Cuarto viaje a Cuba. La Chica del Crucifijo. Santoral castrense. El negro de la Consultoría. Gadolinio en vena. Nirvana. Regreso a Miami.

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1.

¿Qué me ata a esta ciudad? Algunas memorias borrosas. Viví en el número 56 de la calle San Lázaro, entre Genios y Cárcel, del 70 al 73, aunque visitaba esa dirección, donde estuvo la casa de mi abuela, desde la infancia. En el 68 o el 69, estando de vacaciones escolares en La Habana, sucedió que una vecina de los bajos me trajo unos pulóveres y me pidió que les dibujara con bolígrafo unos crucifijos. Lo hice, incluso los firmé. Era artista. Cursaba el primer año en la Escuela Provincial de Arte de Las Villas.

La muchacha de los bajos quedó muy complacida con mi obra. Imagino que, eventualmente, deben haberla desaparecido en alguna “recogida”. A lo mejor figuró en aquel famoso artículo del Juventud Rebelde sobre las bandas de hippies. La rebeldía era un delito castigado con cárcel en la Cuba del 69.

Meses después del encuentro con la Chica del Crucifijo, un policía llamado Luis el Negrito, compañero de mi padre en el G2, se presentó en mi casa de Cumanayagua y solicitó verme. Mi padre me ordenó que fuera con él. El Negrito me condujo a una tienda de víveres, cerrada a esa hora, que quedaba al cruzar la calle. Me alzó en peso y me sentó en el mostrador. Me pegó un gritó: “¡Qué carajo andas haciendo en La Habana, comemierda! ¿Tu padre sabe con quién te juntas allá? Esa puta de la calle San Lázaro que te dio los pulóveres, ¿la recuerdas?”. (Claro que la recordaba, claro que entendía de qué hablaba). “¡Dale, arranca, no se te vuelva a ocurrir hacer nada que te pidan esos cabrones!”

Cierta vez, acabado de mudarme a la capital, mientras merodeaba el parque Fe del Valle, presencié una recogida. Buscaban a mi amigo Benigno, el hijo de Digna, habitual del Tencén de Galiano junto a otros faranduleros de la época (el Foca, Platanito, Pedro el Fabuloso, Tony el Alemán, Carlos el Gago). Cuando llegaron las guaguas para recogernos, corrí San Rafael abajo, a todo lo que me daban las piernas, me refugié en los portales del restaurant Caracas, seguí huyendo hacia el Parque Central, con rumbo a Bernaza. Me escondí en el apartamento de Pedro Campos. Esto sucedió a mis quince años.

En 1974, durante los interrogatorios en Villa Marista, el teniente sacó una carpeta y la arrojó encima del buró. Dijo: “¿Así que nunca te metiste en problemas antes?” Contesté: “No, nunca”. Y él: “¿Y desde cuándo dices tú que eres contrarrevolucionario?”. Y yo, empecinado: “¡Desde que tengo uso de razón!” Era cierto. El uso de la razón me había vuelto contrarrevolucionario, o arriano, o judío, o luterano, o cualquier cosa que fuera a la contraria. Era mi línea de defensa a los dieciocho años, como adolescente engreído, atiborrado de lecturas.

El policía abrió la carpeta: “Bueno, mira, échele un vistazo a esto”. Entonces vi las fotos de los antiguos pulóveres pintados con crucifijos. ¡Tenía expediente en la Seguridad desde los doce años! ¡Ay, Luis el Negrito! ¡Oh, mi papá! Grité, enfurecido: “¡Ustedes están enfermos de la mente!” Y mi interrogador, aprovechando el golpe de efecto: “¡Nosotros lo sabemos todo!”.

Esas memorias turbias me atan a La Habana.

2.

Ahora tenía que conseguir la prórroga y, debido a que el 26 de julio cayó al principio de mi visita, me quedaba un solo día para resolverlo. Aprovecho esa peripecia para insistir en mi teoría de que la máxima efemérides castrista ha servido de mecanismo político de tergiversación.

El asalto comenzó realmente en la madrugada del 25, la fiesta de Santiago Apóstol, santo gallego y patrón protector de España. Los hijos de Ángel Castro tuvieron que haber escogido la fecha deliberadamente. El hecho sangriento solo cobra sentido si se atrasan los relojes, si se mueven las fiestas.

Durante las doce horas previas al asalto ocurrió el drama de alcoba de la Granjita Siboney, y también el episodio trágico, carnavalesco, de los soldados batistianos parrandeando y emborrachándose antes de regresar al cuartel Moncada y ser masacrados a mansalva. La ciudad de Santiago se resignó a que el 26 la definiera, que la marcara por los próximos setenticinco años, a sabiendas de que lo importante era el misterio del santoral, que lo determinante había sido que dos pichones de gallego enarbolaran la enseña jacobea en Cuba, un 25 de julio.

Luis Aguilar León (Lundi), condiscípulo del tirano en el Colegio de Dolores, ha referido como le oyó decir al joven Fidel, a la vista de la loma de San Juan: “Aquí perdimos la guerra”. A Lundi lo asombró escuchar esta terrible declaración. ¡Seguramente Fidel había querido decir: “Aquí ganamos la guerra”! Lundi miró a los ojos del campeón basquetbolista, el predilecto de los padres jesuitas, y entendió de qué lado caían las lealtades del bastardo.

La casa natal de Ángel Castro Agiz, en Láncara, es hoy un monumento histórico gallego, mientras que la plantación de Birán funciona como lugar de peregrinaje para los cófrades de la idolatría castrista, especie de Compostela lejos de Compostela. Recordemos, por último, que el sarcófago de Santiago el Mayor, que según cuenta la leyenda, vagó a la deriva y vino a tocar las costas de Iria Flavia en los tiempos de la reina Lupa, era de piedra.

Al llegar a la oficina de Consultoría Jurídica, en Miramar, me encontré una cola de al menos quinientas personas. Pedí el último, algo completamente ridículo en Cuba, pues solo a un imbécil se le ocurriría esperar por su turno. Alguien debía estar en posesión del secreto de cómo colocarme al frente de la fila. La respuesta llegó en la persona de un negro pordiosero con aliento etílico. Su críptico mensaje fue: “¡A diez coco te pongo tercero!”.  Inmediatamente inicié la negociación. “¿Cuánto te doy marinero?”, le pregunté. El hombre me bajeó la cara: “¡Ahora no! Cuando te cojan el pasaporte, asere. Ahí me pasa los diez fula. ¡Sígame!”.

Abandoné mi puesto y seguí a un limosnero que tenía en sus manos el poder de embarcarme, literalmente. Permanecer unos días más en Cuba no estaba en mis planes, ni económicos ni sicológicos. No aguantaba un minuto más allí, estaba mentalmente agotado y espiritualmente ahíto. Debía regresar a California de inmediato.

Nos abrimos paso hasta la cabeza de la fila, frente a las rejas de Consultoría. Hombres y mujeres de distintas edades se apretujaban y apeñuscaban como una furiosa jauría, o como una piara poseída por demonios. El sol trinaba y me hacía sudar a la gota gorda. Las alas de mi sombrero estaban empapadas, la sal me cegaba, chorros de perspiración me bajaban por las cejas y se me metían en los ojos. Estaba cegato y un poco mareado.

Entonces, el dueño de los turnos me atrabancó y me incrustó con el muslo entre una señora gruesa que se negaba a moverse y una mulata joven, vestida de blanco, que no paraba de repetir: “¡A mí nadie se me va a colar delante!”. La señora gruesa bufaba: “¡Yo estoy aquí desde las seis de la mañana, compañeros!”. El negro borracho increpó a la mulata: “¡Oiga, deje el descaro que yo le vendí ese turno! ¡Marqué para cinco a la una de la mañana!”. La muchacha se calló y se estuvo quieta. Bajo protesta, y tras ingentes esfuerzos, conseguí escurrirme entre el culo enorme de la número dos y el ombligo argollado de la cuatro. Un olor a perfume barato y laca de pelo me hizo estornudar varias veces, pero me tapé la boca y no abandoné mi puesto.

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3.

Una de las veces en que nos quedamos hablando hasta el amanecer, mi sobrino me reveló algunos detalles de su cáncer. Había empezado a sudar profusamente y a perder peso. Creyó tener sida. El médico ordenó algunas pruebas, le encontraron un ganglio canceroso en el cuello: era el linfoma no hodgkiano. Esto ocurrió durante la filmación de Juan de los Muertos.

Los procedimientos de visualización requerían que fuera inoculado con una solución de yodo y sal de gadolinio como medio de contraste. Las cámaras de cine deben haber captado, sin proponérselo, la imagen sutil de los elementos químicos que circulaban en el cuerpo del cazador de zombis.

Alex me describió la sensación de ser emponzoñado con yodo: es como si te partiera un rayo, pero por dentro. Curiosamente, la palabra más repetida por los comentaristas de estas crónicas es “radiografía”. Me dicen: “Tus crónicas son radiografías”. El mal de Cuba no se hará visible si no inoculamos a la enferma con algún veneno. A la hora de aprehender el castrismo, resulta imprescindible un tipo de perfidia intelectual que funcione como medio de contraste.

Hay quien cree que el sida fue traído a Occidente por la soldadesca cubana destacada en Angola. Habría que imaginar a un joven Ochoa haciéndole el amor a una mona, o siendo penetrado por un simio en las junglas tropicales de Cabinda. Habría que visualizar un aquelarre de changos voladores y mercenarios cubanos. Una cosa es cierta: el castrismo, como síndrome de desorganización adquirida, es viral. Se lo ha comparado al cáncer, pero una metáfora mucho más apta sería el retrovirus.

Me atreví entonces, con el sol en alto, a preguntarle a Alexis si no creía que existiera una correlación entre el régimen político y el suicidio de su hijo. Por muy tenue que fuese el vínculo, ciertamente no era indetectable. Me aventuraba en un terreno pantanoso, minado por la ideología.

Había notado similitudes entre Pablo y yo, también en lo tocante a la rebeldía, a la actitud contestataria, a una contrariedad que solo podría definirse con la palabra contrarian (Pablo hablaba inglés con cierta fluidez, su nombre mediático era Pableh). Lo había notado, no podía tapar el sol con un dedo que apuntara a vaguedades. Había venido, precisamente, a poner el dedo en la llaga. Y La Habana entera, la ciudad donde el niño nació, creció y murió, era esa llaga abierta.

¿Demasiado lejos, demasiado pronto? Conversamos toda la noche, toda la madrugada y toda la mañana. Mi sobrino y su mujer se pasaban la botella de ron, mientras yo bajaba buches de malta Pony, mi bebida favorita en Cuba. Una existencia, dije, íntegramente contenida en el misterio mayor del castrismo, tres generaciones cubanas que cabían perfectamente en sus arrugas. Tres generaciones sacrificadas en el altar de la Revolución.

Pablo oía al Kurt Cobain de Smells Like Teen Spirit, y al Jim Morrison de The End. A su edad yo escuchaba con devoción Stairway to Heaven de Led Zeppelin y a los Iron Butterfly de In-A-Gadda-Da-Vida, un continuo musical, existencial, de melodías seductoras, negadoras y proselitistas. Un canto de sirenas extraterrestres. Pablo había dejado escrito en la pared su invisible Never Mind. Lo perfecto de su desaparición era el Nirvana.

Les propuse oír en mi teléfono, conectado a un pequeño altoparlante, la balada Rock n’ Roll Suicide, de David Bowie, un poema que dice todo lo que hubiera querido decirle a ese niño enigmático:

Oh no love! You’re not alone
You’re watching yourself but you’re too unfair
You got your head all tangled up
But if I could only make you care
Oh no love! You’re not alone
No matter what or who you’ve been
No matter when or where you’ve seen
All the knives seem to lacerate your brain
I’ve had my share, I’ll help you with the pain
You’re not alone!

4.

En la tenebrosa Terminal Tres del aeropuerto de La Habana, tras otros mil percances que no viene al caso relatar aquí, me entregaron, finalmente, mis boletos de abordaje. Entré al avión de American Airlines a las siete de la noche y, antes de que terminara de beberme el refresco de cortesía, aterrizábamos en el aeropuerto de Miami. Imagino que por eso le llaman la Coca-Cola del olvido. El primer mecanismo de defensa del cubano es olvidar, olvidar a Cuba. Regresar a la patria es, para un expatriado, un proceso antinatural y contraproducente, y no lo recomiendo, a no ser que usted sea escritor y se deba a sus lectores.

Entré al Café Versalles del aeropuerto y compré seis pastelitos de guayaba, que engullí  ávidamente, acompañándolos de grandes sorbos de café con leche. Esa fue mi limpieza. Con la boca llena de guayaba y hojaldre, recordé una página de David Irving (censurada en las ediciones inglesa y alemana de Hitler’s War). Los esbirros del Führer se habían colado en la embajada soviética en París, en 1941, a solo unos meses de que estallara la guerra con Rusia. “A los oficiales de Heydrich los impresionó menos el montón de aparatos de radio, detonadores y explosivos, que los hornos que encontraron en el ala ocupada por el Directorio Político Estatal (GPU), la policía secreta soviética. La investigación reveló que los hornos habían sido usados para la cremación de cadáveres”.

El reporte del almirante Wilhelm Canaris, uno de los jefes de departamento nazis que habían inspeccionado personalmente la embajada rusa, declara: “El ala del edificio, completamente aislada, donde operan las oficinas del GPU y las cámaras de ejecución, solo puede ser descrita como un taller de criminales y matones de la más alta sofisticación técnica: paredes a prueba de sonido, pesadas puertas eléctricas hechas de acero, arpilleras de espionaje y hendijas para rifles desde las que podía dispararse de una habitación a otra, un horno eléctrico, un baño donde los cuerpos eran descuartizados, además de implementos para entrar por la fuerza en viviendas, cápsulas de veneno, etc. Existe la posibilidad de que muchos inocentes rusos blancos y opositores antisoviéticos en Francia, se esfumaran de esta manera, vueltos humo, literalmente…”.

La sensación de haber vuelto a escapar de un sofisticado taller de criminales y matones, que consigue ocultarse a la vista de todo el mundo, no me abandonaría hasta muchos meses más tarde.

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  1. Benigno Dou

    Cojones brother, Henry James de Villegas, no dejas de apretar la tuerca! Si tus lectores tienen razón, y tus crónicas son “radiografias” de la realidad cubana, eres el más ensañado de los radiólogos literarios que jamás haya existido! Pero tus lectores se equivocan o más bien se quedan cortos: tus crónicas no son una imagen inmóvil sobre una placa fotográfica obtenida por la acción de los rayos X. Son una fucking cinta imparable de 24 fotogramas radiológicos por segundo en 3D obtenidos con los más incisivos rayos X y la más potente de las soluciones de contraste jamás concocted. Y tu perfidia intelectual no se cansa de apretar el émbolo de tu embrujada jeringa e inyectar más yodo y sal de gadolinio en las venas de tu decrépito paciente para que tu pelicula radiológica sea más desgarradora y el retrovirus de la reinvolucion castrista no tenga el menor chance de seguirse ocultando en los pliegues de su defondado culo ideológico y propagandístico. Bien hecho, Dr. Rontgen!

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