‘Get Out!’ y ‘The Killing of a Sacred Deer’: El negro, el griego y el diablo en los Óscar 2018

inside_looking_out

Jordan Peele y Nicole Parker, como la pareja interracial Dontell y Pat-Beth La Montrose, en “Inside Looking Out”, MADtv

¿Cuál es el argumento de The Killing of a Sacred Deer, de Yorgos Lanthimos? ¿De qué trata Get Out!, de Jordan Peele? Es difícil decirlo, son películas que juegan con kryptonita y llegan a crear una especie de campo de indeterminación radioactiva, algo que ni el noir, ni el indie, ni el sci-fi consiguieron.

El público que asiste al multiplex exige el conocimiento previo de lo que debe y no debe esperar –incluso, de lo que debe pensar: de entre todas las artes, únicamente el cine hollywoodense obedece una regla tan estricta. Lanthimos y Peele niegan al público esa postura positiva y hacen obras que no conducen a ninguna parte ni arrojan respuestas consabidas.

De hecho, Lanthimos y Peele no dan tregua al racionalismo, lo persiguen como a una cucaracha, quieren confundir a aquellos de la últimas lunetas que se sienten aludidos, escamoteándoles el placer de la identificación. Get Out!, le corta el paso a cualquier excusa absolutoria, a toda acción positivamente redentora. Desde la perspectiva de la cienciología hollywoodense, Get Out! y The Killing vendrían a ser películas ateas.

En The Killing of a Sacred Deer, el director griego traslada lo trágico desde su Olimpo personal a ecologías más abarcadoras, que pueden ser una Europa genérica, como en The Lobster (2015), o la América gótica del nuevo verfremdungseffekt. La muerte del ciervo sagrado es la estaca que Yorgos clava en el ojo de Hollywood.

En su helénica historia clínica, América aparece como la portadora de un virus. A propósito de esa plaga, tan indetectable como lo fue el sida en la época previa a los descubrimientos de Montagnier y Gallo, es evidente que nuestra edad está urgida de una nueva etiología. ¿Se trata de una histeria colectiva similar a la producen los ataques sónicos de La Habana? Lanthimos se pregunta cómo puede una dolencia fantasma afectar a todo el planeta. En los noventa veíamos desaparecer a nuestros amigos, para luego enterarnos de que padecían de sida. En la actualidad, vemos caer millones fulminados por la secreta virulencia.

El mal, en The Killing, está situado en un complejo de culpa bipartita que afecta igualmente a víctimas y victimarios: entramos a la tragedia griega multipurpose, donde lo malo recae, como carapacho de tortuga, sobre las cabezas de los ciudadanos desprevenidos. Es el regreso a la semilla de Rosemary.

Así, un doctor, su esposa y sus dos críos están condenados, aunque sin saber exactamente a qué. Un error de cálculo es responsable de la situación: el cambio de válvula de un corazón (como el cambio de llanta de un automóvil) produce muerte, pero el procedimiento mismo es meritorio, y tan mecánico e irrelevante que la familia afectada por la desaparición del padre no puede reclamarle nada al mundo.

Martin (Barry Keoghan), el huérfano adolescente, rechaza la causa natural de la muerte de su progenitor, le resulta repugnante que la Parca pueda presentarse como Naturaleza, y a fin de revertir el mecanismo mortal, busca introducirse en la apacible existencia del cardiólogo Steven Murphy (Colin Farrell).

El pecado, en The Killing, ocurre en multiniveles. También los espectadores cometemos incesto por el mero hecho de presenciar una operación de corazón abierto que destapa, literalmente, el ánima. Al penetrar en el pecho, bisturí en mano, y transgredir las fronteras de lo íntimo, al cercenar la aorta del pater familias, así fuese con fines terapéuticos (esta película se ocupa de las intenciones, de las buenas en particular), el Dr. Murphy se convierte en minotauro –llamado “ciervo” para ahorrarnos explicaciones–.

La tauromaquia sucede en el interior del sistema circulatorio. Las venas y arterias son los hilos de Ariadna donde cae enredada la Ciencia, y donde hará su aparición la nigromancia. Ambas estaban emparentadas desde la cuna, pero el materialismo cortó los lazos que las unían y se deshizo de una de ellas, arrojándola al latón del quirófano. Ahora el feto de esa scienza del Bien y del Mal vuelve por sus fueros, es el conocimiento sobrenatural que toma posesión del hijo –y de nosotros.

Para Lanthimos, el método será más puntilloso cuanto más terca sea la locura, y la idea de empatar al cirujano y la viuda obedece a una lógica inexpugnable. El joven Martin hace las veces de alcahueta, atando los cabos que Minerva soltó en el salón de operaciones. A partir de ahora, la parra reemplazará la camilla. La transferencia va de hijo a hijo: el pequeño Bob (Sunny Suljic) es el primero de los Murphy en caer fulminado por el maleficio.

En cada película de Yorgos Lanthimos el lenguaje juega un papel protagónico, ya sea el griego enlatado de Alpes (2011), o el cretense catatónico de Dogtooth (Kynodontas, 2009). El lenguaje es mecánico y caliente (en el sentido que dio McLuhan a ese término), es decir, desnudado de toda conexión exógena o intención funcional y dejado a su suerte en situaciones ambiguas y predeterminadas.

Es el lenguaje del futuro, el idioma del superhombre, la lengua en clave que hablaremos en la civilización que se avecina, y que tal vez ya esté aquí. El lenguaje vacío, hiperbólico, inanimado, producto de largos años de encierro en los complejos amurallados de nuestras urbanizaciones.

En cuanto al eros de Yorgos Lanthimos, es siempre abstracto y abstraído. En Dogtooth, el Hijo fornica mensualmente con Christina, una empleada de la planta industrial donde labora el Padre. Ni el muchacho ni sus dos hermanas, que frisan la treintena, han salido nunca del complejo edípico-residencial. El Padre contrata a la subordinada para que el Hijo se desahogue. Pronto el estro suelto morderá a la Hija (Aggeliki Papoulia, musa del Lanthimos más cruel).

En The Killing, Nicole Kidman, luego de incontables cirugías plásticas, es una muñeca de acrilonitrilo que Dr. Murphy goza, tirado diagonalmente en la cama. Yorgos extrae el jugo de coitos antiguos, y pinta telones modernos con ellos. Ese líquido es de color gris, como la tinta de calamar en algunos frescos etruscos.

En Get Out! la muerte accidental de la Madre es el pórtico por donde Missy, la bruja puritana, entra en los sueños edípicos del niño negro. El té de las cinco (también llamado “opio de los pueblos”, “medicina social” y “corrección política”) es la pócima que obnubila la conciencia de Chris (el actor británico Daniel Kaluuya). Que un malestar lleve etiquetas tan anodinas no hace más que confirmar la semiología de Lanthimos.

En otra épocas, existía la escoba amarga contra el comunismo, el mastuerzo contra el nacionalsocialismo, pero, ¿qué veneno administrar a una enfermedad “correcta”? Los blancos que reciben en su finca a Chris Washington hubieran “votado por Obama para un tercer término”. El dato se cuela en el diálogo, pero es una bomba retórica arrojada en la mochila de los espectadores. Ese “tercer término” del nudo argumental significaría un “tercer reich” o “tercer estado”, un imposible período terciario, y solamente a un zombi le pasará inadvertido el sacrilegio de llamarse demócrata y soñar con la violación de la democracia.

Un negro olímpico en la Casa Blanca (o en casa de blancos) satisface cada una de las fantasías culturales modernas, afirma Peele, y su película es la enumeración y el análisis de esas patologías, de esas desviaciones. El tercer término es –hubiera sido– una hazaña erótica, un priapismo electoral de facto. Peele introduce lo erógeno en las zonas erróneas del discurso zombificado.

Entre tanto, en la plantación de los Armitage ya existen negros zombis que se dedican a cumplir cuotas en las plantillas de los filántropos de izquierda. Si para Harry Belafonte, el general Colin Powell fue un “White House nigger”, entonces Obama en la Casa Blanca será un Chris Washington.

Los indifuntos regresan a Hollywood esta temporada, están por todas partes después de haber sido conmutadas sus penas. La sociedad de los muertos-vivos es el género de moda, tal vez  por describir mejor el estado mental de la Generación Coma, una prole de flatliners graduada de bachillerato pero ideológicamente vegetativa. Nadie que haya nacido después del derrumbe de la Unión Soviética puede tener conciencia de clase, o incluso, conciencia en sentido clásico, pues su cerebro estará lavado desde la cuna. Jordan Peele vira los cañones contra aquellos que inventaron al “negro bueno”, desmonta el complicado andamiaje del racismo “correcto” y, en un inesperado gambito intelectual, pone a los blancos liberales a la defensiva.

Por eso a la película le tomó tiempo encontrar su lugar en la conciencia falsa de la Academia. La recepción inicial fue más bien tibia: el disfrute de una obra política de género zombi que desenmascara a los que hubieran votado por Obama una tercera vez, cae más allá de capacidad del espectador de Boo! A Medea Halloween.

Algo similar pasó con Moonlight. La película de Barry Jenkins era tan imprevista y causó tal despelote, que en la ceremonia de los Óscar 2017 los notarios blancos entregaron la estatuilla dorada a Lalaland por equivocación. ¡Un acto fallido digno de Richard Pryor!

La película de Jenkins decía lo mismo que Get Out!: en una sociedad incurablemente racista, el problema negro se discute “en negro”, y ese idioma –al menos cinematográficamente– está aún por inventarse. Si en Moonlight se echaba en falta la manoseada “culpa del blanco” era porque su intromisión en los asuntos internos de Liberty City equivalía a una afrenta. Tampoco Get Out! se cohíbe de tratar la culpa del padre ausente o de la madre soltera (y crackera, en Moonlight), sendos temas prohibidos –por “inconvenientes”– que le habían ganado a Bill Cosby la pira de la Inquisición afroamericana.

Está también el hecho de que Jordan Peele venga de la escuela de MADtv (1995-2001), el único espacio de la televisión moderna que se atrevió a burlarse de la Izquierda. Peele emerge triunfante de una serie de intentos fallidos por resucitar su carrera post-MAD, el programa de culto al que se le negó el merecido reconocimiento como castigo por su “confusión” política.

No en balde el bilongo de la bruja Missy Armitage tiene su asiento en un aparato de televisión, que en los momentos de locura se convierte en el poltergeist de MADtv. ¿Y quién iba a adivinar que el negrón en blackface del vitriólico Inside Looking Out, donde Peele y Nicole Parker encarnaban a la pareja interracial de Dontell y Pat-Beth La Montrose, sería reimaginado para la pantalla grande en la más despiadada crítica del nuevo diversionismo ideológico?

El 2017 fue el año en que las brujas salieron a cazar. ¡Si solo Marx & Engels hubieran sabido que el feminismo usurparía el papel del proletariado como sepulturero del Antiguo Régimen!  Algo que, por cierto, tampoco vislumbraron los profetas de la Escuela de Frankfurt ni los machazos del postestructuralismo, ni el Marcuse de Eros y civilización, ni el Lyotard de Economía libidinal. ¡Pero Jenny von Westphalen, primera víctima del marxismo, lo sabía!

En el 2017 se levantaron horcas en las plazas de Burbank. Como ya vimos, la mujer supera al hombre también en crueldad, y sin que le temblara el pulso, llevó a la picota pública –en una quincena negra, y con celeridad justiciera digna de Barba Roja– a un centenar de violadores, entre los que se encontraban el cerdo de Harvey Weinstein, el cabrón de James Franco, el mago David Copperfield, el hiperrealista Chuck Close y el canalla de Gene Simmons (solo por tener la lengua larga). Quedó pendiente hasta nuevo aviso la revisión de los casos de George W. Bush, Ben Affleck y Abraham Lincoln.

Fue una cacería multipartita, y hay que reconocerles a las mujeres un encomiable espíritu igualitario, significativamente superior al de los hombres: entre los encartados había rojos, como Chris Matthews y Tavis Smiley, y ultra reaccionarios, como Corey Lewandowsky. ¡No quedó mujeriego con cabeza! Escaparon Woody Allen, George Clooney y Bill Clinton, pero se le dio caza al abominable pedófilo Kevin Spacey, delegado provincial de Hollywood en la Casa de Naipes clintonita, tan parecida al sanatorio de The Lobster.

El 2017 fue un año sobrenatural, uno de esos añitos pletóricos de incendios, tornados, tiroteos y terremotos. El que no haya visto el animé Belladonna of Sadness (1973) de Eiichi Yamamoto, que corra a verlo antes que empiecen los Óscar (¡ay de los sicodélicos años 70, cuando todavía el mundo era color de clítoris!). Adelanto que Yamamoto desvela los secretos de las benditas brujas, que destapa aquelarres y transvecciones, y que tiñe de colores iridiscentes el trauma infantil que permite a nuestras modernas Liliths sentir pasión por una Ruth Bader Ginsburg.

En el 2017, mientras las Magdalenas de la tristeza tomaban las calles y las plazas liberadas de californicators, en la Escuela de Leyes de la Universidad de Pennsylvania, la profesora Amy Wax era acosada por una jauría de treinta y tres consoladores liberales, que en nombre de la sospecha escolástica, y de una pureza de principios que hubiera avergonzado al mismísimo Joseph McCarthy, firmaron una carta pidiendo la expulsión de la Belladona. ¡Hasta la decana de la facultad se unió al linchamiento! (¿Cuántos profesores cubanos de Ivy League hubieran firmado? Porque, si algo nos enseñan las lecciones de la Historia, es… ¡a descreer de las lecciones de la Historia!). Tales actos de repudio son cada vez más frecuentes en América, y no parecen escandalizar a nadie.

Por eso, tampoco debería extrañarnos que en el año chino de la Gallina Prieta, Kevin Spacey fuera sumariamente borrado de la película All the Money in the World, y no por Jesse Helm ni Steve Bannon, sino por Sir Ridley Scott y Sony Pictures (¡Thelma y Louise habían muerto en vano!), ni asombrarnos de que en ese año aciago, Sir Winston Churchill regresara victorioso a la historieta de Netflix, luego de haber sido declarado efigie non grata por la administración Obama.

El 2017 fue el año en que las vacas parieron serpientes y los niños lloraron sangre. Fue la vuelta a la América de Otra vuelta de tuerca: la fantasmagórica, la decimonónica, la pesimista y antiamericana. Y dos películas que no ganarán nada lograron retratarla en toda su intachable bajeza.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  1. Castlenest

    te escribo pronto sobre Sabbat , pienso encapucharlo en un manto eduardiano, el que se ponía Lady Ottoline cuando Bertrand Russell le hacía cosquillas al sur de la rabadilla

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.

A %d blogueros les gusta esto: