Omara Ruiz Urquiola en el Purgatorio

profesora

La profesora Omara Ruiz Urquiola ha sido separada de su puesto en la Facultad de Diseño—o “depurada”, como solía decirse décadas atrás.

Así funcionan todavía estas cosas: se convoca una reunión donde se alegan deficiencias académicas, falta de rendimiento, fallo en obtener un certificado de maestría, ausentismo, tardanza, halitosis o faltas de ortografía. Cualquier excusa sirve para desembarazarse de la persona incómoda.

Omara Ruiz Urquiola va a engrosar las filas de parametrados, un clásico batallón que en los años 70 contaba con gente tan pintoresca como Cintio Vitier, Virgilio Piñera y Antón Arrufat. El proceso es harto conocido, sobre todo en el despacho de los comisarios Rojas & Prieto. La sola idea de ir a trabajar de taquígrafa en la biblioteca de Barajagua produce escalofríos, y es lo que aguarda a la distinguida profesora.

La purga forma parte integral de un régimen que, por vagancia o falta de un término adecuado, llamamos comunista. Podríamos igualmente llamarlo fascista, dadaísta o suprematista. La nomenclatura no es importante.

Hace una semana, Patricio de la Guardia fue liberado después de cumplir 30 años de cárcel. Patricio sale del tanque y Omara Urquiola entra al pabellón de los purgados. Eso se llama continuidad, eso se llama relevo generacional. El nombre del régimen debería ser Purgatorio.

Las purgas suceden de manera arbitraria, y muchas veces de manera violenta. Un carro de la policía embiste el automóvil donde viajan los que serán depurados. Una avioneta Cessna cae a las aguas del Caribe sin dejar huellas. Un compañero de lucha es enviado a la muerte segura en una región inhóspita de un continente lejano donde no hay probabilidades de triunfo.

Un expediente laboral amañado puede hacer tanto daño como una carta de despedida leída a deshora. La profesora Omara Urquiola, premio Tiza de Oro, y un doctorcito argentino adicto al leninismo y las ejecuciones sumarias, no son diferentes a la hora del despido. La archifamosa “Epístola de despedida” es apenas un formulario, un documento histórico que deberíamos preservar para un futuro Museo de las Purgas. Quien dice Purgatorio dice Bolivia, dice Miami, dice Guanahacabibes, dice Barajagua.

Parecería que nuestros ancianos gobernantes fueran lo opuesto de Donald Trump, pero la principal faena de esos señores ha sido despedir, depurar y purgar. Eliminar personal sobrante. ¡Parecería que El Aprendiz aprendió de ellos! Pero la Revolución Cubana no es un reality show, sino la realidad a secas. Las eliminaciones han afectado a cada ciudadano y a cada familia en las últimas sesenta temporadas. De tanto despedir y purgar, Cuba ha venido a ser un país de desaparecidos. Pudiera decirse que Cuba se ha purgado a sí misma.

En cualquier caso, no olvidar estos nombres:

Sergio Luis Peña Martínez

Nilvia Pérez Pérez

Ernesto Fernández (o algo de eso)

Urquiola nombra a sus perseguidores y los describe como a unas “bestias capaces de apabullar con sus coces”, lo que, en lenguaje actual, quiere decir que son bullies, que son esbirros. En las sociedades posmodernas, el abuso sistemático es sancionado por la ley. Hay un precio a pagar por ser apabullante.

El primero de Enero de 1959, el difunto Roberto Fernández Retamar tiró el traje de doctor de Filosofía y se puso una camisa safari y un gorra de soldado para hacerse pasar por revolucionario. Es bueno imaginar de qué se disfrazarán los artistas, escritores, diseñadores y dramaturgos cubanos cuando llegue el primero de Enero del próximo ciclo. ¿De Damas de Blanco?

Los intelectuales, cineastas, escritores, dramaturgos, pintores, diseñadores y actores cubanos están en deuda con una mujer indefensa que ha denunciado lo que ella llama el “prontuario de corruptela” de un régimen todopoderoso.

Un bully puede lucir como un doctor de Filosofía y otro bully puede vestirse de novelista. Un bully puede presentarse como un doctor argentino con facha de Cristo y otro bully puede entrar a escena como amante del cine, con un saco echado por encima de los hombros. Una “bestia capaz de apabullar con sus coces” puede bailar divinamente el Lago de los Cisnes.

Hablando en nombre propio y en el de su admirable hermano Ariel, Omara Ruiz Urquiola concluye: “Nosotros, sin ser militantes políticos, sin ser opositores políticos, sí hemos practicado el disenso”, unas palabras torpes que confirman la victoria de los bullies.

Omara reniega de sí misma y reniega de la obra de su admirable hermano. Esta variante de la apostasía es todo lo que requieren los comisarios castristas, todo lo que exige la oficina de Rojas & Prieto. Una recantación casual, un titubeo ideológico.

Omara queda en limbo, en el Purgatorio de los que llegaron demasiado tarde para la revolución y demasiado temprano para la contrarrevolución. Pateamos la lata calle abajo y dejamos la tarea de la responsabilidad política a la próxima generación, la que nos suceda en el carrusel del continuismo.

Arthur Koestler seguirá prohibido en Cuba, pero la lectura clandestina de su libro El cero y el infinito debería ser obligatoria para todos los cubanos preocupados por el nuevo giro de los acontecimientos. El libro trata, precisamente, de una purga. Lo leí en la cárcel de Ariza, en 1975, y a esa tierna edad me tocó aprender uno de los principios más brutales de la lucha en la que me había metido sin saberlo. Transcribo las palabras que me iluminaron hace cuarenta años:

El que se opone a una dictadura debe aceptar la guerra civil como medio. El que recula ante la idea de la guerra civil debe renunciar a la oposición y aceptar la dictadura.

CUBA-LA HABANA-INAUGURACIÓN DEL X CONGRESO INTERNACIONAL DE DISEÑO DE LA HABANA FORMA_19

La Bestia tiene siete cabezas

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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