En defensa de la aplanadora

aplanadora miami

El concierto de Juanes entró en el libro de récords Guinness por ser la primera instancia en la historia del mundo en que un millón de personas reunidas al resistero del sol se pasaba cinco horas en una plaza cerrada sin que se produjeran altercados. El público cubano merece también una mención en el cielo, como el perfecto rebaño: un pueblo de borregos, que según ha dicho el valiente Javier Ceriani, “lo mismo aplaude a Raúl Castro que a Miguel Bosé”.

Además, ¡mucho cuidado!, no vayan a ofenderlos. Exigen comprensión y demandan ser tratados con respeto. Nuestro rebaño está por encima de toda crítica. La prensa calla y corre un manto piadoso sobre la obediencia escandalosa. Silvio “El Libre” tiene la osadía de encarárseles a los veteranos del Exilio, y a los aldeanos que arriesgaron el pellejo en el Escambray, y a los hombres ranas y a los operativos de la CIA, y a los ancianos saboteadores y asaltantes de los años duros, y a los que halaron treinta años de cana en Isla de Pinos, porque a Silvito nadie va a venir a decirle lo que tiene que hacer: residir en La Habana ya es una hazaña: “¡No hablen mierda desde Miami, vengan a jugársela aquí!” ¡Como si él se jugara algo!

Esa idea de rapero resume la opinión pública con respecto a Cuba. Quien queda mal es Miguel Saavedra, no el lloriqueante Miguel Bosé. Los que hicieron el ridículo son los vejestorios de la Pequeña Habana y no los bocazas de Orishas, que hablaron de los “amos del Norte” en las entrevistas, y después, donde nadie los oyera, rogaron a Juanes que no cancelara el concierto, “para que no ganen ellos”. Quiénes son “ellos” es algo que esos hipócritas vestidos de blanco deberían aclarar.

Pues resulta que “ellos” son los espías que te sirven el desayuno. Juanes los vio con sus propios ojos y puso el grito en el cielo. El pueblo cubano lleva cincuenta años conviviendo con “ellos”. Son los mismos que vienen a Miami infiltrados; los que ya están en FIU y en el Versailles; son los mismos que por órdenes de La Habana te amenazan de muerte; los que están aquí para formar el caos. Esos mismos que el Exilio histórico lleva años diciendo que sí existen. ¡Después de todo, Saavedra no estaba loco!

¡Ay, pero de nada valieron las insinuaciones, los dobles sentidos y las puyitas desde la tribuna! De nada valió que los distinguidos invitados europeos colaran la palabrita “libertad” y hablaran de “miedo”. Ocho cantautores empeñados en sacar al rebaño de su modorra cincuentenaria, ¡y nananina! Ni Silvio “El Malo” cantando la enigmática “ojalá por lo menos que te lleve la muerte” levantó ronchas. Para el asombro del mundo, el pueblo cubano meneaba las caderitas al ritmo de la canción protesta, agitaba el culo a la mención del miedo.

Si yo tuviera un martillo

Mientras tanto, en la Pequeña Habana, un puñado de vejetes armados de martillos encarnaban toda la libertad de que no fue capaz el millón de zombis en la plaza. El único acto libre, el único acto pacífico y significativo de estas jornadas estuvo simbolizado por esa aplanadora que hizo añicos los discos de Juanes y compañía. Vigilia Mambisa ejerció su sagrado derecho a la protesta; precisamente el derecho fundamental que el régimen de La Habana ha incautado al pueblo. Esos viejos de la Pequeña Habana eran los únicos cubanos libres el 20 de septiembre, pésele a quien le pese.

En vez de vilipendiarlo, deberíamos condecorar a Miguel Saavedra y erigirle una estatua ecuestre sobre aplanadora, el Rocinante de su quijotada. ¡Este gran hombre se atrevió a ir en contra de la opinión pública, en contra de las celebridades y de los trovadores y de las superestrellas! Su razón debe parecernos necesariamente una sinrazón, pero Saavedra está en su derecho, y lo ejerce por todos nosotros, los que vivimos agazapados en la vergonzante neutralidad.

Saavedra no sólo se enfrentó a la furia de la bachatera más despistada que ha salido de Puerto Rico, sino (lo que es peor) a la incomprensión del Exilio. Si no abrazamos, si no reconocemos a nuestros Saavedras, estaríamos adoptando la tesis castrista de que la oposición, violenta o pacífica, es un crimen. Que tanto el bombazo de ayer como el mandarriazo de hoy son el patrimonio exclusivo de los castristas. Pero la oposición al castrismo, en ninguna de sus formas y en ninguna de sus variantes, es inmoral. Lo único inmoral de estas jornadas fue el triste espectáculo de un millón de almas muertas.

La vida estaba en otra parte el 20 de septiembre. Estaba en la confrontación del Café Versailles. El estacionamiento del emblemático restaurant vale más que mil Plazas de la Revolución, sólo porque allí somos libres de entrarnos a porrazos. Y, ¿quiénes son esos recalcitrantes, esas reliquias del Exilio histórico que tanto asco provocan en los extranjeros? ¿Alguien puede explicárselo a Miguel Bosé o a Olga Tañón, o a la vociferante fascista de Ana Belén? Esos ancianos que recuerdan con cariño sus años mozos en la Universidad de La Habana, cuando tuvieron a Fidel de compañero, son los que inventaron la Revolución. ¡Nada menos! A ellos debemos el más grande fiasco de nuestra historia moderna.

Da risa verlos abrazados a Gorki Águila, que lleva en la camisa la consigna “59: el Año del Error”, porque esos viejos ¡son los que cometieron el error! (Así de complicada es la cosa, Olguita). Todos y cada uno de ellos, revolucionarios arrepentidos; pero unos arrepentidos que han sabido perdonar y olvidar. Entre ellos viven sus antiguos torturadores, sus antiguos enemigos y carceleros, y hasta algún escritorzuelo que aún se vanagloria de haber fusilado en el Escambray. ¡Convivencia pacífica, tu nombre es Pequeña Habana!

Ellos, y nadie más que ellos, cometieron el error del 59, y todavía lo están pagando. ¿Qué peor castigo que escuchar al insignificante Andy Montañez, a la tonta útil de Ana Belén, acusarlos de reaccionarios, a ellos, a los progenitores de la gran Revolución? La Revolución Cubana es suya, completita, y tienen derecho de autores, por eso la tratan sin ceremonias. Romper discos, o cualquier otra cosa, con martillos y aplanadoras, está en su naturaleza de revolucionarios, y es algo que no entendemos los que nacimos después, en la paz de los rebaños, en la tranquilidad que viene de tranca.

Una gran aplanadora fue lo que pasaron estos viejos revoltosos por encima de las instituciones democráticas de la República de Cuba. Cuando Huber Matos llevó un avión cargado de armas desde Costa Rica, en 1958, no hacía más que pasarle una aplanadora por encima a Cuba. Cuando Carlos Franqui le entró a  mandarriazos al monumento al Maine, hacía exactamente lo mismo que los viejos del Versailles. Los castristas no dejan de serlo porque se trasladen de ciudad: aquí se trata más bien de una tara generacional.

¡El Año del Error! Esos ancianos rebeldes arremetieron a tiros contra la era de Batista, que fue nuestro Juanes, el creador de la Plaza Cívica donde hoy se reúnen los borregos. Demasiado complicada para una bachatera: la dialéctica de la Revolución Cubana no cabría jamás en la cabecita de Olga Tañón.

Y, ¿qué dejamos para Cucu Diamantes, ese cruce de Celina la de Reutilio con Molly Shannon en el papel de Mary Catherine Gallagher? ¿Será esto lo que nos depara el futuro? ¿La truculencia de Hialeah que regresa a Párraga por la Terminal 2? Efectivamente, saldremos de la edad de piedra para aterrizar en la edad de la circonia. Con espejuelos dorados de la Óptica López admiraremos la sicodelia que suplantará la grisura castrista. Es sólo un avance del post-exilio lo que el concierto nos puso delante: Gorki en el Versailles y Cucu en la Plaza.

Septiembre 24, 2009

Encuentro en la Red

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