Las dos mitades del comisario Rojas

Rojas copy

El viceministro Fernando Rojas ha caído en crisis. La mediana edad trae revaluaciones que, por lo general, arrojan un balance negativo. La voz de la conciencia nos dice que no hemos logrado nada, que somos un cero a la izquierda en el esquema total de la existencia.

Es difícil detectar el memento mori en un comentario de Twitter, pero ahí está. Es el grito de desesperación de tantísimos usuarios, y uno debe prestar atención para escucharlo. El viceministro Fernando Rojas ha estado pidiendo auxilio desde hace meses, y el público no ha hecho más que burlarse de él.

Su desesperación provoca carcajadas. Es como la vez que Juanga caminó hasta el borde del escenario y cayó como una tonina encima del público, ¡una tonina vestida de mariachi! Adoro a Juan Gabriel, pero no voy a negar que fue comiquísimo verlo perder el equilibrio y estrellarse contra un grupo que coreaba Noa Noa. Así es la vida. ¡Duro es el espectáculo!

El viceministro Rojas ha hecho el ridículo incontables veces en este año tan especial en que se cumplen seis décadas de castrismo. Y no podía ser de otra manera. Su posición en el Ministerio de Cultura, por debajo de Alpidio y María Elena, lo convierte, ineluctablemente, en el hazmerreír del circo mediático.

Sobre todo si lo comparamos con su ilustre hermano, el historiador. Fernando en el parque de 17 y G, enfundado en su guayabera escarlata, esperando por el primer internauta para entrarle a trompadas, es el reverso exacto del erudito en muceta de doctor, premiado por cuanta institución cultural existe en el planeta.

Este Fernando Rojas que fue a la Lenin, y probablemente a la Lomonosov, entiende perfectamente su situación, la percibe en todos sus escabrosos detalles. No sé mucho de Rojas, pero supongo que habrá estudiado matemáticas o agrimensura, que habla ruso y que lee a Lezama. Es decir: calculo que es un ser pensante, un hombre capaz de evaluar su problema, incluso de apreciarlo fríamente, ahora que llegó la crisis de la mediana edad. Una edad biológica, dicho sea de paso, de la que las tres cuartas partes transcurrieron bajo un una tiranía.

¿Sabrá Fernando Rojas que su existencia ha transcurrido bajo una dictadura? Estoy casi seguro que sí. ¿Exacerba ese entendimiento trágico la crisis de un intelectual aburguesado que se hace pasar por lumpenproletario? Absolutamente. ¿Son sus extraños mensajes de Twitter el síntoma de la crisis existencial por la que atraviesa? Apostaría mil CUC a que lo son.

El comisario Rojas arde en deseos de una buena querella, rabia por un debate abierto, por una entrada a trompadas, quiere soltar un insulto, sacarse del alma un expletivo (¡escoria, estalinista!, da lo mismo), pero le está vedado. Tan vedado como ese Vedado adonde acude cada temporada teatral por encargo del Partido. Desde la última luneta del Trianón, mira a un grupo de jóvenes actores burlarse de él, de todo lo que él, Fernando Rojas (¡vaya apellido!) representa.

Sabe, en su fuero interno, que es un vulgar censor. Si va a otro teatro, digamos, El Ciervo Encantado o el Argos, se encuentra con idéntico panorama. Gente joven que discute a careta quitada los asuntos candentes de la sociedad civil que él reprime, gente que grita las verdades que él escamotea. Lo mismo pasa si va al cine o si navega un blog cualquiera.

Fernando de la Lenin entiende lo que es la libertad de expresión, conoce la historia de la perestroika y el glásnost. Su juventud transcurrió en los días peligrosos y tristes en que el canciller Parrilla (¡vaya nombrecito!) dio contracandela a los grupos disidentes de los años 80 y los 90, Tercera Opción y Paideia.

Su hermano erudito cayó en esa redada hace veintitantos años y, por entonces, hubo de partir hacia el exilio en La Condesa. Fernando lo visita en Tenochtitlán, ha estado en los fabulosos motivitos donde corren el mezcal y el 5G, y donde la comida es pura estética. Allí departen contrarrevolucionarios y segurosos en perfecta armonía. Es el tipo de pluralidad que Luis Manuel Otero Alcántara reclama.

Desde alguna luneta del gallinero, la conciencia de Rojas debe estar contemplándose a sí misma y reconociéndose en toda su abyecta hipocresía. En esas condiciones, un cortocircuito no es improbable. La mente de Rojas lo traiciona cada vez que mete el dedo en el botón de “enviar” y celebra en un tuit a Diario de Cuba, o acusa de estalinistas a los damnificados del socialismo. Un cruce de cables cada vez más frecuente y menos subconsciente.

El comisario pide socorro, necesitado de su terapia de choque. Un buen samaritano le explica en Twitter que cuando escribe “Excelente propuesta” le hace un regalo de Navidad a Alen Lauzán, el caricaturista estrella del anticastrismo, y al órgano de prensa de la gusanera internacional.

Lo mismo cuando el comisario llama estalinistas a los gusanos. Enrique Del Risco, primer siquiatra del Exilio, tuvo que correr a interpretarle el chiste: inconscientemente, Fernando había querido decir castristas. Los chistes de Rojas llegan siempre a posteriori, implícitos en algún desliz freudiano. Ya en su misma actitud hay un broma tácita, pues la situación del viceministro ha llegado a ser más patética que la de cualquier gusano.

Por mucho que se empeñen en decir que todo marcha bien, los Rojas pertenecen a una familia disfuncional, dividida por la revolución. Esas rupturas tienen consecuencias en el discurso y, al igual que el viceministro, el historiador se ha visto obligado a hacer malabarismos con tal de proyectar alguna semblanza de cordura. Llámese socialdemocracia o allendismo, es imposible mantener la pureza ideológica de cara a la expansión, evolución y adaptación continental del castrismo—y me atrevería a decir: a la adaptación universal del fidelismo—.

El desliz freudiano del historiador consiste en correr las cercas y situar el final del proceso revolucionario en alguna fecha que le permita salvar el momento feliz, el período infantil de inocencia. Sobre ese momento descansa la reivindicación de la izquierda en tanto causa perdida. No es un dato superfluo que la existencia de los hermanos estuvo condicionada por la mayor debacle de nuestra historia moderna.

Ese fracaso, que Rojas sitúa en el momento de institucionalización de mediados de los 70, en realidad coincide con el momento del triunfo (en mi opinión, antecede a la revolución misma). Nuevas revelaciones y documentos confirman que el proceso socialdemocrático había concluido antes de comenzar, algo que un historiador no admitirá jamás.

Entretanto, Rojas debe aguantarle la pata a la vaca si ha de evitar el descalabro de su teoría, una vaca histórica que se sostiene desde hace seis décadas sobre una sola pata. No hay que ser un místico para entender que los cubanos hemos vivido en la era de Kali-yuga. Auxilio y Socorro reencarnan especialmente para este momento terminal de confusión.

 

 

 

 

Un Comentario

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