Filosofía del T-Che

tony

En Venice Beach, California, la playa donde nació la leyenda de Jim Morrison, una imagen en aerógrafo del bardo cubre cinco pisos de un edificio de apartamentos. En la clásica pose del crucificado, Morrison desnuda el pecho y abre los brazos ante el rebaño de turistas. Si Venice es hoy una catedral del pueblo al aire libre, Morrison es el falso ídolo de una teología de la liberación que recaló en el fariseísmo.

Incluso lo de “liberación” y “aire libre” habría que tomarlo con un grano de sal: carteles dispersos por la arena nos informan que, en esta playa, ¡está prohibido fumar! La anarquía de aquellas recholatas sahumadas con Marlboro y hachís pasó a la historia. Nos encontramos en pleno proceso de vaticanización, y el aire, o el “pneuma”, se ha establecido como dogma central del nuevo culto. Sus usos y abusos, a partir del Oscar y el Emmy de Al Gore, serán regulados con fanatismo partidista.

Mientras que en la prensa y en el aula la idea de extinción reemplaza el arcaico concepto de Apocalipsis, en el cielo demócrata el aire es nada más que un compuesto de azufre y dióxido de carbono que amenaza con liquidarnos. Pereceremos, después de todo, en un gran cataclismo, pero como “especie”, como “género”, o como un hato de monos cientólogos.

En este extraño laboratorio social que es Venice Beach, el sincretismo de supercherías salta a la vista. Putos y santones, celebridades y marimberos han terminado juntándose en las mismas camisetas en rebaja. Sus perfiles violentos cierran filas en formaciones militares que recuerdan las pancartas soviéticas. No se trata de alianzas ocasionales: los imperativos del mercado imponen su ley de frontalidad también a las imágenes, y el hecho de que el Che y Tony Montana coincidan en las pecheras de los T-shirts es ya un comentario sobre el porvenir.

Hasta bien entrados los años 50, el pullover, camiseta, playera o Tee shirt, solía llevarse debajo de la camisa. Más tarde, una generación artística de “rebeldes sin causa” la sacó a un primer plano. Al principio, los T-shirts fueron simples camisolas cuya sencillez proclamaba la llaneza de una clase social desposeída –y Hollywood, que  abordaba en pantalla los conflictos de clase, la adoptó como prop. Su eventual aparición en escena era cuestión de tiempo, pues los batallones de descamisados que abarrotaban los cines no podían menos que exigir el derecho a la representación.

El paso de la proletarización en el vestuario a la verbalización en el vestido fue consecuencia de la escisión entre lo interiorizado y lo exteriorizado: elevada a la categoría de “símbolo”–sobre el torso plebeyo de Stan Kowalski, según el filme de Elia Kazan– la camiseta debió adoptar, a fortiori, las creencias del proletariado. Así nació, durante la crisis de los 60, lo que ha dado en llamarse “poesía” de T-shirts: epigramas inscritos sobre la tela, propaganda barata, filosofía de sans-culotts.

Aunque las normas de la lírica pierdan validez allí, la lectura estocástica y ambulatoria de un lema escrito sobre una camisa produce, de manera general, la misma anarquía retórica que reclamaba el surrealismo para sus construcciones. En una prenda interior exteriorizada –y automatizada– el paraguas se encuentra, de una vez y por todas, con la máquina de coser sobre la mesa de disecciones: nada como un torso para evocar, subliminalmente, los conceptos de “intemperie”, “anatomía”, “corte” y “costura”. En este terreno ambiguo y cargado de inconsecuencias es donde el Che ha llegado a reinar semióticamente.

Y cuán absolutamente acapara nuestro héroe el espacio del T-shirt puede deducirse por la manera en que otros habían intentado imprimirle una carga subversiva, desde el descamisado Stanley Kowalski de Marlon Brando, en A Streetcar Named Desire, hasta el Jim Stark de James Dean, en Rebel Without a Cause: significativamente, el T-shirt es hoy sinécdoque de aquel, y no de estos.

Aunque, más que de “subvertir”, sería justo hablar aquí de “travestir”: el T-shirt (y su “poesía”) dota a las masas de subtexto, e interpone, entre el proletariado y el público, otra capa de significados. La distinción resulta crucial si consideramos que, con la “aparición” del Che en la tela, el T-shirt alcanza la realización de sus potencialidades políticas a la vez que completa un clásico proceso de individuación.

A esta plenitud significativa sucede, inmediatamente, un proceso (inverso y complementario) de “internalización”. El T-shirt acoge en su género, por así decirlo, el “busto” del héroe. La internalización conlleva –otra vez subliminalmente– temas de “costura” (el Ché es el fashionista por excelencia), y de “corte” (signo de su muerte en la mesa de disecciones, de amputación de extremidades). No es de extrañar entonces que escaseen los bustos del Che, pues el T-shirt, convertido en asiento de la (querida) Presencia, es ya un busto portable.

A propósito de la “transportabilidad” de una imagen reproducida mecánicamente, puede consultarse el tan llevado y traído estudio La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica, de Walter Benjamin: “Es más fácil exhibir un busto, que puede transportarse de aquí para allá, que la estatua completa de la divinidad, que ocupa un lugar fijo en el templo”. Sin embargo, el gran filósofo yerra en su estimado de la carga ritual de la imagen fotográfica. Benjamin calculaba (en 1936) que, “con la fotografía, el valor de exhibición comienza a desplazar completamente el valor de culto de la imagen”, y en el mismo párrafo acusa de “ultra reaccionarios” a los críticos que, como Franz Werfel, esperaban del cine “la verdadera realización del sentido y posibilidades [de la fotografía]”. La imagen fotográfica, según Werfel, citado por Benjamin, “[alcanzaría] en el cine la facultad única de expresar por medios naturales, y con incomparable poder de persuasión, todo lo místico, maravilloso y sobrenatural.”

Tal ha sido, de seguro, el camino (“ultra reaccionario”) tomado por la imagen fotográfica, multiplicada y ambulatoria, del Che Guevara; y así –para volver a nuestro asunto– el lema “Seremos como el Che” se transforma, de simple consigna fascista, en el eslogan de una automatización y de una internalización que nos convertirá en portarretratos, en bustos cinéticos listos para usar. En el futuro, durante un warholiano cuarto de hora, todos seremos como el Che, y debemos al T-shirt esta desoladora posibilidad ontológica.

El concepto de un Che wash-n-wear es la manifestación material de una extraña metensicosis, de la que el T-che (con acento cubano e inflexión argentina) es apenas el prototipo. La imagen del guerrillero en la camiseta ha llegado a expresar “con incomparable poder de persuasión, todo lo místico, maravilloso y sobrenatural”, y con ella –la imagen más reproducida del siglo– el valor de culto terminó “atrincherándose”, como temía Benjamin, “en el rostro humano”.

Por otro lado, en cuanto la camiseta de Stark y Kowalski deviene T-che (y para los fines de la industria, T-shirt y Che son ya términos covalentes), el héroe subsume los significados textuales/textiles y dota a la “Causa” de T-shirts, y de “causa” al T-shirt sin causa. Vestimos al Ché, quien, a su vez, nos inviste; el T-shirt recibe su efigie y se transforma en tela sagrada: manto de Turín (por ser italiano el taller de Giacomo Feltrinelli donde primero echó a andar la maquinaria reproductiva), y paño del indio Juan Diego, pues el Che aparece en el T-shirt como hipóstasis de Huitzilopostli. Así, la “cosificación” del Che, y su metamorfosis en “prenda” de vestir, arroja (contra Benjamin) la interpretación más actualizada del concepto marxista de “fetichismo de la mercancía”.

Recorriendo el bazar que se extiende por Venice Beach bajo la reprobadora mirada de Jim Morrison, y entrando casualmente en cualquiera de los puestos de T-shirts adosados a los muros de multimillonarios condominios, encontraremos, por fin, hombro con hombro y cheek to cheek, a esos dos hijos bastardos de la Revolución cubana, Tony Montana y Che Guevara, luchando a brazo partido por la exclusividad de la cabeza de playa.

La antítesis guerrillero-marimbero no es tal para una cultura callejera donde impera la ley del más fuerte, por lo que tampoco es difícil concebir –en un ineluctable futuro populista– un Che Montana o un Tony Guevara: Manolo, shoot that piece of shit!, ¡Hasta la Victoria siempre!, I want the world, chico, and everything in it… Esta gran humanidad ha dicho basta y ha echado a andar… Say hello to my little friend! 

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