“Cuba Is” en el Annenberg Space for Photography: el espíritu en tablitas

Jorge Valls Arango

Jorge Valls, por ©Geandy Pavón

La inauguración de la muestra fotográfica Cuba Is, en el Annenberg Space for Photography, de Century City, dio la medida de la constante popularidad de lo cubano entre los angelinos. Cientos de personas y numerosos personajes abarrotaban el elegante, aunque reducido cuadrángulo de la galería. La horda de cubanófilos se desbordó hacia la Avenida de las Estrellas.

Más que de un vernissage, se trató de un fetecún criollo, con Al Pacino y Ann Louise Bardach entre los asistentes. En los hermosos jardines, rodeados de rascacielos, un ejército de camareros repartía copas de martini con un mejunje llamado “Spicy Mojito”, hecho con alcohol y salsa mexicana. Le pregunté al mozo si servían cava. El picante, le expuse, iba en contra de los más elementales principios gastronómicos cubanos, sobre todo mezclado con ron. Puso los ojos en blanco y me alcanzó la misma copa, esta vez llena de vino.

Supongo que el título Cuba Is venga a ser el reverso del anticuado Cuba Sí, un eslogan que ni los más ardientes cubanistas se atreverían a repetir a estas alturas. Cuba Is se anunció, en una entrevista con la curadora Iliana Cepero-Amador (publicada en Cuban Art News, el portal de Internet de los coleccionistas Howard y Patricia Farber) como un “show incómodo” y “potencialmente controversial”.

Apuré el vino, asomado a un escenario donde sonaba la timba, y me adentré en los salones, divididos por épocas. Encontré enseguida el típico retrato de frikis habaneros, Helen and friends wait for the $1.00 cheese pizzas in Playa neighborhood (2015), de Michael Christopher Brown, un tema atractivo para el consumidor de imágenes americano, pero cuyo valor intrínseco, como el de un buen número de piezas de la muestra, es debatible. A continuación, los jet setters de Michael Dweck, serie fotográfica de 2009, muy comercializada en su día, que continúa siendo valiosa como documento.

Dweck usa la misma técnica de casi sesenta años atrás, cuando los reporteros americanos establecieron el canon visual revolucionario, aunque enfocada ahora en lo que el Annenberg llama –en la didascalia– the New Elite.

Creí que el nombre del estamento social retratado por Dweck era, en propiedad, la “nueva clase, por lo menos desde 1957, cuando el disidente yugoeslavo Milovan Dilas lo definió en su libro homónimo. El término “nueva élite” no estaría mal para el nouveau rich del Meatpacking District de Nueva York, pero hay una carga política en la movilidad social de los cubanos buscavidas que ese calificativo escamotea.

Unos pasos más adelante, en un salón de videos donde pasaba el documental que acompaña el show, el propio Michael Dweck explica que sus sujetos son mayormente “artistas y empresarios de éxito” que lograron “pasar por debajo del radar del gobierno”. Escuchando a Dweck, y cotejando palabras e imágenes, el público angelino se lleva la impresión de que en Cuba también existe un “1%”, una minoría privilegiada, y que el dinero corrompe igualmente a nuestros llamados “one-percenters”. Hay disparidades sociales de las que el “gobierno” aparentemente no tiene noticia porque ese gobierno –aún cuando se retrate a los hijos de Fidel y sus concubinas– nunca llega a ser objeto de cuestionamientos artísticos.

No hay por qué suponer que la omisión ha sido introducida a propósito por los cubanólogos del Annenberg –que se atreven incluso a hablar de “lights and shadows” en relación al régimen–, sino que es parte del patrimonio semiótico de la nación cubana.

La misma omisión queda expresada en un pasaje del vídeo donde el fotógrafo Elliot Erwitt exclama, con una vieja imagen del dictador en la mano: “¡Este soy yo con Fidel!”, pero sin definir qué significa hoy “estar con Fidel”, y la misma confusión se evidencia en la ligereza de la curaduría, en su insistencia en mostrar otro atisbo del Castro romántico, el Robin Hood de la iconografía yanqui, y solo dos salones más adelante, su macabro “Período Especial”, como si fueran eventos desconectados. Tampoco se aclara, en la narrativa del Annenberg Space, que el período de miseria impuesto por la soberbia de un régimen totalitario es también la obra del Castro fotogénico. El héroe y el tirano permanecen allí rigurosamente incomunicados.

Cualquier cubano conoce la correspondencia entre la dictadura y sus consecutivos períodos de penuria, aunque la exposición del Annenberg rehúse consignar esa perspectiva –que es, a fin de cuentas, el punto de vista empírico y auténticamente crítico, relegado por la curaduría oficialista.

Cepero-Amador adopta, involuntariamente, el mecanismo automático de inversión –un “efecto castrista”, según lo he definido en otra parte– que le permite sacar la imagen de su medio ambiente sociopolítico y trasladarla al territorio del entretenimiento. Se sabe que la nueva narrativa castrista incluye a frikis y contestatarios, jet setters y Cuban-Americans, a Celia Cruz y Che Guevara, pero sin arriesgar jamás una alusión a la “vieja clase” gobernante.

Entonces, ¿cuál es la diferencia entre esta Cuba hollywoodense y la que aparece en los tourist brochures, la misma de la que pretende distanciarse el Annenberg? ¿No son las palabras de Raúl Cañibano, uno de los cuatro fotógrafos escogidos, un ejercicio de divulgación barata, mucho más frívolo que el de los prospectos?

Oigámoslo hablar:

“Ponerle corazón, más ná, polque me siento identificado con la familia campesina. Yo amo a mi paí con toda la problemática que haya, con todo lo complicado que es. Pero siempre vuelvo a lo mismo, a retratala y a retratala…”.

Sin previo aviso irrumpimos en un simulacro de cafetería cubana, hecha de playwood patinado y cartón piedra, exquisitamente abastecida por la panadería Porto’s, de Glendale, aunque los vídeos que pasan por las ventanas, como en un constructo disneyesco, muestren típicas escenas habaneras. Esto es, posiblemente, lo que Cepero-Amador considera controversial: la yuxtaposición de la “diáspora” (que no el “exilio”), con su abundancia de Café Bustelo y borrachitas de anís, y la desguabinación controlada de unas ruinas de bisutería, el diorama de la catástrofe renormalizada, o la transición política como instalación artística, financiada por Annenberg, el magnate de TV Guide. En otras palabras: la disneyización de Cuba.

No hablo de los demás fotógrafos representados en la muestra, porque tampoco encuentro coherencia ni ligazones en sus obras –con diversos grados de interés– o razones válidas para reunirlas. Las fotos van desde los modosos ejercicios en cubanerías de Tria Giovan y Leysis Quesada Viera, al paternalismo retro de un Elliot Erwitt y el jingoísmo ñoño de un Raúl Cañibano. Hay fotos de quinqués hechos con latas de Spam y Coca-Cola (Ernesto Oroza), blanqueados espacios vacuos (de Linet Sánchez), y un ensayo fotográfico dedicado a la cantautora Haydée Milanés (Giovan), pero se extraña una foto de los espectaculares “actos de repudio”.

Está Gloria Estefan, pero no Yoani Sánchez, Berta Soler o Laritza Diversent. Hasta la mismísima señora Porto aparece repartiendo bocaditos, pero nadie de Porno para Ricardo. The unflinching take on contemporary Cuban realities de que habla el artículo de Cuban Art News no incluye a los que luchan por cambiar esas realidades ni a los que arriesgan sus vidas por escapar de la Cuba fotografiada. Sospecho que este tipo de escamoteo no ocurriría si se tratara de algún otro país, Chile o Argentina, por ejemplo: es un fenómeno mediático que solo afecta a Cuba.

Al final del recorrido, en el estrecho pasillo donde se encuentran los retretes, aparecen por fin las fotos que justifican el discurso del “resuelto acercamiento”. Entre ellas, un poco relegadas, hay cuatro del artista Geandy Pavón, las únicas imágenes desestabilizadoras de la muestra del Annenberg: fotos de un realismo desconocido por retratistas de frikis y celebridades.

Y dentro de esas cuatro, una: el tremendo retrato de Jorge Valls, con sus manos guayasaminescas plegadas sobre el regazo, su melena hirsuta y su furiosa desolación. Es es la imagen de un patriota, pero desprovista de toda la pompa y circunstancia de la patriotería, y es la obra de un fotógrafo que parece acercarse a la realidad nacional tomando las debidas precauciones. Es una efigie que tiene sus pares en las figuras trágicas del Lucian Freud de los años 50, y una estampa romántica que debió ocupar el lugar estelar del show.

La exposición se salva en esa última pared. Allí las notas explicativas hablan de los 350 mil presos políticos de Fidel Castro, y los retratos de Geandy Pavón muestran a los revolucionarios escarmentados, verdaderos desechos de la ficción histórica. Están rodeados de travestis y transformistas (de la fotógrafa Claudia González), y del público que hace la cola del baño. En esa última sala del Annenberg también se salva Cuba, y hasta la curadora Cepero-Amador. Es una tablita de salvación de la que pende el espíritu de un país.

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De la serie “Habana Libre”, de Michael Dweck // Annenberg Space for Photography

 

 

 

  1. aga

    Una vez más, mi querido y admirado amigo, “as usual”, pones implacable el dedo en la llaga… En este caso, fotográfica. El cubano (y “lo cubano”) hoy sólo resulta de interés comercial para antropólogos y arqueólogos… La “revolución cubana” y “Castro” son, como ya has demostrado fehacientemente, un fenómeno sobre todo de “marketing”, un asombroso proceso de fotogenia… Nada más y nada menos. El misterioso “azar concurrente” hizo que coincidieran un grupo de jóvenes hermosos de espesas cabelleras y doradas barbas, con perfiles de Praxiteles y Fidias, en un momento de nuestra historia repleta de indecisiones y equivocaciones para lograr “lo que imposible parecía”: trastornar hasta lo irremediable un país que, mal o bien, iba caminando, dando sus primeros y torpes pasos hacia un futuro promisorio, que con el error quedó cancelado, por lo que veo, “por los siglos de los siglos”. Nos mató la estética. Nos perdimos y, de paso, perdimos al país. Cuando más sólidas eran las posibilidades de un triunfo nacional, hicimos exactamente lo contrario, convirtiéndonos en apóstoles de nuestra propia destrucción: Los cubanos representados en el Eautontimorumenos de Terencio… Esa será nuestra pieza representativa del teatro bufo insular. Un carismático Capitán Ahab nos llevó a fuerzas tras su mítica ballena blanca. Alesso te abraza y sigue leyendo. Emocionante en verdad la imagen de Jorge Valls, el epítome de la desolación… recuerdo con mucho afecto los días que pasó en mi casa en México (entonces un pequeño departamento) en 1994… Me recordó mucho al Martí sentado frente a la tabaquería de Tampa (de los Martínez Ybor, por cierto, emparentados con mi familia). ¿Crees que haya sido “casual” que ese último tramo de la exposición fuera el pasillo de antesala de los baños?

    ________________________________

    • Gracias AGA, por tu sabiduría. Qué bueno que conociste a Valls! Creo que la situación de los presos políticos en este show, cerca del retrete, no es casual. Pero por lo menos están ahí, haciendo la cola de las imágenes.

  2. Interesantísimo artículo. Lo comparto. Y qué razón tienes con la disneyización de Cuba. Hace poco pusieron un programa en el canal de viajes en que un inglés (no me acuerdo del nombre) trataba de hacer pasar un ride en el desconejado tren de Hershey como si fuera lo máximo del exoticismo. Uf.

  3. Juan Carlos

    Antes de todo, decir que yo estuve presente en la exposición. C,omo el autor de este artículo tampoco me pude terminar aquella abominación de trago. Lamentablemente creo que este es el único punto que comparto con el articulista. Para empezar, no creo en las teorías conspiranoicas del autor acerca del nombre de la exposición. Precisamente Cuba is representa perfectamente el tema que aquí se trataba: la Cuba actual. Esa Cuba donde los “frikis” tratan de olvidar las miserias, la falta de libertad y se resignan a través de drogas y música. La Cuba de los solares, con casas en ruinas, tanques de agua en los techos y cuartos que parecen celdas de una cárcel. Justo después de estas imágenes, viene la sección donde se presenta como vive la élite cubana (los dirigentes y sus hijos), quienes viven en las más lujosas casas con una vida la cual no tiene nada que envidiar a la de cualquier millonario americano. Este contraste no aparece como una sucesión de hechos fortuitos al expectador, sino que son explicada a través de los textos y sobretodo audio guia, de como el régimen ha llevado a su pueblo a vivir en la miseria total, mientras ellos viven en suntuosas casas.

    Por último el autor hecha en falta la presencia de Yoani Sánchez, Berta Soler. Según tenía entendido, esta era una muestra para el público americano, no para el público cubano. No creo que los californianos estén al tanto de quien es Yoani Sánchez y sinceramente, creo que para que puedan comprender totalmente quien es, una muestra de fotografía no sería suficiente.

    Esta exhibición, derrumba la imágen romántica de esa Cuba ideal, donde los problemas sociales no existen y donde la gente es feliz, a pesar de todos los problemas económicos.
    En mi opinión esta es una narrativa fuerte, donde se ve como ninyas de 14 anyos se prostituyen para sacar adelante a su familia, commo después de 60 anyos de régimen, el racismo está más presente que nunca (esto también está explicado en los textos de la expo), la dura vida del cubano medio y como la dictadura ha llevado a todo esto mientras ellos viven como reyes.

    Una cosa que no entendí acerca de este artículo, es que al parecer los trasvestis degradan la imagen de los presos políticos. Es que para el autor hay cubanos de primera y cubanos de segunda? quienes ni merecen compartir espacio. En mi opinión esto es lo que es interesante de la exposición, es una excelente muestra de lo que es la Cuba de hoy o en otras palabras “Cuba is”

    • Gracias Juan Carlos. Espero, en un próximo artículo, responder a tus observaciones. Por lo pronto te digo que merecen toda mi atención. En cuanto a los travestis, no degradan, sencillamente revelan algo perturbador cuando están convoyados con otros indeseables (negros, presos políticos) cerca de un baño. Indeseables, aclaro, dentro del canon social del régimen que inventó la palabra “mariconzón” y trató de “negro” a Obama. Gracias y saludos.

  4. Un lector

    Tus previas lecturas de otras cosas me han llevado a pensar que eres un escritor sumamente cuidadoso, de aquellos que escriben para lectores atentos y confiables, pero aquí describes unas manos como “guayasaminescas” y refieres la imagen a las “figuras trágicas” de alguien que casi se limitó a expresar la angustia. ¿Debo leerte entre líneas?

    • Lector: Alguien me criticó el uso de “desguabinamiento”, y también entiendo sus escrúpulos con mi “guayasaminescas”. Ambos son lo que en inglés se llama “a mouthful”. Pido disculpas: mis “Textos a gogó”, como su nombre indica, están escritos a la carrera, y si bien es cierto que escribo para lectores atentos y confiables, no lo es menos que ni por asomo soy “sumamente cuidadoso”. Ningún bloguero puede serlo. Gracias por su atento comentario.

  5. Miguel Iturralde

    Estos eventos se repiten en Los Angeles y dondequiera. Cuba es sexy, un museo viviente de un país en ruinas preservado para el disfrute de curiosos y admiradores que no podrían vivir allí, como un cubano de a pie, ni una semana. Ahora con Irma, si la gente ve imágenes desoladoras de Barbuda o San Martín, quedan aterrados. Pero si las fotos son de Centro Habana con la gente caminando con el agua a la pantorrilla, entonces es el estoicismo y la disposición del cubano ante la adversidad del bloqueo y cualquier mala pasada de la Madre Naturaleza. Te felicito, disfruto muchísimo de este espacio. Saludos.

    • Gracias Miguel, efectivamente lo de Irma ha puesto de relieve el asunto de la ligereza cubana. Ya en la antigüedad se hablaba de la “ligereza griega”, de una falta de gravedad. Cuba es, en ese sentido, como Grecia.

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