Donde el autor se pierde en los remates de La Lisa

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Se me acusa de haber regresado a La Habana buscando que me publiquen. En realidad, no tengo ningunas ganas de que me publiquen en Cuba. Quien haya entrado últimamente a una librería cubana –por ejemplo, a El Ateneo de la calle Línea– entenderá mi desinterés. Quisiera publicar en México, pero no en La Habana. Por lo menos, no en La Habana actual. Además: estoy consciente de que mi escritura carece de interés más allá de las cuatro esquinas de la Diáspora.

Lo dejo dicho aquí con todas sus letras: NO me interesa publicar en Cuba. Aunque a algunos les cueste creerlo, mi regreso a la patria se debe a motivos altruistas. También a las motivaciones de siempre: vulgares, sentimentales, superficiales, banales, etc.

Dadas las condiciones mejoradas de los viajes a la Isla, me dio la realísima gana de volver, siento haber decepcionado a algunos. ¡La historia de mi vida! De algún modo, ha sido una desilusión también para mí, y me la merezco. Fui a Cuba de paparazzo, como el que se cuela en una fiesta sin ser invitado, quizás un velorio. Fui el party crasher que se apareció en el motivito por la jubilación de un viejo conocido. Ese conocido es Fidel Castro, ¿quién más? Apenas llegué, Fidel se murió. ¡Aleluya! Me siento responsable.

Un día de este último viaje tomé la ruta 222 con destino a La Coronela, y fui a dar a La Lisa. Si alguien quiere saber qué quiso decir Salinger con eso de “love & squalor”, que vaya a La Lisa. Yo iba de niño, con mis padres, a visitar a mis primas. A los ocho años ya me asombraba que alguien viviera en la proximidad de una avenida populosa, donde la gente conversaba, fumaba y reía en la parada de ómnibus, justo detrás de mi ventana. Recuerdo que ya a esa tierna edad odié La Lisa.

Lo de “love & squalor” que aparece en Padura, y en la serie de Netflix basada en sus novelas, con Pichy en el protagónico, se refiere a dos entelequias de la desmoralización raulista encarnando, al unísono, el amor y la miseria de lo cubano. El amor está a la vista, por todas partes, en los cuerpos de los fornidos muchachos, en las figuras de las mujeres más deliciosas del mundo, mujeres empoderadas con un poder real que nada tiene que ver con el de los programas sociales de las condescendientes universidades americanas. El “orgullo gay” también se queda corto aquí, porque Cuba fue siempre entendida e irremediablemente trans.

A Cuba le faltará libertad política, pero le sobran otras cosas de que adolecen los gringos.  Ahora ellos quieren apoderarse de esas otras cosas. Los vemos pasar en sus prerrevolucionarios almendrones, contentos de ser turistas en la tierra de las revoluciones, indiferentes y mentecatos, en medio del love & squalor de La Lisa, del hundimiento de la Isla, y dan ganas de sacarles el dedo –lo he hecho a veces– o de escupirlos.

Tertulia de conspiradores

Unos días antes, en una imprevista reunión en la casa del poeta Rafael Alcides, Antonio Rodiles me había descrito el vacío en la mirada de los congresistas americanos a los que explicaba la inutilidad de tratar con los Castro. “No querían oírlo”, me dijo Rodiles. “Estaban aquí para pactar, para cerrar el trato”.

Esa tarde yo había acudido al apartamento del poeta, en compañía del cineasta Miguel Coyula y de su compañera, la escritora Lynn Cruz. Venía a conocer al autor de La pata de palo, a ofrecerle mis respetos, y a decirle que lo admiraba, a pesar de haberlo juzgado duramente en mis reseñas de Nadie. Entonces, de improviso, aparecieron Rodiles y Ayler González, acompañados del escritor Ángel Santisteban.

La conversación giró hacia asuntos más graves: a Santisteban recién le habían diagnosticado un linfoma. “Esto me lo inocularon en la cárcel”, le oí decir. “El cáncer es una ruleta, a cualquiera le toca, pero…” Bajé la cabeza, sentí necesidad de llorar, el corazón me pesaba. “Esto no es coincidencia…”. Yo estaba mirando a la cara a un hombre condenado por partida doble, y no supe qué responder.

Entonces llegó el fotógrafo Claudio Fuentes Madan, y caí en cuenta de que éramos una auténtica tertulia de disidentes, la confluencia casual de varias generaciones, personas opuestas al Sistema desde muy disímiles posiciones: es decir, éramos el demos, la expresión de la voluntad cívica en un instante de la historia cubana.

Sentí terror, seguramente nos vigilaban. Dentro de mi cabeza una vocecita repetía: “¡Arriba, Néstor!”. ¿Y cómo podría alguien negarme el derecho a este encuentro, el encuentro con mis consecuencias? Sentí cerrarse un círculo alrededor mío, y afuera, el cerco de la violencia y la ruina. Efectivamente, había un carro de la Seguridad parqueado al frente de la casa. Así se siente regresar a Cuba, para los que deseen probarlo.

Aquel día, en La Lisa, caminé hasta la avenida 51 en busca de una salida del squalor. Un viejo borracho que llevaba alguna bebida en una botellita de agua Ciego Montero, me pidió direcciones. Le dije que yo también estaba perdido. Unos pasos más adelante se dirigió a un tipo negro, hosco, recostado a una columna. El bruto lo espantó de un manotazo. El viejo se tambaleaba, con la botellita bajo el brazo: “¡Qué diferencia entre tú y este señor!”, le gritó a la cara. “¡Tú eres un mierda!”

Había gente empujando autos destartalados, había quitrines con familias a bordo, camiones de carga y almendrones de todas las marcas y todas las épocas, yendo y viniendo en todas direcciones. Había ubicuos “polaquitos”, Peugeots, Moscovich y Ladas hechos con pedazos de otros Moscovich, Ladas y polaquitos. Había perros sarnosos que cruzaban las calles sorteando el tráfico infernal (compré dos pasteles zocatos y se los di a un perrito enfermo que se rascaba furiosamente detrás de una columna). Nadie cedía el paso a nadie, los taxis se abalanzaban sobre las viejas cargadas de jabas, el humo negro de mil tubos de escape fumigaba la avenida hasta donde alcanzaba la vista. Había musculosos camilitos esperando la guagua, muchachas en pantalones  de lycra con los sexos marcados. Hombres sin camisa, o en camisetas, con barrigas hinchadas, sucios, sudados, renegridos por el sol. A veces pasaban babalaos tocados con gorros de lienzo, blandiendo un garabato, seguidos de jóvenes santeras cubiertas con sombrillas blancas. Alguien se empinaba una cerveza, asomado a la ventanilla de una guagua. Gatos jíbaros se escurrían por los portales. Gente en improvisados carricoches, tirados por bicicletas, transportaban espejos, pedazos de tablas, losas de piso, andamios y escombros, calle arriba, calle abajo. Había vendedores de periódicos, Granma y Trabajadores, pregonando titulares. Había capitanes, tenientes y sargentos vestidos de asfixiante verdeolivo, sudando a la gota gorda, y coroneles en motocicletas, con alguna mujer de muslos obesos escarranchada en la parrilla. Seres escuálidos pedaleaban en destartalados bicitaxis, provistos de radios con el reguetón a todo volumen. El escándalo de las bocinas hería mi sensibilidad, a cada pitazo me salía del alma un grito de “¡Pingaaa!” contra el ruido inclemente. Algunos cláxones eran particularmente insidiosos: los de las guaguas Yutong, por ejemplo, de un tono brutal. En la parada de La Lisa había dos jóvenes negras con blusas de malla y shores de nailon. Una de ellas llevaba un radiecito portátil al hombro, el radio le caía como una comando a la altura de la cadera. Una música bárbara de sintetizadores, de los nuevos conjuntos de tecnocharanga, salía del odioso aparato. Las muchachas movían los torsos en espasmos rítmicos y maravillosamente sincronizados. Quise filmarlas con mi iPhone, pero me daba vergüenza. Tuve que meterme la escena completa en la cabeza y partir en la primera 43 que pasó.

Poesía del otro lado

Mi destino final era la casa de Dulce María, la madre de mi amigo, el poeta Pedro Campos. Pedro no vivió allí nunca, sino en el Parque Cristo, en los años 70; después se metió en la Embajada y partió en un camaronero, vía El Mosquito y el puerto del Mariel. Llegó a Cayo Hueso en abril de aquel año terrible. Fui a recogerlo al Parque Tamiami, y entonces se me colaron en casa siete u ocho amigos habaneros que habían huido en el mismo barco.

Años más tarde la madre de Pedro permutó el viejo apartamento de Centro Habana y vino a vivir al reparto La Coronela. Ahora tiene 87 años y trabaja de cocinera en una microbrigada. En cada viaje le había dejado algún dinerito, por lo menos tres veces su sueldo de un mes, contando el retiro. Es decir, le dejaba alrededor de 50 dólares. A veces le mando algo por Western Union.

Con el dinero de mis remesas Dulce tapizó los viejos muebles de la sala, los mismos donde yo me había sentado tantas veces, cuarenta años ha, a dar perros muertos o a pegar la gorra. Esos fueron los últimos muebles donde posé las nalgas, la noche antes de partir, cuando Pedro y Dulce me dieron una cena de despedida. Corría el año 1979.

Ahora los muebles habían sido retapizados. Los reconocí, a pesar del cambio, y pensé que yo había querido olvidarme de todo esto, decirle adiós a todo, un experimento fallido que duró casi cuatro décadas. Fui un ermitaño parado en un solo pie sobre una columna, la columna del Exilio, en ese desierto que es el destierro. Un buen día me bajé de mi pilastra. Como antes jugué el juego del olvido, ahora juego a la memoria. Estoy aquí porque el hijo de Dulce no sobrevivió. Murió, víctima de la plaga, a los 38 años.

“Mi hijo era fidelista”, me dice Dulce, quizás para consolarse. Ya hemos debatido el asunto, y no voy a entrar en otra discusión con ella. “Cuando lo botaron de San Alejandro, le prometí que, si se matriculaba en las clases nocturnas de la universidad, yo me matriculaba en la facultad de Leyes. Entramos juntos a la escuela”. Nadie tiene derecho a juzgar a nadie, me dicen. Pero, ¿no es lícito preguntarse si aquel pobre diablo director de San Alejandro calculó el alcance de sus acciones? Una interminable onda expansiva. Si sabré yo de esas cosas.

Al hijo de Dulce lo abandoné en un hospital público durante el ciclón Andrews, y cuando regresé, se había muerto. Está enterrado en una tumba sin marcar en el cementerio del condado Dade. Me repito que era imposible regresar al Jackson Memorial en medio de la destrucción que ocasionó el huracán, que lo atendí cuando padecía de sarcoma y de viruela, que le curé las llagas, que lo llevé a South Beach por última vez y que le compré un pollo frito, que no probó. La gente salió del agua cuando aquel espectro con cateter al pecho entró cojeando a las olas, pero yo estaba allí, sosteniéndole el brazo. Nada de eso apacigua mi conciencia. Hace poco se me apareció en sueños y me dijo que había escrito poesía “también del lado de allá”. Quiero creer que esas palabras significan que hay perdón, algún tipo de reconciliación, del otro lado.

Trópicos tapizados

La frase es de Walter Benjamin, del ensayo sobre Kafka. Aplicada a Dulce María, se trata de la metamorfosis del marxismo de cocineras en capitalismo de Estado. El dinero circula y permite la selección (entre limitadas opciones) de un género ad hoc para un viejo juego de living que consta de un sofá y dos butaquitas. El estampado antiguo se destiñó más allá de lo reconocible, y ahora es piel de tigre sintética en tonos sepia, marrón y beis.

La estructura original de los muebles también fue alterada. El orlón les daba un aspecto ultraísta, pero el estampado salvaje encubre el envilecimiento bajo la flamante perversidad de lo barato. Dulce opina que la renovación del mobiliario “lo cambia todo”. Se sienta en un butacón, y sonríe. “Cambia la vida”, dice esta mujer del Partido, contenta de tener trastos bonitos, aún en la octava década de su vida.

En la cocina, una perra parida juega con sus cachorros. Los perritos se le prenden de las tetas y chupan donde no hay nada. Por las ventanas se ve la calle, que ha perdido el asfalto, un rocoso terraplén por donde corre un riachuelo de aguas albañales, en el tono celeste de las jabonaduras. Del otro lado hay bloques de edificios de microbrigadas, pintados de rosado y verde botella. Días antes pasé por un jardín infantil llamado “Pequeños Microbrigadistas”.

La calle por donde llegué aquí debió haber sido, en otra época, una calzada hermosa, no muy diferente de Old Cutler Road, en Miami, o de un camino vecinal en la periferia de Kendall. Todavía quedan los flamboyanes y las hileras de palmas reales. Pasé por el frente de magníficas quintas, mansiones destripadas, que posiblemente fueran ranchos de recreo, fincas burguesas de la edad de oro batistiana, remansos campestres que hoy albergan organizaciones revolucionarias, institutos inoperantes y disfuncionales cooperativas. El clan de los Castro es dueño de una de las más grandes fortunas en bienes raíces del mundo.

Caminando de prisa por las aceras rotas donde crecen el cardo y la malayerba, me adelanto a las viejas de andar indeciso, con brazos y piernas afectados por la elefantiasis; veo seres trajeados, acicalados, que cargan absurdos portafolios; hay carretilleros que transportan frutas y pájaros: azulejos, tomeguines, sinsontes. Un amolador, un granizadero, una vendedora de tamales…

El camino es largo, tengo poco tiempo, y decido parar un bicitaxi. A la vera de la calzada las hordas de pasajeros hacen señas con las manos, gestos que significan “Voy a Playa”, o “Habana”, o “Ceguera”, o “Sigo de largo”, o “Llego hasta aquí”. El bicitaxista pedalea al ritmo de reguetón, y en pocos minutos estamos frente al Minimax de la 225, el mercado más desgraciado que ojos humanos hayan visto. Atravieso unas ruinas donde operan mugrosos puestecitos de comida, y llego por fin a la casa de Dulce María.

Entre las cosas que me entrega hay unas viejas fotografías de Pedro en el parque Cristo, que posiblemente sean del fotógrafo suizo Luc Chessex, frecuentador del solar de Bernaza y Teniente Rey por aquella época. También hay un ejemplar de un samizdat con traducciones de poetas norteamericanos, que pasaba de mano en mano en la década de los 70. Uno de los traductores firma con un enigmático “b.d”. Me doy cuenta que he viajado veinte mil leguas y cuarenta años para reencontrarme con el fantasma de mi amigo Benigno Dou.

La familia como propiedad privada del Estado

La familia es un dispositivo económico castrista y carece de significación independiente. Es un organelo, un apéndice del Sistema. Padres, hermanas, madres e hijos, separados (uno en Hialeah, otra en La Lisa), se sirven mutuamente de corredores y avitualladores, de prestatarios y garroteros, de mulas y detallistas.

El Exilio es la NEP, la Nueva Política Económica puesta en marcha durante la época de las primeras remesas, o quizás desde la época remota de las primeras expropiaciones.

La desazón, la confusión, el frenesí de La Lisa, y de toda Cuba, es actividad económica. En los barrios bajos hay hambre no declarada, no denunciada, hay rapiña, robo, pifia, extorsión, trueque, latrocinio. Se vende la abundante carne fresca de las niñas que cuelgan del brazo de los viejos extranjeros, pero faltan la leche y la carne de res.

Esta es la economía que parió el materialismo histórico. Madres que viajan a Italia, Ecuador o La Florida, porque la hija o el yerno enfermó, y necesitan una niñera, una cocinera. Aquí la gente está saludable solo en apariencia. Hay infecciones, epidemias, viruelas, psoriasis, parásitos, bacterias, alcoholismo, locura, oxiuros, piojos, conjuntivitis. Hoy los médicos te pasan al frente de la lista de espera si tienes fulas con que pagar. Cuba es un país enfermo que finge salud. La economía turística reproduce la fantasía hospitalaria de los 80, cuando los ilusos del mundo libre venían a tratarse al Cira García. La hotelería cubana deslumbra con el mismo tipo de falsificación, pero tanto la salud como los servicios se sostienen sobre un andamiaje podrido. El castrismo es incapaz de producir verdadera higiene, o auténtica hospitalidad, simplemente porque todo lo humano le es ajeno. El castrismo solo puede producir simulacro.

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El poeta Pedro Jesús Campos, ca. 1975

  1. aga

    Está crónica me hizo temblar, amigo mío. Por esta vez no fuiste Néstor, sino Virgilio, como guía en un viaje a los Infiernos… Leyéndote ahora entiendo mejor tus razones. Te abrazo con una gran pena y con mucho cariño, Alesso

    ________________________________

  2. “Fui el party crasher que se apareció en el motivito por la jubilación de un viejo conocido. Ese conocido es Fidel Castro, ¿quién más? Apenas llegué, Fidel se murió. ¡Aleluya! Me siento responsable.”

    ¡LO MATASTE!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!

  3. atmariposa

    The ugly american
    Ayn Rand, “THE VIRTUE OF SELFISHNESS”
    Yo omnipresente
    ” Todo hombre cubano tiene un maricon en el alma”
    La culpa
    Un voyeur descolocado
    Love and squalor: buenos dias tristeza
    Dulce Maria antipoeta
    Volver, volver, volver
    Los trucos del inconsciente
    Llueve a cantaros
    Siempre

  4. PepeLePeu

    Una travesía muy bien escrita, pero no eres de los que necesitan reconocimiento. Dices que eran “una auténtica tertulia de disidentes”, una “confluencia casual de varias generaciones” y que eran “el demos”, pero no puedo sino observar que no pertenecías, que eras el otro, aquel que, durante las primeras dos décadas, no se saludaba y mucho menos se invitaba a la “casa del poeta”. Algo notable ha pasado para que traten ahora a los que no trataban antes. Comprendo que la compasión es una virtud, pero la mala memoria es fatal. En este sentido, me resulta muy revelador el pasaje del viejo tambaleante que grita “¡Qué diferencia entre tú y este señor!”. Algo también notable se ha perdido en el proceso, pero nos queda tu testimonio.

  5. Miguel Iturralde

    Mi comentario es idéntico al del sr. Luis Felipe Rojas. Una crónica maravillosa y espeluznante, pero apuesto a que la cosa va así, tal y como tan magistralmente la describes. Saludos.

  6. Roberto Govin

    Un verdadero placer leerte Nestor …, profundo…, crudo, autentico, honesto y con un estilo que aplasta…, original y destripador…, yo soy de Punta Brava que esta un tin mas abajo…, y se de lo que hablas…, este verano me fui cagando en la puta madre de todos los castros y los hijos de putas que le apoyan… desde la Lisa hasta hasta mi barrio… y termine tres días presos justo antes de llegar a Arroyo Arenas…, porque na había nada de trasporte después de la doce…, pero los policías sobraban claro…, abrazos…!!

  7. ilmedinah

    Dios mío, ignoro los pruritos o los quitatetupaponermeyo de la intelectualidad del exilio o del insilio, pero esto que has escrito es simplemente maravilloso! ¡Gracias!

  8. Pingback: 1244 – Hombres Sabios

  9. Aratnza

    Soy muy selecta para la lectura, no acostumbro a leer a cualquier autor! pero tu escritura atrae, enamora y a medida que lees se aumentan las ganas de continuar sumergido en ella. Felicitaciones! ahora bien en Cuba o Sri Lanka publica tus libros que muchos quedaran deleitados con ellos!

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