Ciudadano Caín

Guillermo Cabrera Infante

Quien pretenda asomarse al espíritu de nuestro tiempo como quien mira las vísceras de una vaca y observar la podredumbre de una ciudad que parió una revolución, deberá leer las entrañas de Tres Tristes Tigres.

Ahí están, retratadas por un fotógrafo del Prado, las semblanzas de aquellos ‘philosophes’ y cómicos de la legua que desacreditaron, a fuerza de risa, todo un sistema; los sofistas rocambolescos y peripatéticos que cataron las heces de la República y las encontraron cómicamente amargas.

Se ha dicho que TTT es una celebración de La Habana: yo sólo veo el anatema. ‘Contra la gran ramera’, podría ser el título alterno de esa obra. La meretriz que sale a escena en sus páginas –seducida y abandonada por los mismos intelectuales que la hicieron estrella por una noche– es objeto de burlas, no de apologías. Un trío de condescendientes canallas decide lanzarla a la fama, pero sólo como fenómeno de circo: el circo de tres pistas que se llamó Tres Tristes Tigres. Quizás la ilusión literaria más lograda de Cabrera Infante sea el “tiempo real”, de manera que veamos siempre una Habana en presente, con su Rine, su Chori y su Caín.

La novela es una Comedia: el maestro de ceremonias, desde la página de entrada, nos advierte en spanglish: ¡abandonad aquí toda esperanza! Pasamos del freak show a un bazar de Casablanca; los nativos bailan la rumba, entretienen a los turistas. Las últimas mesas están ocupadas por la sociedad criolla, que ha producido una razonable logia de diletantes y desengañados. Aplaudiendo con sorna, y conscientes de que todo aquello está a punto de venirse abajo, saben que llorarán; pero, ¿qué se le va a hacer?

No, estos cachorros son meros cronistas de espectáculos, contagiados de la enfermedad que afecta a la burguesía pachanguera de Tropicana. Están allí para hacer el cuento –del oropel, de las fiestas galantes, de la música que se tocaba en el burdel político– y no para meterse en líos. No hay conciencia social en TTT, sólo un monstruoso inconciente colectivo. Sus tristes tigres son los decadentes de siempre, los árbitros de la moda, los cínicos de cualquier metrópoli a punto del colapso, ya sea la Roma del Satiricón, el Berlín de Franz Biberkopf, o, incluso, la Viena de Hitler, en ese extraño capítulo expresionista “Sobre la suerte de la clase obrera”, de Mein Kampf.

A Cabrera Infante debemos sobre todo el redescubrimiento del spanglish, un español oxidado por el inglés, que había inventado Martí (otro editor de revistas oculto bajo el seudónimo Adelaida Ral) como dialecto posmodernista. El Martí de los neologismos (depletar, electrotipar, modernómano) y Bustrófedon son la misma persona.

La vena decadentista le viene a TTT también de Martí. El mismo Caín la expone en su ensayo sobre la melancolía, Entre la historia y la nada, aparecido hace dos décadas en la revista Escandalar. No hay que dejarse llevar por la corriente de los que aún sostienen la falsa doctrina del Martí convencionalista en contraposición a un Julián del Casal decadente: Martí es nuestro gran decadente, nuestro Des Esseintes; el padre de todos los decadentes de Cuba y de América, desde Darío y Vargas Vila hasta Lezama y Severo Sarduy. Sería el Cabrera Infante de Los hachacitos de rosa quien completara la crítica radical del mito apostólico en su clásico ensayo, reproducido en Mea Cuba.

A esa tradición revolucionaria, la del nihilismo militante, pertenece Caín. Así fundó un semanario jacobino cuyo machón parece un breviario de incertidumbre: Virgilio, Calvert Casey, Franqui, Arrufat, Padilla… La mesa de redacción de Lunes acogió eso que Rafael Rojas, usando un delicioso pleonasmo, ha llamado ‘banquete canónico’: gobierno paralelo, misa del burro, caja de resonancia del banquete político que se mantenía en sesión permanente alrededor de otra eucaristía. De allí partió el ataque a los origenistas, primera ofensiva literaria. Si en el Palacio comenzaban las purgas, en la redacción amagaban las limpiezas estéticas.

Carlos M. Luis ha dicho que Lezama es un poeta de vis cómica. Otro tanto podría decirse de Piñera. Una augusta ironía se transparenta lo mismo en el historicismo frío de Narciso que en el de Electra Garrigó. El spoof, el remedo, la parodia, el sainete: sólo una sociedad brillante, condenada y enferma hasta la médula, como el París de Luis XVI o La Habana del batistato, puede dar un Voltaire o un Sade o un Lezama; las revoluciones, en cambio, producen escritores terriblemente serios.

Pero el choteo, y nuestra debacle, debieron esperar por Tres Tristes Tigres para encarnar espectacularmente. Nietzsche opinaba que los españoles deberían considerar el Quijote una calamidad nacional, por haberlos puesto a reírse de sí mismos. También Tres Tristes Tigres, la novela que puso a los cubanos a reírse de ellos mismos, oculta a duras penas la trágica convicción de que sus ilustres tarambanas –con su culpable alacridad y su errática inconsecuencia– han provocado acaso, para la nación de la que descreen, una calamidad inconmensurable.

Febrero 24, 2006
Encuentro en la Red

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s