El Martí serial de Gutiérrez Alea y el ‘en silencio ha tenido que ser’ de Clandestinos

Considerar al Martí serial de La muerte de un burócrata, la película de Tomás Gutiérrez Alea (ICAIC, 1966). El tío Paco, fabricante de bustos, cae en la máquina deseante martiana, la maquinaria muele-gente del primer absurdismo de fabricación castrista.

Paco, el trabajador destacado, se “funde en el proceso” de objetificación y obliteración revolucionaria: la producción arrastra al productor a la muerte cívica del colectivismo. En una “reunión relámpago” se decide enterrar al Paco “martirizado” junto con su carnet del sindicato, privándolo así de la identidad requerida para su exhumación y eventual posteridad como pariente pensionista.

Martí es allí el deseante de sangre, cada busto suyo es una ubicua brujería, un Elegguá sincretizado en santón político: cada busto serializado es un sepulcro blanqueado. La colección de túmulos diseminados constituye la “tumba más grande que Cuba” que Martí había descrito al colombiano Vélez durante un paseo por los Palisades.

Es ese Martí universal sincrético el que exige periódicos baños de sangre. A la altura del 2020 no había recibido otro desde el asalto al cuartel Moncada. Fue en aquel Año del Centenario cuando una generación de víboras lo hizo responsable, en tanto trabajador histórico destacado, de la carnicería iniciática, y fue entonces que Martí cayó en la maquinaria de sí mismo. El segundo acto criminal lo volvió adicto a la sangre: el primero había sido su revolución innecesaria de 1895.

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