repito, la atracción no depende en grado alguno de un hilo conductor. Cada poema impone su contexto. Cito al pie de la letra, como ejemplo, Llanto de una madre:

El mundo se divide en dos bandos/ los que vivieron la gran revolución/ y los que no la vivieron./ Tú perteneces al segundo:/ todo lo que has soñado/ hecho realidad, también/ tus peores miedos./Los dormidos y los despiertos.

Díaz de Villegas es un artífice de la meiosis, el recurso de disminuir la carga retórica de la emoción a fin de hacerla más efectiva. Entre los 14 poemas de la sección Para ser leído en un salón de Kendall, algunos sobresalen en esta difícil cuerda. El contradictorio universo de los exiliados, las memorias familiares y las agonías filosóficas se expresan con un distanciamiento que, en vez de ocultar, expone la experiencia a una cruda cruz. En un alarde de su amplio registro, estos poemas concilian un decantado lirismo con la ferocidad iconoclasta y hasta un arriesgado propósito vernáculo.

Quema de libros y El Ford desaparece contienen poemas sorprendentes, como una Oda a Meyer Lansky. Siempre políticamente incorrecto y correctamente poético, Díaz de Villegas vuelca su aguda lectura de la historia cubana en unos tintes que desagradan a los demagogos de ambas orillas: Háblame, Lansky de Yerushalaim/ o abriguemos con zorros la esperanza/ de que vuelva el naipe y la ruleta/ a decidir el sino de la Patria. No es casual que a este poema le siga una Oda a Armando Pérez-Roura.

En Dibujo de flores encontramos 10 poemas; ocho de ellos de amor. La cotidiana rebelión de amar queda expresada en sus gloriosas minucias, sus grasientos calderos, sus perplejidades “y esa alfombra indiferente al vacuum cleaner”. Se corrobora la vieja observación de que los mejores poemas de amor se deben a poetas que casi no escriben amor. Directos, despojados de pasión, más bien cronistas, hay aquí versos de una cándida y novedosa transparencia. Cito un fragmento de Stella Maris: ¿Qué más queremos? El sueño/ de una vida mejor se concretó/ a base de silencios, aceptaciones/ y reconocimientos que la gente/ podrá o no notar, por ejemplo,/ en la manera en que nos miramos.

Los dos poemas finales de esta sección se apartan del tema. El penúltimo, titulado Velorio, implica una brusca ruptura que acentúa la concepción estructural del libro. En el último, Sobresalto, Díaz de Villegas entrega las claves de su taller: … así quiero que entiendas este libro, que viajes por sus pasadizos/ como en un carro loco desbocado […]/ los raíles conducen al punto de salida,/ a la vida y milagros, y al pasado,/ aunque nada de eso sea jamás lo mismo.

La parte final del libro, Tin-foiled sighs, trae una veintena de poemas en inglés. La lectura culmina como empieza: con un audaz gesto de dislocación. Más de 30 años exiliado de su lengua materna, al poeta se le impone el ánimo de la lengua huésped. Un crossover es un cambio de instrumento. Pero esto es un cambio de piel. La interiorización de una vivencia cosmopolita, con su violenta y luminosa sintaxis. Pienso en los poemas en inglés de Cesare Pavese, escritos en su desgarrada madurez, con una visión integradora de géneros y tradiciones. La apertura a otro idioma procede de la apertura de la identidad.

Nacido en 1956, Díaz de Villegas comparte con los poetas de su generación en el exilio una azarosa travesía, la noción de la revolución cubana como un estéril proyecto de barbarie y el escepticismo ante las más populares promesas de nuestra época. Se diferencia, sin embargo, en su contenida expresión, su rechazo a la inmediata confesión biográfica o política y la vocación de  buscar en un ilimitado marco cultural unas referencias que lo mismo exalta con apolíneo celo que deconstruye con habanera ironía.

Este libro es un liberador vendaval en la actual poesía cubana, lastrada salvo muy pocas excepciones por el aburrido escándalo escatológico, la ignorancia formal, el panfleto, el desprecio por la alta cultura y el empobrecimiento del lenguaje y las ideas implícito en un proceso de disolución nacional.

En el poema Dictionary, Díaz de Villegas acusa su frágil excepcionalidad: All we need is a feeble disaster/ to become a silhouette on the screen. (Sólo necesitamos un leve desastre/ para convertirnos en una silueta en la pantalla). A solas por un camino de cien espejos, su poesía ya es una poética.

Andrés Reynaldo

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