‘La favorita’ y ‘Cold War’: el masaje es el mensaje

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¡Da Pawa, bitches!

La premisa de La favorita de Yorgos Lanthimos es simplísima, aunque el mensaje sea un asunto mucho más ladino. La reina Ana de Inglaterra, Escocia e Irlanda (aunque pudiera ser Pocahontas, o cualquier princesa genérica) ostenta el Poder, Da Pawa. Ha llegado al trono porque su hermana Mary y el duque de Orange no dieron delfines. Entonces, le cae del cielo la corona.

Las coronas, digan lo que digan los materialistas históricos, caen de arriba, como ocurre en las ceremonias Miss Universo. No vemos la escena en que la reina llora y se aguanta el trozo de lata que le encasquetan, pero así sucede.

El reinado de Ana duró poco, cinco o seis años, de 1702 a 1707, según Wikipedia, y no es necesario averiguar más. De los millones de espectadores que han visto la película de Lanthimos, ni siquiera uno tiene idea de la historia de Inglaterra o Escocia, y mucho menos de Irlanda.

Somos cada día más ñames debido a la abundancia de Juegos de tronos y otros vehículos de desinformación. Consumimos historietas de ciencia, heráldica y astrofísica, contadas por miserables historiatrónicos que hablan por números y son seleccionados en algún laboratorio de experimentación genética.

Si la reina Ana tuvo una favorita llamada Lady Sarah, duquesa de Marlborough, entonces se desprende, de acuerdo a la lógica de la historieta, que debió ser lesbiana. El LGBT se arroga el derecho de crear a sus precursoras, y Lanthimos no puede menos que complacerlo. (Más sobre el tema enseguida).

Hablando de historiatrónicos: el propósito declarado de la Segunda Guerra Mundial fue eliminar a un príncipe asesino llamado Hitler, junto a cualquier vestigio de su reino: Hitlerlandia. Entonces, ¿por qué los estudios de Burbank, a partir de 1945, evitan dañar su imagen o eliminar a los miembros de su entourage?

Hasta el más insignificante pederasta portaestandarte SS recibió en Hollywood tratamiento VIP. Diríase que Hitler murió en el bunker para salvar a la Paramount, y estoy seguro de que algún día, en Sunset y Gower, tendrá una estrella, entre la tarja de Blondi y la de Evita. ¡Hitler ha dado empleo a mil regimientos de luminotécnicos, escenógrafos, instructoras de acento, anotadores, acróbatas y vestuaristas!

Durante setenta años, los directores comunistoides (¡porque lo eran!) no hablaron de otra cosa que del Tercer Reich. En el gimnasio, en el cine, en la cama: Hitler, Hitler, Hitler… El público se quedó esperando la continuación de la serie en el Hitler Channel, pero la acción se había trasladado discretamente al Bloque del Este.

La Historia de acuerdo al Hollywood macartista termina en 1945, y no por culpa de McCarthy, sino por la reticencia de los comunistas. ¡Que no existieron, claro! Todo fue una cacería de brujas, y el público siempre estará mejor dispuesto a creer en brujas que en comunistas. En vez de la banalización del mal, se consiguió su blanquinievización.

El caso es que los Diez de Hollywood eran tremendos comunistas, digan lo que digan los manuales. En la RDA, Bertolt Brecht y Hanns Eisler gozaban la papeleta después de haber burlado al Comité de Actividades Antinorteamericanas. Porque hubo otra guerra, barrida debajo de la alfombra roja, una guerra caliente dejada enfriar en las mazmorras de Melrose. ¡Tomó setenta años poder recalentarla!

¡Claro que hablo de la película del polaco Pawel Pawlikowski! Claro que hablo de un filme que debió llamarse Todo lo que siempre quiso saber sobre el comunismo, pero temía preguntar. Ese holocausto se conoció con el delicioso nombre de Cold War –piense “ensalada fría”– siguiendo la nomenclatura de un profesor canadiense de moda por entonces. Entre la era McCarthy y la era McDonald’s, cae la época McLuhan, donde lo frío era caliente, y lo caliente, frío.

La frialdad estalinista nos alcanzó en el trópico y nos hizo temblar de pies a cabeza, mientras Hitler continuaba su avanzada triunfal, conquistando taquillas, imponiendo récords de ventas y consolidando su carrera. Si en la RDA, Pieck, Grotewhol, Ulbricht, Brecht, Dix, Eisler y otros chicos del PC hacían de las suyas, todavía hasta bien entrados los 80, unos tipejos absurdos con estandartes, cruces de hierro y signos druídicos en los brazaletes, quemaban pueblos y violaban eslavas en pantalla. ¿Quiénes eran? ¿Y cómo se empatan Cold War y La favorita?

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De período

Pues he aquí que ambas son películas de época, o de período, como dirían en Hollywood, y quién quita que ambas sean también historias reaccionarias, según la nomenclatura de los rojos de la Academia. Para colar en los cines un filme que ponga patas arriba la narrativa comie, hay que hilar muy fino. Se necesita la sutileza de un Yorgos Lanthimos, se requieren unos ojos polacos acostumbrados a ver en las tinieblas de la Edad Oscura.

A las puertas del palacio de la reina Ana se aparece una ripiera llamada Abigail. Viene recomendada, dice que por un noble, o quizás sea la prima lejana de un barón caído en desgracia. Ha viajado en guarandinga, entre camareras, lavaplatos y un tipo que se masturba en el asiento de enfrente. Sale volando de una patada en el culo, y cae de bruces en el fango, como aquella Cunegunda Thunder-ten-tronckh, primera princesita atollada.

Del lodo deben alzarse estas agitadoras de pelo en pecho: una, a usurpar el puesto de Lady Sarah, la favorita; la otra a fundar la primera granja vegana de la historia de Francia. Abigail, la fregona, espectacularmente interpretada por Emma Stone, con su estalaje white trash, sus ojos de rana y su bemba proletaria, conoce el arroyo y la mentalidad canallesca de una nueva clase en ascenso, tanto en las alcobas reales como en el Parlamento.

La Marlborough masajea las corvas de la reina, alivia su gota, la peina, la masturba y la maquilla. En cuestiones de Estado, aconseja y chantajea. Así consigue aprobación para continuar la guerra necesaria con Francia. Cuando la reina pide cariño, su favorita se lo da –con rigor pero sin remilgos–, sacrificándose por la patria a cambio de soft power y una existencia palaciega. En manos de la actriz británica Olivia Colman, la reina Ana pasa, de una escena a otra, por todos los matices de la confusión, el cachondeo, la decadencia y el tedio. Es uno de los personajes mejor concebidos de entre los innumerables refritos que tratan de la realeza británica.

Derrotar y refutar

A la historiadora Deborah Davis, que trabajó veinte años en el guion de The Favorite, le había intrigado el pasaje de la autobiografía de Winston Churchill donde el Primer Ministro menciona a su antepasada, Lady Sarah Churchill, duquesa de Marlborough. Winston no es el único en sospechar la relación lésbica de la reina Ana, la consejera Sarah y la plebeya Abigail. La misma Marlborough lo dejó caer en sus memorias.

El guion de Davis ofrece a Lanthimos la oportunidad de explayarse sobre el asunto de la revolución proletaria desde una novedosa perspectiva contrarrevolucionaria. Se trata, simultáneamente, de crítica de arte y tratado político, cortesía de uno de los más audaces pensadores del momento.

También Lady Sarah identifica a la canalla en Abigail, y se resigna a compartir el poder con ella. Las carreras de gansos y los atormentamientos de hermafroditas, de moda en el swinging London de Newton y Handel, son perversiones menores, comparadas con los sangrientos carnavales que se regalarán los abogados de la Francia iluminista. Es esa la Francia que Sarah quiere derrotar y refutar, y es probable que la historia de Europa no hubiera necesitado de su primo Winston, de haber podido ella salirse con la suya.

Lanthimos, por pura maldad, permite que la plebe triunfe, que busque su pócima en el bosque de brujas y la aplique a la pierna rota de la aristocracia. Entonces la criada asciende desde la cocina a ese lugar elíptico que C.P Snow llamó “los corredores del Poder”. Yorgos recurre a la poética de Peter Greenaway en The Draughtsman Contract (1982) para representar las baconianas interioridades del XVIII anglosajón, y es por eso que recomiendo ver las dos películas consecutivamente.

La alianza de la plebeya Abigail y el ambicioso Lord Harley es el nudo borgiano de este diplodrama de alcoba. Abigail contribuye a poner fin a la guerra con Francia, algo que ocurrió realmente en 1713, cuando Robert Harley ya era Tesorero y Primer Ministro de facto. Hincada a las puertas de las habitaciones reales, con un parche en el ojo que conmemora la lucha de clases, Lady Sarah solo puede berrear y jurar que no miente, que si llamó a Ana coatí es porque realmente lo parecía. Ama a su patria y a su soberana. Su amor es del tipo que los ingleses llaman tough love: amor noble, es decir, a palos. Es la diferencia entre ella y Abigail: la chusma adula, pero no ama.

En la sala contigua están pasando Cold War, que es la historia de lo que sucedió a los sobrevivientes de Hitlerlandia: un Cuarto Reich, mucho más largo y mucho menos filmado. Un coro de campesinas paseadas por Occidente como bandada de gansos: eso fue la Guerra Fría para Hollywood. Mientras tanto, en Palacio, los conejos trepan, se superponen y multiplican. La plebe está echada a los pies de la aristocracia, masajeándole la pierna podrida. Si todo esto es demasiado dialéctico para la mente del espectador ordinario, no hay duda que ha pasado por la cabeza de Yorgos Lanthimos.

Ese masaje es el mensaje.

 

 

 

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  1. aga

    Caro Nestorius:

    ¡Sublime! Lo del “nudo borgiano” te quedó de peluche. Veré las dos películas consecutivamente, como recomiendas. Gracias por tu guía luminosa y certera que nos lleva a un futuro promisorio… Un abrazo, encandilado, de Alesso ________________________________

  2. Miguel Iturralde

    Aparte de lo dicho y hecho, las tres actrices se la comieron y el filme proyecta un fílin medio setentoso, pero superior, y la ambientación es de lo mejor que he visto en películas de época. Excelente este trabajo del griego. Saludos.

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