Pegar la gorra: donación argentina llega en Thanksgiving

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El convidado de piedra. El que llegó en el 53 y se quedó para el almuerzo martiano. “Pegó la gorra”, se diría en cubano. Las dimensiones y el peso del objeto que los argentinos han obsequiado a sus disfuncionales hermanos caribeños representan la duración del perro muerto.

En este caso, muerto el perro no se acabó la rabia, sino que contagió, post mortem canem, al pueblo llano del país meridional. Antes, las Madres de la Plaza de Mayo tejían preciosas boinitas de estambre guevarista, pero la magnitud de Castro requirió una gorra insólita, salida del taller de instrumentos de Les Luthiers.

Érase una gorra superlativa, y érase una broma descomunal, parafraseando a Virgilio, ese otro cómico porteño. En la misma talla del bonete de ducha de Aleida Guevara.

Tampoco es que la gorra carezca de valor artístico. No tiene nada que envidiarles a los objetos hiperbólicos de un Claes Oldenburg, o a los knick-knacks en acero inoxidable de Jeff Koons. Es un pantagruélico objeto esculturado, y es de una ironía Neo-Pop.

La manera correcta de exhibirla no es sobre una mesita de mimbre (ver ilustración), parte de algún juego de terraza traído a la carrera desde Punto Cero. Sería mejor colgarla de algún clavo enorme. ¿Por qué no engancharla casualmente en el faro del Morro? ¡Chapeau! Los peregrinos podrán imaginar el resto, como en las películas del Hombre Invisible.

Será nuestro Coloso de Gorra (Rodas está en ruinas y Las Villas no existe). Porque este desproporcionado accesorio viene a ser el emblema definitivo del castrismo, su mensaje subliminal. En la muerte, Fidel es un artista del metro. Perfecto inútil y desempleado perpetuo, fracasado en cada actividad productiva, en el Hades se dedica a pasar la gorra. Una gorra de hojalata Made in Argentina. Limosnas extranjerizantes, calderilla foránea: Hey Mister, can you spare a dime!

Será “¡Mamita, echáme la guita en la gorrita!”, o será ¡Gorra o Muerte! cuando dejen de menudear turistas en el Vaticano del internacionalismo carcelario.

  1. Yo no le veo valor artístico alguno. Ahora bien, si estuviera hecha de acero y se la hubiéramos dejado caer en la cabeza al dueño en medio de un discurso, su valor utilitario irradiaría arte. Ese performance es el único que valdría la pena, es la única vía de traer la palabra arte al asunto.

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