Las lágrimas amargas de Yoyi Arcos

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Al distinguido profesor Jorge Luis Arcos, el hombre que hizo posible la reaparición de José Kozer y Lorenzo García Vega en La Habana, acaban de negarle la entrada a su país natal. La gente de LASA, ese protestódromo itinerante, no emitirá declaración ni acusará de fascista a Vivian Martínez Tabares —y a estas alturas del congreso, Fina no recuerda quién es el tal García Vega—.

Yoyi Arcos se traga las lágrimas, varado en alguna terminal del aeropuerto de Santiago de Chile, el Santiago heroico donde jamás se restringió el movimiento de un poeta empeñado en hablar de cajitas vacías. Yoyi no lleva un AK-47 al hombro, como aquellos intelectuales argentinos al mando de Jorge Masetti. Yoyi porta en su maletín la vieja bomba anti-origenista del verdulero de Publix.

Se sabe que el tan cacareado “intercambio cultural” entre la Diáspora y la Isla ocurrió en una sola dirección. Se sabe que los más connotados plumíferos viajaban los fines de semana en visitas guiadas a la Farmacia Navarro. Se sabe que, entre 2014 y 2018, la economía miamense creció en un veinte por ciento solo en exportaciones de Curitas y Tylenol para actrices convalecientes. Otros corrían a Valsán, Kmart y el Pulguero de Opa-Locka; otras, a La Carreta, la pizzería Montes de Oca y La Casa de los Trucos. Los más afortunados, a la tienda Apple y a la difunta librería Altamira, hoy reliquia de un Miami rupestre.

La “visa de cinco años” fue la operación encubierta de los demócratas para servir a Cuba con una infusión de 7 mil millones de fulas anuales en mercancías y remesas. La guerrilla se metamorfoseó en una manada de mulas que hubiera dejado atónito al mismísimo Apuleyo. Las mulas de oro atestaban terminales aéreas, torniquetes de aduanas y carruseles de equipajes. La consigna de nuestro vendutero en Jefe, tan enemigo del origenismo como el notario García Vega, era: “¡Uno, dos, tres, muchos Valsán!”.

Si el Habana Hilton fue el primer puesto de mando de Fidel Castro, la tienda Home Depot de la Pequeña Habana sería el despacho virtual del Hermanísimo, el último de los Plomeros. A él debemos el invento de la “repatriación” y el cierre del contrato que culminó con el videoclip de la visita de Obama. (No hubo contacto de pueblo a pueblo, el intercambio fue televisado). Aquel convenio con los yanquis tampoco contemplaba la abolición del pasaporte cubano para la gusanera, sino más “prórrogas”, más trámites prohibitivos y menos reciprocidad.

Entonces, ¿cuál es el motivo para impedir la entrada de Yoyi Arcos precisamente ahora? ¿Hizo Arcos recientemente una declaración anticastrista? ¿Tiene todavía algún efecto en la población el comentario inconveniente de un poeta esotérico? La negativa de entrada saca a relucir, más bien, el embrollo ideológico en que se encuentra metida la cultura cubana contemporánea.

Es vox populi que el comisario Fernando Rojas recibe en su salón a los más acérrimos críticos del régimen. Varios comentaristas de la prensa digital alternativa almuerzan con el viceministro y departen con su esposa e hija. Nada de lo que pueda decir Arcos se compara a los escritos de estos muchachos radicalizados que van a por la yugular del régimen —¡y de Orígenes!— en cada uno de sus rabiosos opúsculos. En este punto hay una confusión que viaja en dos direcciones: los miamenses anticastristas desprecian a los jóvenes críticos que viven en Cuba, mientras que Fernando Rojas los recibe y los mima en privado. Él y su familia se codean con los más deleznables desviados ideológicos. Basta con que no se declaren disidentes.

He aquí algo inconcebible, pero cierto: los revolucionarios se han vuelto gusanos. No lo dirán con todas sus letras, borran algunas, permutan otras. La gusanería de los mandarines culturales, al más alto nivel, es ya pseudodoxia epidémica, un error común. Los mandarines se escudan detrás de sus subalternos y los usan de tropa de choque, pero en su fuero interno saben que tienen la Cultura en contra.

Digamos que Fernando Rojas y Pedro de la Hoz asisten al preestreno de Harry Potter: se acabó la magia, una de las obras contrarrevolucionarias más rutilantes de la últimas décadas. Están ahí para juzgar si la pieza de Agnieska Hernández, Carlos Díaz y su teatro El Público resulta políticamente tolerable. Un personaje grita: “¡Pinga! ¡Cómo se sentirá ser el monstruo que contempla el Maleconazo desde su balcón, el que mira cómo se lanzan al mar miles de inocentes!”. Los burócratas se revuelven en sus lunetas, pero una semana más tarde la obra se estrena sin cortes, con gran éxito de público.

Carlos Díaz vive con su perrita en un estrecho cuchitril, y Fernando Rojas le promete una casa, una casita Jabón Candado. Carlos Díaz recibe el premio gordo por su extraordinaria obra contrarrevolucionaria –y, claro, es muy probable que haya tenido que hacer pequeñas concesiones al viceministro—. Así funciona el Estado paternalista y nadie tiene derecho a juzgar a Carlos, ni al Estado. En otros escenarios de otras latitudes su teatro pasa por revolucionario: lo que quiere decir que es prácticamente ininteligible.

Mientras tanto, en el Redcat de Los Ángeles se estrena Antigonón, otra obra del mismo Carlos Díaz. La puesta en escena afoca al público angelino: la desfachatada desnudez, la brutalidad del carnaval político. Los espectadores siguen los supertítulos, que relampaguean en pantalla: están escritos en cubano vertido al gringo.

A la salida, unos actores de la escuela CalArts se me acercan (la directora del Center for New Performance de esa venerable institución californiana es Marissa Chibás, sobrina de Eddy e hija de Raúl, redactor del Manifiesto de la Sierra) y me preguntan: What was that all about?

El director Carlos Celdrán se encuentra en Los Ángeles por las mismas fechas, en un festival de teatro latino usurpado revolucionariamente por dramaturgos chicanos. Hay tres funciones de su magnífica obra, una tragedia que trata de la separación de las familias y los actos de repudio durante el éxodo del Mariel. Los integrantes de Culture Clash, grupo de agitprop mexicoamericano asisten al mismo festival. Cuando se presenta la pieza de Celdrán, ni se portan por el teatro: 10 millones es demasiado amarga, demasiado vengativa y demasiado gusana para unos agitadores que han hecho carrera del fetichismo revolucionario.

Imaginemos que el director de un celebrado blog, hijo de un capitán de la Seguridad del Estado, se ayunta a una librera española captada por el G2. El famoso bloguero dirige con éxito un espacio virtual donde se debaten los más graves problemas de la actualidad nacional. La línea ideológica del blog es decididamente contrarrevolucionaria, aunque nadie se atreva a decirlo. Ni falta que hace. La perestroika cubana se ha vuelto asunto de farándula; nuestro glásnost, puro cotilleo. Las pasiones políticas hablan en prosa de la revista Vanidades.

Cada otoño, Miguel Barnet, Abel Prieto, Fernando Rojas, Benicio del Toro, Pichy, Sting y diversos pintores cortesanos exiliados, más los blogueros disidentes, los anti-origenistas desempleados, los seudoacadémicos de LASA y una cohorte de nietas y nietos de Raúl Castro, celebran un fastuoso baile de disfraces por Halloween en la casa de una acaudalada socialite miamense. ¿Quedará alguien por persuadir, alguien por captar para la reacción? Si de algo pecan los intelectuales exiliados es de ingenuidad. Si de algo pudiera acusarse al Exilio es de no haberse enterado de la situación.

Al director de cine Miguel Coyula lo invitan al MoMa a presentar Nadie, su rabiosa diatriba anticastrista, y esa misma semana, la federada Carol Rosenberg lo desinvita de su Havana Film Festival New York, donde se presentan Pichy, Arturo Infante, Héctor Noas (actor de Coyula) y el insumergible Edmundo Desnoes.

Sin darnos tiempo de recobrar el aliento, llega la vertiginosa noticia de que “Por primera vez en [el] Festival Internacional de Cine de Gibara, el jurado decidió entregar un premio especial para una obra de teatro y se erigió (sic) la puesta en escena 10 millones, de Carlos Celdrán, de Argos Teatro, la cual tuvo una excelente acogida del público gibareño”. Entre los directivos del festival se encuentran Jorge Perrugoría y el colaboracionista Benicio del Toro, Premio Lucía de Honor.

La revolución premia a la contrarrevolución —¿o viceversa?—. ¿Estaremos a las puertas de otra campaña de apropiación cultural? ¿Podrá escapar alguien al mimetismo castrista? Mientras la revolución y la contrarrevolución se dan la lengua, lo mismo en La Habana que en Oriente, en una oscura terminal del aeropuerto de Santiago de Chile, un empecinado origenista, con la mochila al hombro, se traga sus lágrimas amargas.

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¿Meter a Hollywood en Gibara?

 

 

 

 

 

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  1. César

    Es verdad que el poeta serrano va también a Cuba que se despetronca, pero qué vista tiene. No se le va una. Panóptico. Taleguero viejo. Mis respetos.

  2. Cubasno

    Más razón que un santo aunque no lo seas, a Dios gracias. El melange (anti)(inti)castrista es más indigesto que el picadillo de gofio de la Villapol en su etapa cianótica. A estos tipejos no hay quien los entienda, o sÍ: lo único que de verdad se castiga hoy en día es la consistencia. Se puede como siempre jugar con todas las cadenas, hacer películas con las cadenas, pinturitas Kchistas, corticos del-llanistas, lo que sea, siempre que el Mono quede al margen.

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