Cuarto viaje a La Habana: Lo kafkiano y lo castriano. El alud. Camposanto GAESA. La patria como un infante difunto.

Cementerio de Colón, La Habana

1.

“Iba detrás de una familia de campesinos –padre, madre e hijo– que marchaba a paso rápido hacia la parada de 10 y 23. El muchacho llevaba un perro atado a una soga. Era un animal pequeño, quizás un terrier ratonero, que hacía grandes esfuerzos por mantener el paso de los guajiros, emitiendo terribles aullidos de dolor y cansancio. De vez en cuando vomitaba un líquido verde, pero sin dejar de galopar detrás del que lo halaba, y sin que este lo notara.

“Me adelanté al grupo y le pedí al muchacho que, por el amor de dios, se detuviera. Le dije que el perro que llevaba al retortero estaba enfermo. Me ofrecí a buscar agua. La temperatura en La Habana el primero de agosto era de trenticinco grados. El asfalto hervía, y el doble nudo ceñía cruelmente el cuello del perro. Los guajiros escucharon mis ruegos sin mucho entusiasmo y sin dar señales de empatía. Aproveché el momento de duda para entrar corriendo a la pastelería Sylvain y pedir un vasito o cualquier otro recipiente. Les dije a las empleadas que había un perro allá afuera que se estaba muriendo.

“Por supuesto que no había pozuelos ni vasos de papel en Sylvain. Me dieron una cajita de cartón, que doblé varias veces para convertirla en algún tipo de recipiente. En la pastelería tampoco vendían agua. Tendría que a cruzar de nuevo la intersección, regresar a la tienda Caracol de 12, y comprar una botella de dos CUCs, si es que para entonces los guajiros no se habían hartado de mi impertinencia.

“Boté la caja y le rogué a la familia que, por favor, me siguiera hasta mi casa, situada a solo unas cuadras de allí. Después de muchas súplicas, accedieron a acompañarme. Traté de explicarles que el perro tenía el estómago vacío y que estaba vomitando bilis. ¡Les dije que era veterinario! Los quejidos del perro continuaban, la barriguita se le contraía en violentos espasmos. A cada paso la vieja preguntaba cuánto quedaba para llegar, pues la guagua se les había ido y ahora tendrían que coger un camión hacia Pinar del Río. Me contaron que eran de un pueblo chiquito, y que la gente de la casa donde estaban parando en La Habana le había endilgado el maldito perro.  

“Subimos las escaleras de mi apartamento. Mientras ellos esperaban en la sala, fui a la cocina, llené un pozuelo de agua y se lo traje al perrito, que comenzó a beber desesperadamente, sin dejar de aullar. El muchacho insistió en que el animal no tenía sed, y que no era necesario molestarme, que ya le daría algo de comer y beber cuando llegaran a Pinar del Río.

“Los despedí en la puerta y les rogué que cargaran al perrito y no lo hicieran caminar al sol. Cuando ya se perdían de vista, les grité desde el balcón que se esperaran. Volví a la cocina, cogí cuatro CUC de mi cartera y se los entregué. De ninguna manera querían aceptarlos. Les pedí disculpas por haberlos importunado, y los obligué a tomar el dinero. El padre dijo que con esos cuatro pesos completarían el alquiler de un carro. Entonces el muchacho me preguntó si no quería quedarme con el perro. No podía, le dije, yo estaba de visita en La Habana. Desde el balcón los vi bajar por Crecherie, con el animal a rastro, temblando y aullando”.

Solo ahora me doy cuenta de que he apuntado este evento real como quien apunta un sueño, como las pesadillas que anoto en la libreta que tengo en la mesa de noche. Todavía no he podido sacudirme la imagen perturbadora del perrito moribundo. Escucho sus desgarradores aullidos, que tenían algo en común con los berridos del potrico de Eraserhead, la película de David Lynch.

Esa noche, la víspera de mi partida, pensé que se equivocan quienes afirman que la realidad cubana es kafkiana. En Kafka hay hogares intactos, oficinas impecables, ministerios que obedecen reglas precisas, funcionarios puntillosos, todo lo cual, visto desde la perspectiva cubana, parece una vida común, una existencia normal.

El castrismo cae por debajo de lo kafkiano: nuestra realidad es “castriana”, estado ulterior de lo kafkiano y nueva categoría del horror. Había pasado una semana en Cuba y la escena del perrito resultó ser su definición mejor. La realidad me la entregaba, metáfora de mi cuarto viaje, cuando ya tenía el pie en el estribo, a solo unas horas de partir.

2.

El Cementerio de Colón, que hace dos años, durante mi primera visita, se encontraba en un estado de total depauperación, es hoy el único lugar habitable de La Habana. Un enérgico programa de remozamiento ha conseguido reconstruir mausoleos, limpiar lápidas, restaurar estatuas.

Cuadrillas de operarios trabajaban febrilmente en el acicalamiento del camposanto. Las aceras recién reconstruidas, los árboles regados y podados, y las calles impecablemente asfaltadas y señalizadas, contrastan con el execrable mundo exterior.

Ya los ómnibus de turistas arriban puntualmente a la engalanada necrópolis. Extensas parcelas de criptas e hipogeos están siendo fregadas, chapeadas, trucadas y rejuvenecidas. Se reclama incluso la bóveda de los Prío Socarrás. La última morada de los Loredo-Bernal (Víctor de Llona, Constructor) es una de las más exquisitas residencias de La Habana actual.

Mausoleo de los Loredo Bernal, Cementerio de Colón, La Habana

Mausoleo Loredo Bernal

3.

Atravieso el cementerio para llegar a la casa de Tía L. Bajo por la avenida X, que el aceite de carros y los largos años de negligencia socialista casi han borrado del mapa. Enfilo hacia la batistiana explanada del Comité Central. A lo lejos, asoman las efigies de Camilo y el Che en los frontones de los altos ministerios. Pienso que el primer decreto oficial de una Cuba libre tendría que ser la destrucción de esas efigies, la voladura a cañonazos de esos fantasmas. Mientras me aproximo a la Plaza, voy destruyendo mentalmente la Raspadura, la Biblioteca. De otra descarga hago volar el Martí de Juan José Sicre. Todo debe ser arrasado si se pretende recomenzar. No deberá quedar piedra sobre piedra.

Porque, si continúa el ritmo actual de petrificación, el peso de todas las generaciones muertas terminará aplastando como una pesadilla petroglífica el cerebro de los vivos. Piedra sobre piedra, van amontonándose los Dead Castros en Santa Ifigenia, en Colón, en el San Carlos y el Tomás Acea. El castrismo tardío se presenta como una avalancha lapidaria.

El cubano ha sido como el Buster Keaton de Seven Chances (1925), corriendo y brincando sobre el alud republicano, primero, y después sobre los fragmentos del carpenteriano derrumbe  en cámara lenta llamado Revolución. ¿Por qué no admitirlo? El cubano, carente de voluntad y heroísmo, ha sido el Anti-Sísifo.

4.

Pretender que lo muerto de señales de vida: he ahí la ilusión cubana. Vengo aquí a encontrarme con la muerte, a enfrentarme al espectro de un ser querido. Un infante difunto que simboliza, a pesar suyo y sin él saberlo, el final de la esperanza, el suicidio de todo el país. Lo siento, y me avergüenza echar mano de esta interpretación patriótica o política, pero sería una cobardía no hacerlo, no decirlo. Únicamente este dolor particular es equiparable al sufrimiento nacional.

Tal vez por eso la muerte de Pablo ha tenido algo de causa célebre y de acontecimiento público. Desde que abordé el avión en Miami había pasajeros que conocían el caso. En la cola para recoger mi maleta perdida en el aeropuerto de La Habana, unos extraños se me aproximaron para darme el pésame, al verme acompañado de mi sobrino. Irónicamente, toda La Habana conoce a Alexis por el nombre de su personaje fílmico: “Juan de los Muertos”, y debe haber, sin dudas, un arcano en ese detalle macabro, unas relaciones ocultas que no podemos calcular.

Como tampoco podremos calcular nunca el sentido de la muerte de Pablo. Nos evade, se escapa: es Ariel, el espíritu burlón. Lo conocí en el primer viaje, y conversamos en el segundo y el tercero. Indudablemente, estábamos emparentados, y él fue el primero en reconocerlo. Me dijo el primer día: “¡Me parezco a ti!”. Ahora he perdido a ese extraño pariente, un sobrino nieto que era mi semejante, no solo física, sino metafísicamente.

En la pared de mi cuarto en Cumanayagua había un daguerrotipo de mi abuelo Maximiliano Díaz de Villegas, un hombre de rostro duro que me atemorizaba. Le pedí a mi madre que quitara el retrato. No llegué a conocerlo, murió antes de yo nacer. Mi abuela me hacía cuentos de cómo era: vicioso, atrabiliario, jugador, despiadado. ¿Cuántas veces, mientras me afeito, no veo el retrato de Maximiliano en el espejo? Ahora encuentro a Pablo. La consanguinidad es un misterio, y la pérdida es siempre relativa, provisional.

Su melancolía, su morbidez, su descenso a las tinieblas, su ya eterna adolescencia, y algo que solo podría llamar su “maldición”, son también mías, las reconozco en mí, su salida melodramática ilumina mi existencia. Porque la muerte del hijo de Juan de los Muertos es, después de todo, un funeral cubano no declarado, un duelo extraoficial por la pubertad perdida, y demasiado brutalmente se insinúa a un país que quizás cumpliera quince años históricos en el momento de su defunción, cuya muerte ocurrió también por mano propia, en la flor de la vida, una juventud intrépida y exhuberante que fue demasiado lejos, demasiado pronto.

Pablo y Nelda, La Habana 2016

Pablo_Talmud_Babli

Pablo en la obra “El Talmud de Babilonia”, dirigida por su padre, Alexis Díaz de Villegas

 

 

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