Algunas conexiones entre Silvio Rodríguez, Reinaldo Arenas, Alan Gross y Bernie Sanders, seguidas de dos preguntas capciosas

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A raíz de la controversia generada por el documental Sueños al pairo, censurado en la Muestra Joven 2020, el trovador Silvio Rodríguez declaró lo siguiente:

“Siempre dije que no estaba de acuerdo en hacer repudio alguno. Y aunque traté de perderme la noche en que acordaron hacerlo, dieron conmigo. Y fui. Afuera de la casa había un grupito de compañeros y una señora del CDR. Alguien, que hoy vive en Miami, me dijo que esperaban por mi para que comenzara. Di media vuelta, caminé hasta el portal de la casa [de Mike Porcel] y allí susurré una palabra. Después regresé al grupo y dije: ya lo hice. Inmediatamente me marché. Mientras me alejaba, vi como de uno en uno se acercaban a la casa, a dejar su susurro. En eso consistió el tan proclamado mitin”.

En el primer capítulo de la novela El asalto (escrita en La Habana, en 1974 y reescrita en Nueva York en 1988), Reinaldo Arenas escribe:

“Entonces sus colmillos se clavaron en mi garganta. Aullé. Le di una patada en la barriga o en las rodillas, no sé bien, y me desprendí. Corrí botando sangre y maldiciendo. Ella tomó el haz de palos y me lo lanzó palo a palo mientras bufaba. Ya a distancia me detuve y comencé a tirarle pedazos de sierras oxidadas. Cabrona, cabrona, pero sólo oía su risa. ¡Qué carcajada! Hasta que comenzó el susurro y, por precaución, me alejé. ¡Algún día te voy a coger!, le grité con las garfias y con los ojos, sin decir nada, oyendo el susurro y viendo cómo ella desaparecía, como cojeando y riéndose o bufando o maldiciendo. El susurro llegó hasta lo acostumbrado, y al instante todas las tropas de la Contrasusurración se lanzaron a la captura. Yo, furioso y soltando sangre por la mordida, me fui para la casa. Llegué y me observé. La dentellada era enorme. Pero no era eso lo que miraba, sino mi cara, igual, casi igual a la de ella, la de mi madre. Seguí mirándome. Era ella, era igual que ella, algo como de piedra, y en medio del pedregal los ojos, abultados y saltando. El rostro de mi madre era cada vez más mi propio rostro. Cada vez me parecía más a ella, y aún seguía yo sin matarla. Me llené aún más de furia, de miedo, salí de nuevo en su búsqueda, tocándome la cara con las garfas y diciéndome: Soy ella, soy ella, si no la mato rápido seré exactamente igual que ella. Y me lancé como siempre, pensando sólo en reventarla”.

En 1972, Silvio Rodríguez escribía su famosa canción Madre, de la que cito tres versos:

Madre, que tu nostalgia se vuelva el odio más feroz.

Madre, en tu día,

Madre Patria y Madre Revolución.

En una reciente entrevista con National Public Radio, el ex prisionero Alan Gross describe las incidencias de una visita, en el 2014, de los congresistas norteamericanos Heidi Heitpkamp, Jon Tester y Bernie Sanders, a la cárcel donde se encontraba en Cuba.

“El primer año de mi cautiverio equivalió a la privación sensorial, pues solo me permitían 20 minutos de sol al día. Heitkamp y Tester me trajeron un paquete de chocolates M&M, y Bernie Sanders me entregó un ejemplar de la revista The Atlantic. Tuve una agradable conversación con Heidi y Jon, pero Bernie se mantuvo callado casi todo el tiempo, sin participar en la conversación. Al final me susurró esta frase, que cito textualmente: ‘No entiendo qué le encuentran de malo a este país‘.”

Y yo me pregunto:

¿En qué sociedad degenerada el susurrador Silvio Rodríguez puede gozar de libertad, del favor del público y de una enorme cuenta bancaria, mientras que Luis Manuel Otero Alcántara, José Daniel Ferrer y Roberto de Jesús Quiñones van a la cárcel como viles malhechores?

¿En qué universo fallido Donald Trump es un idiota fascista y Bernie Sanders un sabio demócrata que entiende mejor que nosotros lo bueno que tiene que ofrecer el castrismo?

 

 

 

 

 

 

 

 

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