David Landau: De países “sh**holes” y otros baches retóricos

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El senador Dick Durbin, demócrata por Illinois, le hizo una charranada a Estados Unidos cuando, nada más de poner un pie fuera de una reunión en la Casa Blanca, le soltaba a los periodistas las ya famosas palabras con que el presidente describió cierto tipo de naciones.

Enseguida la cuestión fue mucho más allá de lo que supuestamente había dicho el presidente. El chisme de Durbin reactivó una de las más vulgares tendencias permitidas en nuestra sociedad: la práctica de calificar a alguien de “racista”.

El mal concebido epíteto se ha ganado una plataforma global, desde que fuentes confiables le han dicho al público de todo el mundo que el racismo está ahora instalado en la Casa Blanca.

De hecho, la idea de Trump-el-racista se ha vuelto tan inevitable que cualquiera que no esté de acuerdo podría verse con el epíteto encasquetado en su propia cabeza.

¿Qué fue lo que dijo realmente el presidente, de manera indudablemente vulgar? En esencia, que no le corresponde al sistema de inmigración de Estados Unidos ir al rescate de los países más desafortunados y de sus gentes.

Ese punto de vista sobre la inmigración cuenta con décadas de aceptación y estatuto. Pero, en el clima polarizado de nuestro país, ha sido muy fácil transformar el lenguaje picante del presidente en un arma, no en contra de él, sino en contra de la nación misma.

Sin embargo, durante la campaña electoral del 2016, Trump dijo que porciones de los Estados Unidos eran un país del Tercer Mundo. Se refería al deterioro masivo de la infraestructura –puentes, caminos, incluso aeropuertos, más allá de cualquier reparación.

En efecto, el candidato Trump ha calificado a los Estados Unidos como “el país de los baches”, es decir un país “hueco-de-lodo”. ¿Estaba haciendo un comentario racista entonces, dirigido a los Estados Unidos o a algún segmento de su ciudadanía?

Antes de sonreír, échele una ojeada a este editorial aparecido en el Milwaukee Journal Sentinel, en 2008, bajo el título “La disparidad racial de los baches es un tema importante”.

¿Qué quiso decir el candidato Trump cuando habló de la condición de país de Tercer Mundo de los Estados Unidos? ¿Quiso decir que debíamos reparar las carreteras, los puentes y los aeropuertos solo para los blancos? ¿O que debíamos remozar nuestra infraestructura en beneficio de todos?

Su respuesta dependerá de la tendencia retórica que suscriba en cuestiones políticas. Lo cual es una verdadera lástima, porque, en política, la retórica es una guía bastante mala. Y porque la historia de la república contiene un elemento clave que los traficantes de retórica política se resisten a admitir.

El presupuesto central de la corrección política es que la verdad acerca de una persona radica en lo que dice, no en lo que hace. Como consecuencia de ello, tanto los trabajadores de los medios como los activistas disipan enormes recursos hurgando y microanalizando lo que dice la gente, mientras que las acciones quedan traspapeladas o ignoradas.

Es una peligrosa ironía, porque la estridente retórica de raza y etnicidad ha sido una corriente muy fuerte de la historia de los Estados Unidos. Al mismo tiempo, nuestra narrativa nacional es la saga de cómo diferentes razas y pueblos fueron capaces de encontrar un terreno común y superar sus diferencias. ¿Cómo pueden ser ciertas ambas cosas?

La respuesta es una paradoja: la acerba retórica, los insultos, las puyas son, en realidad, los medios para superar las diferencias. Si se fija en la historia, lo comprobará. Si mira únicamente a la retórica, como quieren los salvaguardas de las corrección política, entonces llegará a la conclusión de que nuestra sociedad y sus líderes padecen del más incurable racismo –empezando por Abraham Lincoln, el mismísimo gran emancipador.

La debilidad de los “correctores políticos” es que están repletos de retórica y política, mientras padecen de malnutrición en historia y entendimiento humano. Compensan esa debilidad con hiperactividad y ferocidad verbal. Estas cualidades los han llevado asombrosamente lejos. Al mismo tiempo, prefieren aplastar a sus oponentes que cederles un ápice de terreno, y en su obsesión por destruir al enemigo se han dado cuenta de que el epíteto “racista” consigue maravillas.

Para la gente más interesada en la verdad que en anotarse puntos, es demasiado temprano para afirmar que Donald Trump es el líder de un régimen racista. Para aquellos que buscan una victoria retórica fácil, sería aconsejable proceder con precaución. Si la historia da otra vuelta, el epíteto “racista” podría ser un bumerán que les rompa la crisma mientras salen corriendo.

 

David Landau escribe de política e historia desde la República Popular de San Francisco.

Publicado originalmente en The Daily Caller. Todos los derechos reservados.

 

  1. atmariposa

    Hola David, gusto leerte y saber de ti despues de tanto tiempo. Soy Alina Tomas ( bibliotecas independientes), recuerdas?
    No me gusta Trump, sin embargo, concuerdo con tu articulo 100%.

    Saludos afectuosos,

    Alina

  2. Connie

    Excellent article David which I read in Spanish..Not a Trump fan, but I find that balanced analysis is missing from our political scene. Another interesting subject is the “me too” movement and Ms Denueve’s letter, I was just watching Pride Nd Prejudice and by their standards Mr Darcy is guilty of harrassement for asking Lizzie AGAIN to reconsider… maybe you will share your thoughts on that subject one day….
    Saludos, Connie Dopazo

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