¡Todos al acto de repudio!

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Esas jetas de la canalla, esos puños en alto, la violencia obscena, los atropellos a pleno día, el golpe bajo, el atentado y el chantaje, son excelentes recursos pedagógicos, pues nos enseñan cómo fue que se derrocó el régimen de Fulgencio Batista.

Una lección de Historia, ¡gratis y al alcance de todos! Una visita al museo de la patria pútrida. Esto que veis, queridos hermanitos, es la Revolución en estado puro, a nivel microscópico, a nivel de base: microeventos como éste, engarzados por un discursito socialista, lograron el milagro de desmontar una sociedad brillante, tremendamente compleja, con infinitos grados de libertad, altamente desarrollada y productiva.

¡Aprended de los golpes!

Es bueno ver la violencia de cerca, saborearla, gozarla, revivirla, y conectar los puntos, a fin de obtener el muñeco completo de la Revolución castrista, porque de lo que se trata en 23 y G es de un maravilloso viaje a la semilla.

¡A la Avenida de los Presidentes! ¡Monten, monten en el trencito didáctico!

La violencia que vemos descargarse contra aquellos disidentes, se volcó entonces contra todo un sistema, contra una forma de vida, contra una manera de ser, contra un delicado cuerpo de instituciones democráticas. Como Yoani Sánchez, la República de Cuba, con su gorro y su escudo, quedó amoratada. A base de patadas por el culo, de empellones, de secuestros y de estupro, se doblegó el espíritu de nuestra sociedad.

Así se consigue el Triunfo, queridos amiguitos. El triunfo de una Revolución es avasallamiento.

Nos han querido contar (y tuvieron éxito en embutirnos) una historia de altos quilates, de buenas conciencias. Una historia de amas de casa sufridas, respondiendo al llamado de la campana, un cuento de colectas patrióticas y de razones escolásticas. Pero nuestros padres fueron unos soberbios embaucadores, los vendedores de fantasía más grandes del mundo. Aprendieron de Avon, del agua mineral La Cotorra, de la Pasta Gravy. Nuestros padres son, fueron, ¡niños queridos!, sobre todo, unos viajantes de mentiras.

Es duro hablar así de nuestros padres. Querríamos olvidarlo, ¿y por qué no? Querríamos creer que el totalitarismo llegó en el pico de una paloma y no de un aura. Pero noten que esta salvajada que ven en la esquina de 23 y G no pudo haber nacido de algo bonito y espiritual, digamos, de las bellezas naturales de nuestra gran nación. Esta bestialidad tiene su origen en un aborto, en un sangramiento, en el asalto a un cuartel, en el atraco a la residencia presidencial donde un jefe de Estado almorzaba con su familia, en un canallesco tiroteo a una emisora de radio.

Entiendan: el asalto de aquella emisora de radio trajo como consecuencia que en Cuba no haya Internet hoy. Así comenzó la ruptura de comunicaciones. No se puede atacar el presente, y esperar que el futuro nos sea favorable. No se puede asaltar y matar y mentir, y creer que el porvenir será un lecho de rosas. Los medios no justifican el fin, sino que lo hacen más sanguinolento, más amoratado.

Monten en este carrito que nos transportará por los momentos estelares de la Revolución “traicionada”. Así llevaron al pelotón de fusilamiento a miles de inocentes, así se implementaron los juicios sumarios, ¡y miren aquí cómo se confiscaron las hermosas propiedades! Y así se mandaron a miles a los campos de trabajo. En este panel, no se pierdan cómo se sacó de las calles (de las calles de Fidel) a los locos y los homosexuales. Vean, miren: aquí se vaciaron las cárceles y una flotilla de camaroneros las arrojó en las costas de la Florida.

Así, señoras y señores, se forjó el acero del fidelismo.

Es bueno ver a los karatekas en acción, ¡porque no hay nada más edificante que un acto de repudio! Ni existe otra manera de estudiar el origen del castrismo. Las madres tendrían que llevar a sus hijos a verlo: cuando golpearan a un opositor, debería ser obligatorio que las escuelas cerraran por un día.

23 y G es una ventana abierta que nos deja ver la fuerza, el tipo de fuerza bruta con que nuestros padres repudiaron la libertad.

¡Que no quede un solo joven en casa!

Las uñas de Rodney

El viernes Raúl sacó los tanques a la calle: los tanques de chusma.

Y, dadas las circunstancias extremas, me gustaría imaginar cómo respondería a la violencia raulista un opositor que se encuentre metido en medio de esta guerra civil, un hombre o una mujer de altos principios, pero uno que no profese más el evangelio de la paz y la conciliación, uno que se haya cansado, uno que ya no crea en nada.

Supongamos que se organiza, que se une a un movimiento clandestino, llamémoslo 20 de noviembre, en honor a los eventos del fin de semana. Supongamos que los blogueros rebeldes tienen la suerte de encontrarse con el agente Rodney en un callejón oscuro. La brigada de blogueros lo conduce a un lugar apartado. Es un almacén indiferente en los remates de Pogolotti. Hay instrumentos encima de una mesa.

¿Le sacarían las uñas?

¡Claro que no! Esto es sólo una manera de imaginar las cosas, una manera de argumentar. Pero es innegable que el rechazo a los esbirros del castrismo ha provocado, en los que seguimos las noticias de cerca o de lejos, una especie de “deseo” inconfesable. Digamos que la frustración política, al oxidarse, se ha convertido en deseo de castigar. El deseo de castigar puede tomar infinitas formas, todas afines a la estructura deseante que operó en la conciencia de un Ventura o de un Carratalá, pero durante los últimos cincuenta años sólo los castristas han estado en libertad de desahogar sus impulsos agresivos.

No habrá liberación de Cuba mientras los diez millones que viven en oposición pacífica al millón escaso de castristas beligerantes, se queden con sus deseos insatisfechos, encerrados en eso que un joven seguroso, parado sobre una caja, llamó por los micrófonos “sus guaridas”.

“¡Que regresen a sus guaridas!”

Cuba entera es una guarida de seres deseantes, acechantes, de alimañas inactivas, castradas e incapaces de llevar al plano de la acción sus venganzas secretas. Hay todo un bagaje de uñas sacadas, de testículos cortados, de ojos y lenguas atravesados con clavos calientes que arden, sangran y supuran en el inconsciente colectivo del pueblo cubano. Un enorme almacén de atrocidades, que la masa aterrorizada, incapaz de solidaridad o compasión, ha ido acumulando a través de los años y de los sueños.

¿Y dónde están los intelectuales, los poetas, los soñadores, la vanguardia de la sociedad? No se atreven siquiera a declararse, a tender una mano a sus vecinos. Los intelectuales cubanos viven en una clandestinidad mucho más vergonzosa y estricta que la que padecieron sus homólogos durante el batistato. Este dato nos ayudará a entender el batistato, y a entender que Fulgencio Batista hubiese sido incapaz de organizar turbas cumbancheras que, a golpe de rumba, arribaran en guaguas para atacar a un periodista, haciendo de la cultura popular un alicate de la tortura.

Es bueno reflexionar sobre estas cosas y hacer comparaciones, a fin de tener una idea clara de en qué tiempos vivimos. Porque la patraña histórica está en la base de la violencia de hoy. El castrismo se sostiene sobre un malentendido, y ese error repercute en las voces de los atacantes, ya sea en la calle, a cara descubierta, o detrás de las pantallas de Enrique Ubieta Gómez y M.H. Lagarde.

Noviembre 21, 2009

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