Parásitos: Dialéctica de la barbacoa coreana

parasite

¡ATENCIÓN! Esta reseña revela parcialmente el desenlace de la película.

La familia coreana ha sido analizada de distintas maneras por el cine de esa nación dividida. De la familia del norte sabemos poco; de la del sur contamos con los panoramas de su copiosa cinematografía.

El director Bong Joon-ho ataca de frente el problema del lumpemproletariado coreano. Desde la primera escena de Parásitos, los hijos adolescentes de Ki-taek Kim (el gran Song Kang-ho en el personaje de paterfamilias) le roban el wifi a los vecinos en el apartamento soterrado donde residen. Es un edificio malo en algún suburbio de Seúl, el mismo tipo de hábitat que aparece en Compasión por Mr. Venganza (2002) de Chan-woo Park, y en Oasis (2002) de Chan-dong Lee. Cuando logran reconectarse, apiñados en las inmediacioens del retrete, se celebra a gritos el renchufe del gueto al corazón del mundo.

Los medios como extensión del hombre y de sus funciones sociales y fisiológicas nunca habían sido ilustrados de manera tan prosaica; tampoco la disparidad entre haves y have-nots, entre los que tienen y los que no. Los Kim se vuelven trogloditas macluhanianos en esos exasperantes minutos de desconexión: el excusado y la red mundial intercambian signos en una escena que tendrá reverberaciones imprevisibles.

Cuando llegue su hora, los nuevos cavernícolas no se andarán con miramientos: la caverna tiene inodoro y telefonía, pero sigue siendo caverna. A fin de cuentas, es la mierda del mundo lo que circula por las cañerías y las redes sociales, mientras afuera, tras el ventanal de vidrio, frente al tragaluz de la unidad habitacional del sótano, un obstinado borracho mea.

La familia lo observa como en pantalla, y recae en la madre, Choon-suk, salir a espantarlo con baldes de agua. El desbordamiento del toilet, un tifón estival y el chorro de orina del borracho no son gratuitos, sino que forman parte del mismo ecosistema bajo escrutinio. Hace años que Bong Joon-ho explora la estructura secreta del Sistema, sus mecanismos ocultos, sus atoramientos y fallas, tanto en The Host (2006), su película más conocida, como en la magistral Memorias de un asesinato (2003).

En cuanto a la situación laboral de los Kim, se reduce a textear, forrajear y armar cajas de pizza para un timbiriche de comida rápida. Mientras pliega cajitas, cada cual sueña con triunfar en grande, pero sus sueños son meras fantasías inducidas por el estado crónico de desempleo. En Oasis, la joven Gon-ju, afectada de parálisis cerebral, imagina que canta y baila en un vagón del metro. La parálisis de la sociedad se manifiesta como espejismo e hiperestesia.

Gracias a una serie de felices contingencias, Ki-woo, el hijo de Kim, encuentra trabajo de profesor de inglés en la mansión de un magnate. Su hermana Ki-jung falsifica los documentos requeridos para la solicitud de empleo y Ki-woo logra presentarse como egresado de alguna universidad norteamericana. Su discípula será la chiquilla Ziso, que finge inocencia y planea seducirlo. La fascinación de la nueva rica con el joven lumpen abre una brecha por donde entra la realidad del barrio y su inventario de arteras simulaciones.

No pasa mucho tiempo antes que Ki-woo recomiende a su hermana para profesora particular de arte; Ki-jung, a su vez, propone al padre para el puesto de chofer. La madre pasa a ser la doméstica y ama de llaves. Cada una de estas substituciones demanda un complicado proceso de engaño que contrasta con la credulidad de los ricos. En el caso de la vieja ama de llaves, se requiere un estudio de agentes alergénicos. Los Kim descubren que la mucama Moon-gwang padece sensibilidad al melocotón, y que su reacción a la histamina puede hacerse pasar por un caso de tuberculosis.

La casa perteneció a un famoso arquitecto antes de pasar a manos del millonario Park Dong-ik: es una casa con historia. Sus interiores rezuman felicidad y cada objeto precioso es un preciso teorema socioeconómico. Tras los ventanales no se atisba a un beodo en apuros, sino un jardín planeado para incitar la sensación de privilegio. Cada ambiente proclama la completa realización de los sueños de sus ocupantes.

Pero la morada es también un scripted space, el clásico escenario de telenovelas coreanas. Hay una dimensión adicional en la historia de ricos-y-pobres que no pertenece exclusivamenye al ámbito político, sino al telenovelístico. A menudo, ambas dimensiones se superponen, y el diorama es lo que pasa hoy por realidad. La dos áreas de influencia—el entretenimiento y la política—se conjugan en una visión unitaria, una teoría unificada que es imposible separar, especialmente cuando se trata del tema de la desigualdad. La disparidad que nos ocupa, ¿es realidad o espejismo?

Una casa puede transformarse en un organismo vivo invadido por los parásitos sociales. Cuando los amos salen de vacaciones y dejan a los Kim a cargo, la escena que sigue es el banquete de Viridiana adaptado al modelo surcoreano. El cenáculo deviene muladar de fritangas, botellas de whiskey y platos de barbacoa fría. Ahíto de Chivas Regal y ramen, el paterfamilias toma su situación filosóficamente: Si están allí, comiendo y bebiendo como millonarios, entonces… ¡son millonarios! ¿No era lo real todo aquello que es el caso? Hic salta: lo que es lo que es, y no hay nada más. “¿Saben qué plan no falla nunca? ¡No tener plan!”. El típico razonamiento lumpenproletario es la enseñanza que Ki-taek Kim comunica a su prole.

En ese momento conyuntural reaparece la mucama, ensopada y lívida, en la pantalla del intercomunicador —y, detrás de ella, el aguacero torrencial que anuncia la llegada del monzón—. Los intrusos dudan si deben abrirle, pero Moon-gwang suplica, y jura que solo quiere bajar al sótano por algunas cositas que dejó atrás. Los parásitos aceptan, con tal de que se largue enseguida. La mujer les descubre una mazmorra oculta debajo de sus pies: es la barcacoa coreana en la barriga del paraíso. El marido de Moon-gwang, recipiente de un misérrimo salario de jubilación, vive parasitariamente en la despensa, alimentándose de las sobras de la casa.

En el tiempo en que la residencia permaneció sin comprador, Moon-gwang escondió al marido en el subterráneo: esa catacumba y el calabozo donde el mutante de The Host arrastra a sus víctimas son un mismo lugar. Es la Corea secreta, infrahumana y subliminal que pocas veces aflora a la superficie. Poéticamente, la división del país ya no es de norte a sur, ni pasa por el paralelo 38: es interna, un asunto de desigualdad entre los que nacen con la cuchara de plata en la boca y los que muerden a diario la cuchara sucia.

Cuando Moon-gwang saca el celular y apunta con él a los Kim, la lucha de clases se resuelve en pendencia entre los miembros de una misma tribu. El video flagrante del banquete es su arma nuclear y la vieja mucama tiene el dedo encima del boton de Enviar. El dedo que planea sobre el botón caliente produce un cruce de frecuencias: “¡Compañeros y compañeras, manos arriba! ¡Soy el camarada Kim Jong-un y estoy a punto de lanzarles un cohete atómico!”. En la nueva zona de conflicto las dos Coreas se confunden.

Por fin los dueños regresan a deshora, huyendo de las inundaciones, y los Kim abandonan la mansión ajena solo para encontrarse con su propio subterráneo anegado, el gueto arrasado y al insistente borracho orinando todavía en la misma esquina. Con el paso del monzón se rompe el encanto. Ahora el excusado vomita mierda y las fotos de familia flotan calle abajo, junto al detrito de la ciudad aluvión. Lo que resta es un desenlace caótico y exqusitamente coreografiado que no me está permitido contar.

El desenlace alterno sucede por encima del paralelo 38. A unas horas del estreno, DPRK Hoy, el portal de internet del partido de Kim Jong-un, comentaba elogiosamente la obra de Bong Joon-ho: “Esta popular película sudcoreana muestra claramente por qué el capitalismo es un sistema podrido y enfermo, sin esperanzas de futuro”. Por fin, todos los Kim del mundo quedaban conectados y el electroproletariado cerraba filas en torno a una consigna común. Sin un plan definido ni un techo sobre sus cabezas, aún podían vanagloriarse de ser los felices propietarios de una falsa conciencia. Al entusiasmo viral por las causas perdidas le había nacido una retaguardia y una dialéctica patas arriba.

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