Los usos del castrismo

 Tecnología quechua

Recientemente, tuve ocasión de asistir a la conferencia de cierto filósofo argentino radicado en una universidad de Nueva Inglaterra. En el transcurso de su charla, el sabio sudamericano delineó un programa para el aprovechamiento y reactualización de la cibernética quechua. Sólo entonces se me reveló el verdadero alcance del “origenismo”, y las profundas ramificaciones del concepto de realismo mágico. En última instancia, ¿no era José Cemí quien ganaba un escaño en el parlamento bolivariano? Y, con el chavismo, ¿no asistíamos al retorno del ángel de las maracas? Primero la música, la magia y la fantasía; después la ecología, la cibernética y la política: América redescubría al indio con levita.

La propuesta del sabio era tan descabellada, que un joven estudiante de computación (de origen “latino”, por cierto) pidió la palabra para preguntar si las nociones de una técnica superada hacía 500 años tendrían cabida alguna vez en los programas de Microsoft. El conferencista se limitó a sonreír, como si su gran esquema sobrepasara, efectivamente, el ámbito del sentido común. En un día no muy lejano, replicó, la tecnocracia occidental encararía un ineluctable retroceso, un ricorsi, y una imparable vuelta a los “orígenes”; entonces la marcha atrás sería considerada un avance.

Escuchábamos maravillados a aquel hombre blanco, de ascendencia italiana, paladín de la tekné indígena, que, sin siquiera pestañear, proponía la restauración precolombina. Un intelectual argentino firmemente afincado en el moderno circuito de cátedras vitalicias que, desde la paideia del capitalismo, propugnaba una cultura del subdesarrollo. La noción de la debacle cubana como modelo ecológico tenía allí su origen, en un populismo que pasaba por medicina social: en un guevarismo científico. No sé cuántos asistentes a la charla se darían cuenta de que nos encontrábamos delante de un hombre nuevo, de un espécimen de investigador desconocido en los laboratorios de Norteamérica. De un nuevo tipo de inmigrante, incluso.

Para él, lo defectuoso y lo obsoleto se presentaban como paradigma; y lo que es más importante, como un paradigma reciclable, pues desde el fin de la Historia cualquier falsa conciencia podía ser reformulada ecológicamente. Los desechos de la revolución cubana se prestaban al proceso reciclador, sólo por estar ahí, por haberse quedado atrás como detrito. Nuestra narrativa nacional empezaba a ser reimaginada desde el aparataje teórico de una nueva promoción de investigadores colonizados.

El castrismo en el “cuerpo” social

Los periódicos traen la noticia de que México es ahora el segundo país (después de los Estados Unidos) con mayor número de personas obesas: lo que significa que los Estados Unidos son ya un segundo México. Hay que aclarar enseguida que se trata de una obesidad producida por la malnutrición, de una gordura que es el resultado de una dieta pobre. O lo que es lo mismo: la confirmación de la presencia del Tercer Mundo en la barriga del primero.

Una cocina povera y unas artes culinarias precolombinas, amancebadas a la industria del fast food americano, producirán un exceso de grasa, de colesterol malo. Nos convertiremos en eso que los anglosajones nos llaman despectivamente: greaseballs, bolas de sebo. Alternativamente, al ingerir el burrito ritual, el europeo queda iniciado por una suerte de teofagia. Fritangas, parrilladas, pupusas y pulque encuentran un nicho en la pirámide alimentaria. El claxon de un carro del “lunch” toca La cucaracha. El castrismo aparece aquí también como solución; es decir, como higiene, como dieta forzada y racionamiento científico. Como anorexia cívica y adelgazamiento policíaco.

Mea culpa y Volkswanderung

Las migraciones latinas son españolas en segundo grado. Las guerras castristas forzaron grandes migraciones de pueblos, desataron la evacuación masiva del indio hacia el norte: un volkswanderung. El indio es un soldado camuflado de bracero, y un elemento foráneo inoculado en el Sistema. En tanto retaguardia de nuestra política expansionista, trae consigo lo Eterno español –en el idioma, y en el hecho de ser el último remanente de la Conquista.

Todos somos espías de Castro, en mayor o menor medida, pues las grandes migraciones funcionan, a la larga, como dispositivos de disgregación. La intromisión en los “asuntos internos” del Imperio es el principal objetivo de la política exterior del castrismo, y también la contrapartida de la intrusión imperial en los asuntos domésticos de Nuestra América. ¿Qué hubiese sido de nosotros sin la presencia permanente de ese elemento foráneo? ¿Qué historia nos esperaba con Machado y Batista si no hubieran sido desbancados por los yankis? ¿Qué rumbo tomaría nuestro progreso si no estuviese condicionado desde arriba, desde el norte? Si se invirtieran los términos, ¿qué pasaría?

Para completar la transvaloración de todos los valores que persigue la política exterior castrista, se necesita, paradójicamente, de la colaboración del Imperio. Las guerras permanentes plantan focos de conflicto que tarde o temprano el imperialismo hará suyos. Entretanto, los latinoamericanos somos admitidos al redil como ciudadanos per accidens, refugiados de una gran guerra castrista que los norteamericanos consideran “su” guerra sucia. El golpe de estado en Chile, o el conflicto armado centroamericano, por  poner sólo dos ejemplos, aparecen en las versiones de Wikipedia, como trabajos de la CIA, sin referencia alguna a la ingerencia cubana, ni a la influencia directa del castrismo en los eventos del 11 de septiembre de 1973. El imperialismo asume la culpa, y la forma de la maldad castrista.

La Historia me absolverá significa, entonces, la Historia me absorberá: los americanos absorben nuestras culpas –y el elemento “culpa” es definido casuísticamente como la intromisión en los asuntos “internos” del sujeto histórico. La absorción requiere, además, que la narrativa nacional venga dispuesta en pares de significados: Playa Girón y Bay of Pigs; Guantánamo y Gitmo. Un toma y daca; una emisión y absorción de contenidos; y unas fronteras porosas donde se confundan los límites de territorios y conceptos.

El eterno retorno del castrismo

Sólo muy recientemente entendí que la lucha contra el castrismo y sus huestes es un episodio más del enfrentamiento del Bien y del Mal. Considero esta revelación de la mayor importancia: primero, porque implica la “espiritualización” del problema del castrismo (si bien una espiritualización que llega contaminada de las categorías de la “popularización”: no olvidemos que es el pueblo quien identifica la revolución con el Mal absoluto, y a su creador, con el Maligno, etc.); y segundo, porque, al contemplar la Batalla de Ideas desde un imaginario carro de Arjuna, nuestro conflicto se nos presentará, necesariamente, como inacabable.

Es decir: la ilusión del castrismo estriba en su localización, en su supuesta finitud; nos engaña con estratagemas teleológicas, y con su propia variante de la superstición hespéride: el mito de que, al final de la travesía, volveremos a encontrar la isla bienaventurada. Creemos, en nuestro fuero interno, que el castrismo ha de finalizar, que podremos cerrarlo “con un broche de oro”, pero sin percatarnos de que en esa falacia radica el principio de otro mesianismo, y que, mientras esperemos una segunda venida, la esperanza servirá de resorte al aparato ideológico del enemigo.

Imposible no ver aquí las trazas de una escuela de “philosophes” que nos legó un modelo de historicismo y una promesa de eternidad. He especulado antes que, por la vía del jesuitismo, el origenismo y el castrismo llegarán a tocarse en el infinito: los que parecían fenómenos distintos y contrapuestos se sitúan hoy en la coincidentia oppositorum. La ilusión del origen (que alcanzó su apoteosis en la entrada triunfal de 1959) es también el germen de nuestra parusía, y el fundamento de nuestra noción de “solución final”. Pero, al concebir el escenario de la Batalla de Ideas como conflagración eterna, contemplaremos por fin, extasiados, y hasta cierto punto consolados, el eterno retorno del castrismo.

Abril 15, 2008

Encuentro en la Red

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