La Red Avispa: Tío Castro cuenta el cuento

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A excepción de la fotografía, ninguna otra forma de arte ha sido generosa con la Revolución cubana. Ni la escultura, ni la pintura, ni la literatura, ni el cine han producido monumentos de la epopeya castrista.

Quedan los fragmentos revolucionarios de Tres tristes tigres, censurados por el propio Cabrera Infante, y algunos pasajes de Así en la paz como en la guerra, aunque ninguno se compare a la belleza nocturna de lo batistiano en esos textos. Tal vez alguna página cargada de metralla de Norberto Fuentes, el gran poeta del fidelismo. Si acaso, Bananas, de Woody Allen.

Wasp Network, la película del director francés Olivier Assayas, es otro recordatorio de la antigua maldición artística: imposible representar dramáticamente lo que carece de grandeza intrínseca. El director, que había pintado un gran panorama ideológico en Carlos (2010), se ocupa ahora de pequeñas intrigas miamenses: un Miami Vice para la generación de Greta Thunberg.

La Red Avispa centra su falso conflicto en la figura austera de José Basulto, y en unas cuantas avionetas literalmente inofensivas (dos llevaban los nombres de Willy Chirino y Gloria Estefan) pertenecientes a la organización Hermanos al Rescate, verídicas tostadoras volantes, incapaces de impresionar a la teleaudiencia de Narcos.

El villano de La Red Avispa es el difunto Jorge Mas Canosa, capo de la Fundación Nacional Cubano Americana, exitoso empresario y terrorista ocasional. Su delito es haber amasado poder político y una enorme fortuna —y, presuntamente, ser el patrocinador de un par de atentados a los hoteles de una dictadura dedicada al negocio de la hospitalidad.

En otras palabras: las mismas majaderías de cualquier fellow traveler, y las mismas calumnias que habíamos oído antes de labios de otros intelectuales procastristas. Porque La Red Avispa carece de profundidad, es que la despeinada cubanita Olga Salanueva, interpretada por Penélope Cruz con acento cubiche y españolísima mala leche —y no la deslucida Ana de Armas— viene a darnos la imagen correcta de la Cuba de Assayas.

Decir que Penélope se roba la película es repetir lo que ya ha dicho la crítica hollywoodense. Habría que añadir que su personaje retrata al tipo de fanática que en los años 90 se encargó de reformular, desde el dominio doméstico, las viejas categorías del héroe y el gusano. Un clon de Mariela Castro que se resiste a abandonar la tenería donde ha transcurrido su espantosa existencia proletaria y unirse a las avispas que aterrizaron en Miami y operan a la sombra de Basulto y los Hermanos.

La vida camuflada de recogedora de pañales en asilos de ancianos, los doscientos canales de la televisión por cable, la libertad de expresión, la cercanía de Disneylandia, los pastelitos de guayaba, la abuela en Sarasota o la dimensión humana del destierro cubano le son antiflojitínicos. Ella carga una foto del Comandante como amuleto, y a la primera oportunidad la desliza en la gaveta de la mesita de noche de su hija.

“Mami, ¿es verdad que papá es gusano?”. Ante la pregunta indiscreta, la compañera Olga guarda silencio. Tiene prohibido revelarle a su hija la doble vida del agente René González. Pero la niña tiene también madera de espía: “¡Si papi fuera gusano, no hubiera guardado la foto de Fidel, la hubiera roto!”. Olguita lagrimea y la niña sonríe. Es ese el tipo de heroicidad con que trafica La Red Avispa de Oliver Assayas.

No hay que engañarse: en Cuba, Assayas viene a ser una especie de Leni Riefenstahl en el reino de los Nuba, o Wilhelm von Gloeden en Taormina. Su grupo de actores y actrices, privado de auténtica emoción cubana, parece un elenco de película porno. El director francés desembarca en La Habana con su brigada de forasteros y se entromete en uno de los episodios más oscuros de nuestra historia reciente. A la agencia EFE, le declara que no es castrista, pero que tampoco usa el cine de manera partidista. Sin embargo, elevar la canallada al altar de la pantalla y al pinguero Juan Pablo Roque al plano de lo sublime, ¿no es tomar partido?

Penélope Cruz, en el papel de la chivata con el pelo malo es, además de madre y esposa sacrificada, la perfecta encarnación de la toxicidad feminista bajo la dictadura, otra de las pelandrujas que vemos en acción en los actos de repudio. Hay tanto de anacrónico en la vehemencia de su fidelismo como en la insistencia de Assayas en achacar los problemas de Cuba al embargo norteamericano. En Francia, el régimen de Vichy duró dos años, no seis décadas, y aún se le considera una mancha imborrable y una vergüenza. Una vez en Cuba, cualquier eurotrash puede tomar partido por el bando de los malvados.

En cuanto a Gael García Bernal, por fin se da el gusto de ser Gerardo Hernández, el cabecilla de los infiltrados, un sargento político que pontifica desde la tribuna de los Oscares y que se traga la lengua en el Palacio de la Revolución. Ana de Armas, como la seducida y abandonada Ana Margarita Martínez, es apenas una debutante a la sombra de Cruz. Actúa mal, habla en inglés macarrónico y acepta ser la token Cuban en un vehículo propagandístico anticubano. El actor brasileño Wagner Moura, como Juan Pablo Roque, resulta demasiado acaballante para la bobería de Ana, mientras que al veterano Tony Plana le falta maldad para meterse en el pellejo de Posada Carriles: ese papel debió ser ofrecido a Ramiro Valdés.

También José Basulto (Leonardo Sbaraglia) y Jorge Mas Canosa salen muy mal parados de este culebrón cubanoamericano. Mas Canosa es un viejito sin carisma, fumador de soruyos, que se asoma brevemente a la escena de la boda de Ana Margarita y Roque y actúa como el Don Fanucci de El Padrino, Parte II, la secuela castrista de la cinta de Francis Ford Coppola. Exactamente lo opuesto de quien fuera adalid del exilio histórico, y tal vez el político más relevante que haya producido la Diáspora cubana.

El saldo mortal de una guerra que los productores de La Red Avispa insisten en llamar “fría”, y que jamás dejó de ser caliente, es un turista genovés cazador de mulatas; cuatro pilotos inocentes derribados en aguas internacionales por cazabombarderos MiG-29 de la Fuerza Aérea Cubana; el fallecimiento prematuro, en circunstancias nunca aclaradas, del líder carismático de la Fundación Nacional Cubano Americana; la desbandada de Basulto y Hermanos al Rescate, y el infame perdón presidencial a los cinco delincuentes a cambio de absolutamente nada.

En cuanto al tan llevado y traído concepto de “gusano”, que los traductores de Netflix vierten invariablemente como “traitor“, pienso que si solo se necesitara salir de Cuba para ser considerado un ente infrahumano, como puede inferirse de las palabras de Olga a su hijita, entonces el elenco internacional de Red Avispa estaría enfrentado a la embarazosa presencia de la gusanita De Armas.

Que al tirano le ofrecieran quince segundos en pantalla para explicar cuán terribles son esos malditos gusanos de Miami, era, quizás, inevitable. Pero que las “razones de Cuba”, en el caso del derribo de las avionetas, quedaran explicadas por el defenestrado canciller Roberto Robaina, constituye un bochorno para el Partido y un tremendo faux pas para la película de Assayas.

A causa de esos y otros pasajes vergonzantes (el filme abre con una escena de las calles de La Habana de 1990 erizada de extemporáneos anuncios de Airbnb), Red Avispa será presa fácil de las redes sociales. No era necesario hacer campaña para que la retiraran de la programación de Netflix. Esa avispa estaba destinada a morir en la taquilla, o en la cajita de Apple, con el aguijón clavado en su propio derrière.

Ahora, la tozudez del exilio ha hecho que un paquete se convierta en la “película que los cubanos de Miami quieren censurar”. Estoy convencido de que Jorge Mas Canosa nos habría evitado caer en esa trampa.

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El autor con Andrés Nazario Sargén, de Alpha66. Miami, 1999

 

 

Un Comentario

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