‘Dunkirk’: blancos en la playa

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La trilogía Batman (2005-2012) sirvió de adiestramiento a Christopher Nolan, que ahora domina la escala épica y se sirve de ella en obras mayores. La operática saga del superhéroe preparó al artista para abordar la tragedia de los héroes de carne y hueso que protagonizan su más reciente película.

Nolan demuestra en Dunkirk que el heroísmo es siempre sobrehumano, más que en cualquier simulacro animado. Las hazañas súper-heroicas son, a fin de cuentas, versiones pobres del original. La humanidad reclama, en Dunkirk, un protagonismo que le había sido arrebatado por hombres-murciélagos y otros híbridos digitales.

Dunkirk opera en tres niveles temporales: “una semana”; “un día” y “una hora”; y tres espaciales: aire, mar y tierra. Los niveles alternos se entretejen en una estructura helicoidal, una espiral ascendente/descendente. Ascenso a las alturas, en las escenas de batallas aéreas, descenso a la playa, y de allí, a las profundidades del mar, en las grandes pinturas navales y submarinas del fotógrafo suizo Hoyte van Hoytema, émulo de Turner.

La estructura de Dunkirk es musical: cada tema narrativo funciona como una frase melódica, mientras que la banda Dolby provee exquisitos bombazos, la matraquilla de las ametralladoras, el zumbido sordo de los aeroplanos, los cuernos ingleses de los barcos en llamas, el coro de la soldadesca aterrorizada, tocada por la metralla, o jubilosa a la vista del rescate. Los Spitfire son instrumentos de viento lanzados a 300 kilómetros por hora. Los bombarderos Viking imitan a las valkirias de Apocalypse Now, aunque mejor afinados. Los wagnerianos violines del compositor Hans Zimmer caen como frías salpicaduras de mar. Dunkirk es el Götterdämmerung del pueblo europeo acosado por la Voluntad de Poder germana.

La historia es simple y grandiosa, y dura apenas 120 minutos. Tropas inglesas y francesas han sido acorraladas en el pueblo francés de Dunkirk. Los alemanes conminan a los escuadrones aliados, unas 400 mil almas, a deponer las armas. El comandante Bolton (Kenneth Branagh) da inicio a la evacuación masiva: delante los ingleses, después los soldados franceses, que de todas maneras están a punto de capitular. Francia caerá en manos nazis en solo unos días, se hace necesario priorizar la tropa británica. Por su parte, el Estado Mayor inglés prioriza la Marina Real, y no el Ejército. Se demora en enviar los destroyers. Los esperados Spitfire no aparecen hasta mucho más tarde.

Cuando la noticia de los soldados varados en la playa llega a oídos del pueblo británico, un contingente de yates particulares, fragatas y pequeñas goletas, cruza el Paso de Calais en patriótica misión de rescate. Sobre esta sencilla premisa se levanta uno de los grandes monumentos cinematográficos del Hollywood actual.

Un largo rodeo

Desde hace más de 70 años, los historiadores de la Segunda Guerra Mundial debaten las razones por las que Hitler dio la orden de alto en Calais y Dunkirk, prohibiendo a sus tropas avanzar sobre Inglaterra. Se cree que el Führer estaba convencido de que los ingleses no retornarían, y que el desastre de Dunkirk señalaba el final de la guerra en el frente occidental.

Otros afirman que fue el coronel Gerd Von Rundstedt quien expidió el extraño mandato, y que Hitler lo aprobó más tarde. De cualquier manera, el cese de la ofensiva nazi dio un respiro a los británicos, que tuvieron tiempo de escapar y reagruparse. La decisión alemana continúa siendo la gran incógnita de la Segunda Guerra Mundial, y el punto de giro de las hostilidades –o de la historia del mundo, según se mire.

O por lo menos así había sido hasta fechas recientes: el interés en “el milagro de Dunkirk” gravita hoy desde lo bélico y lo estratégico hacia la teoría racial y lo políticamente correcto. La gran pregunta de los críticos en 2017, es distinta. No es la decisión de Hitler lo que cuenta, sino algo mucho más problemático: ¿Por qué no hay gente de color en la película de Christopher Nolan?

La primera salva partió de la redacción de USA Today, donde el crítico Brian Truitt advertía que el hecho de que Dunkirk tuviera “solo un par de mujeres y ningún actor de color podría molestar a algunos”.

Stephanie Zacharek, de la revista Time, va un poco más lejos: “El casting de Dunkirk es casi perfecto (…) la película está llena de grandes rostros ingleses. Pero llamarlos típicos rostros ingleses sería un error. Recuerden que estos son los semblantes de hombres que vivieron hace más de 75 años. El rostro de Inglaterra, o de Francia, o de cualquier otro país europeo, es hoy mucho más mezclado racialmente. El amor a la patria no tiene que ver con códigos raciales o con el lugar de nacimiento”.

Zacharek ejerce revolucionariamente el derecho a lo que en la Cuba castrista, por los años 60, se llamaba “la coletilla”. Si el lector de Time no está en libertad de formarse sus propias opiniones, en cambio, el crítico reivindica el sagrado deber de educar y formar ideológicamente a aquellos que pudieran equivocarse.

The Guardian ha llevado a extremos la ansiedad didáctica. Al igual que otros diarios liberales, The Guardian ha adoptado el formato de “Las diez cosas que usted debe saber acerca de…” uno u otro tema de actualidad. Como es el caso con la película de Nolan, los esclarecimientos que ofrece el periódico coinciden a menudo, y punto por punto, con las directivas del Partido.

Sería bueno averiguar cuál es ese “Partido”, elusivo y polimorfo, aunque sospecho que no debió ser el de los hombres blancos que se batieron en retirada en la playa de Dunkirk solo para regresar de nuevo al campo de batalla y ganar la guerra. Parecería que la insistencia en el contenido racial de un hecho histórico que sucedió hace casi 80 años, y la ansiedad por la pureza ideológica de la obra de arte, indicaran que, tras un largo rodeo –del que la orden de detener el avance sobre Inglaterra era solo una distracción– los nazis triunfaron.

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  1. O valiant Néstor! Churchill would have loved what you say here. The radicals have got themselves a beach-head, which is more than the Nazis got in England. But you are a one-man RAF, and you have cut their supply line without their knowing it. As the great man says: Believe me.

  2. Castlenest

    maybe Nolan is Black Irish, who by the grace of his talent counts for a million such… Great chronicle, Néstor, I feel like commandeering a ferry and heading for firm land just to watch this movie. From Ocracoke with love

  3. PepeLePeu

    Muy buen final sobre la guerra cultural aunque al principio me hiciste dudar. Quizás tengas razón cuando dices que el heroísmo es siempre sobrehumano y Ernst Jünger se equivoque en In Stahlgewittern (me refiero a la versión de 1924; la de 1961, la escribió sin uniforme y con la silla dirigida a la historia). Sea como fuese, la historia de Dunquerque no me parece tan admirable: más que una heroica retirada, temo que fue una concedida (haces bien cuando resbalas sobre el tema, que no es el nuestro) y tremebunda huida, que dejó solos a los franceses y plantados (diría embarcados, pero eso fue precisamente lo que no ocurrió) a unos 40,000 soldados ingleses en la playa. No por nada Bardamu chillaba tanto en contra de los estrategas militares en Voyage au bout de la nuit. De cualquier forma, la escena de las lanchitas me recordó la estampida de Camarioca en tiempos del Escambray. ¿No te parece?

    • Gracias por tu comentario, PepeLePeu. Los cuatro protagonistas del escape por mar son típicamente jüngerianos. También creo que el hecho de que los franceses sean empujados al final de la fila tiene resonancias políticas en el presente. El milagro de Dunkirk no es admirable, la película lo es, y mucho. Una de esas grandes producciones hollywoodenses que solo pueden lograr los extranjeros: Wilder, Hitchcock, Lang, y ahora Nolan. También das en el clavo con lo de Céline, el tono de Dunkirk es célinesco. Creo que la estampida del Mariel y el puente marítimo que montaron los ilusos de este lado del Estrecho se le parece más. Las guerras culturales son las que determinan el resultado de los conflictos, en cuyo caso, estamos perdidos.

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