Cuarto viaje a Cuba: Castración en el Teatro Lírico Cenesex. El diablo en el hotel Meliá.

andre

1.

Por esta vez, me prometí no salir de casa. La Habana es una capital donde no hay nada que hacer, ni mucho que ver, y si no vienes en plan playero, en busca de sexo y música, te aburrirás soberanamente. No hay museos importantes, ni parques, ni librerías, ni restaurantes, y la única obra de teatro a que asistí era un bodrio.

La pieza que me interesaba, Dos viejos pánicos de Virgilio Piñera, con Roberto Gacio y otro actor que no conozco, me la perdí. Con Gacio tropecé en la calle, y le comenté que lo había visto en La muerte de un burócrata (1966), de estreno en el Orpheum de Los Ángeles, en versión restaurada. El cine estaba lleno y la gente lo aplaudió.

Dijo: “¡Hombre, no estuve nada mal en esa película!”.  Me pregunté entonces en voz alta cómo fue posible que Tomás Gutiérrez Alea, que había entendido tan bien –y tan pronto– la naturaleza fallida del castrismo, pudiera haber sido un fidelista convencido. A esta observación Gacio no reaccionó.

Alguien me había dicho que el actor principal de Dudo, de Marie Fourquet, de estreno en el Trianon, llevaba medias de mujer, pero se trataba de ligas para calcetines de caballero, un tipo de accesorio desconocido en Cuba. Los directores crean un mundo exótico que existe realmente a solo noventa millas, más próximo que Varadero o Guanahacabibes. Mejor que una visita a Montmartre, una tarde de compras en el Sawgrass Mills, en La Florida, pondría al día al espectador cubano. Las cosas que desconoce, el teatro se las vende como si fueran inalcanzables.

Últimamente, existen en Cuba espectáculos paralelos que compiten por la atención del público. Ejemplo: la conga del orgullo gay de la directora teatral Mariela Castro, un atraco a mano armada perpetrado contra la  teatrología criolla. La sala de doña Mariela se llama Cenesex, sita en la prominente intersección de 10 y 21, y consta de un palacio republicano y una novísima caja negra: hablo de la recién estrenada clínica de cambio de sexo donde se pondrán en práctica los más recientes avances en legislación erótica.

La función de Mariela dentro del espectáculo castrista cumple con todas las convenciones del teatro político. Su mismo papel de Sobrinísima, o Primerísima, produce en el pueblo un estado permanente de distanciamiento. En el quirófano del Cenesex se representa a perpetuidad la clase de anatomía de la doctora Castro. Que ese teatro cuente con mejores instalaciones que los espacios tradicionales, y con un presupuesto prácticamente ilimitado, es un dato de la mayor importancia.

Dejo para un próximo ensayo el análisis de Mariela como seguidora de Severo Sarduy. El Cenesex es el Teatro Lírico de Muñecas, y la rica heredera, una especie de doctora Ktzob (célebre castrador en la novela Cobra, 1972). Tanto el transformista sarduyesco, víctima del “determinismo ortopédico”, como su “doble miniaturizado”, la Enana Pup, son, hoy por hoy, a los efectos de la prolepsis, típicos personajes castristas.

Lo que digo del Cenesex podría extenderlo a la nueva asamblea constituyente y a la totalidad del proceso legislativo cubano. El nuevo show del teatro parlamentario remite a latitudes exóticas donde existen, efectivamente, la separación de poderes, el sufragio universal y la democracia representativa. La función dramática de la asamblea es comparable a la del Ballet Nacional, que ha mantenido durante seis décadas la fantasía de alta cultura en una sociedad moralmente depauperada.

Si el Trianón presenta una obra francesa en la que un joven ejecutivo vestido de traje y corbata (y calcetines con sostén) ventila sus perversiones sexuales, prisionero de su lujoso apartamento y presa de la duda existencial poscapitalista, (el ingreso promedio de la concurrencia es de $20 mensuales), en el Cenesex se escenifica una opereta de vaginoplastias peneanas y afocantes pajarerías.

A fin de cuentas, ningún teatro podrá ofrecer una sátira más cruel del Sistema que la misma comedia del proceso constituyente. Ningún simulacro revelará el abismo entre la realidad y la mentira como el debate público de un texto que trata de constitucionalidad y derechos ciudadanos. El Estado se destapa como el mayor empresario teatral y el primer productor de simulacro. Mientras tanto, el público se columpia de fantasía en fantasía, y todo contribuye igualmente a su embrutecimiento.

La castración programática viene a ser, entonces, la expresión simbólica de la emasculación nacional (Fuenteovejuna, acto 3: “…hilanderas, maricones / amujerados, cobardes” ). Cobra se somete al cambio de sexo, pero será la Enana Blanca quien sufra vicariamente los terribles dolores. En Sarduy, la castración deviene característica nacional permanente: Cuba (Cobra) es un pueblo de eunucos, simuladores y travestis. La impostura de la asamblea constituyente es sarduyesca derriére la lettre, por el culo de la letra.

perra

2.

Entro al hotel Meliá-Cohiba de Paseo y Malecón en busca de un lugar donde tomarme una cerveza y revisar mi correo. Subo al segundo piso, donde una banda japonesa toca salsa en un bar emperifollado con la más vulgar cubanería. Paso a un segundo salón, aún más espantoso. Me resigno. Bebo una Heineken y miro mis emails.

El lobby del Meliá cae por debajo de un motel barato de Sunset Boulevard. El Moctezuma de Miami, por la época en que lo frecuentaba en los 90, es el único equivalente que le encuentro a este lugarejo. Por todas partes hay personas zafias bebiendo y hablando alto. En los pasillos del segundo piso han encasquetado una galería de arte.

En la casa de una pariente conocí a una perra que amamantaba a un gato. La perra era vieja cuando el gato llegó a la casa, entonces comenzó a dar leche. Los dueños de los animales me hicieron el cuento como si se tratara de la cosa más natural del mundo. A mí me pareció una señal del fin de los tiempos, o por lo menos, del fin de este país.

El arte cubano es como una perra que amamanta a un gato. La arpía del castrismo se le prendió de las tetas y lo obliga a producir leche negra. Pienso que el arte cubano terminó en La jungla de Wifredo Lam, en La noche de los asesinos. Lo demás es sobreproducción, las ubres magras de una nación que pare artistas por agotamiento.

Cuba es un país de artistas, es decir, de seres degradados, incapaces de poner en orden la buhardilla, un pueblo de arribistas y paranoicos. Pero el arte no debe darse, no puede entregarse irrestrictamente a todos los seres. Hay un exceso que es maldición, una superproducción que es leche de brujas.

El castrismo se vende como arte, que es su único atractivo, y si queremos entender la fascinación que ejerce en el público, debemos comenzar por desenmascarar la mentira de sus malas artes. De su ballet, de su pintura, de su teatro, de su literatura. Es en tanto arte, y únicamente en tanto arte, que acepto, que puedo tragarme el cristianismo, disfrutarlo con fruición malvada, aunque me sea tan repugnante como el castrismo.

Quizás el castrismo, como evento artístico, es el único hecho imperecedero del siglo XX. La Revolución tiene algo de Beckett y de Morris Lapidus, de Cadillac y de Molotov, de Kremlin y de Florida Room, es la síntesis absoluta, la Mona Lisa de las ecuaciones políticas.

Tengo que procesar toda la mierda que me pasa por la cabeza en el bar del Meliá-Cohiba mientras observo mi entorno, bebiendo la Heineken como si chupara una teta de perra, tomando notas arrebatadas en mi teléfono. Es lluvia de mierda lo que comienza a caer en mi mente en el mismo momento en que pongo un pie en esta tierra. No queda nada aquí, nada mío. Hay un vacío que se cuela por los intersticios, el vacío me penetra y es más real que el aire que respiro. Si no salgo pronto de esta isla podría volveme loco, volverme vacío. La gente fuma en un recinto cerrado y el humo del tabaco se me prende de la ropa. Apesto a Cuba. Así debe ser el infierno, un vacío absoluto, un engaño total, la comprensión de que nos quedó algo por decir, algo por hacer, y que ya no hay remedio.

Me pregunto si Pablo habrá conocido a dios. Me aterroriza pensar que alguien que se “quita la vida” muera sin conocer a dios, empujado por el diablo. ¿Empujó el diablo a Ana Mendieta? Parado delante de las treinta y seis losas del Magnesium Copper Plain de Carl Andre en el Museo de Arte Moderno de San Francisco sentí un escalofrío bajarme por la espalda, fuego y azufre. ¡La gente lo llama “minimalismo”!

Dios es el salvador, no el del cristianismo, sino el único, el verdadero, el que nos da vida y nos saca de Egipto, del Mar Rojo. El Dador. Cuando llegue a casa tendré que retomar la interpretación hermética de Lezama, los Sonetos a la Virgen. Mis sesenta y dos años años entran como un anillo en el cuerpo de esta revolución. Del Granma al suicidio de Pablo, siento el peso del tiempo, el nudo que se cierra. Aquí estoy, en este lugar condenado. Tendré que rezar y rezar para contrarrestar la inocencia y elevar el alma del niño, la precocidad de su caída. Las cosas que se quedaron sin decir: una sola irremediable. Porque condenado está este lugar sin dudas. De aquí me sacó el Señor, aleluya, aleluya.   

 

 

 

  1. Roberto Govin

    Oh… Nestor amigo, te acompaño en tus sentimientos…, dios mio… como debe estar tu sobrino man…, ah… exelente reportaje, profundo, diáfano y reluciente de verdad, ole… y abrazos…!!

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