Los fusilados de Juan Abreu al Gran Hotel Manzana Kempinski

No hay valor intrínseco en las imágenes, ya sean de la Revolución o de su antítesis. Si los iconos de fusilados que pinta el último Juan Abreu tuvieran valor en sí, separados del andamiaje histórico-propagandístico, los de los mártires castristas también lo tendrían, lo cual es inaceptable. Porque de lo que se trata es de la cancelación de las imágenes covalentes.

Toda imagen carece de valor propio, es un vacío y un receptáculo. En tal sentido, el efecto Kuleshov es un principio universalmente válido. Por eso la Bienal de La Habana ocupa, desde su duodécima edición, el locus espectacular de La Cabaña, donde ocurrieron los fusilamientos del 59. La simbiosis arte-crimen-espectáculo había sido establecida primero por el guevarismo, y el pintor Juan Abreu no consigue más que perpetuar el mismo dispositivo simbólico en sus pintorescos retratos.

Se trata de una redundancia, pero también de un paso atrás, porque ninguna obra, presente o futura, podrá superar el hecho artístico de los goyescos paredones concebidos por el Che. Se cuenta que había invitados a los palcos, y miradores desde los que podía admirarse la obra del maestro argentino. Como artista visual, como artista espectacular, el Che es inobjetable. Los fusilados de Juan Abreu son pálidos reflejos de un hecho que los supera con creces.

A no ser que todavía a estas alturas dudemos que los fusilamientos de La Cabaña eran arte y, en último análisis, arte por el arte. ¿Qué otro propósito cumplían? Si fueron, como se ha dicho, muertes gratuitas (el Che jamás había pisado La Habana y llevaba apenas tres años en un territorio que le era esencialmente ajeno), entonces La Cabaña, en sus manos, solo puede entenderse como hecho artístico.

El pasado mes de abril, el artista Luis Manuel Otero Alcántara realizó un performance en el Gran Hotel Manzana Kempinski, situado en la antigua Manzana de Gómez. Alcántara llevaba el traje patinado de los hombres-estatua, un cartucho en la cabeza con una foto de Julio Antonio Mella, protomártir comunista, y un cartel que decía “¿Dónde está Mella?”. Al ser interrogado por la policía, el artista explicó que su objetivo era llamar la atención sobre la eliminación del busto que adornaba el local y sobre “la pérdida progresiva de estas estatuas”.

Pero, ¿es de lamentar la pérdida de esas estatuas? El capitalismo irrumpe en La Habana como un agente renormalizador: de Gómez a Kempinski, de Mella a Valentino, de Longina a Longines, el capital empuja al mártir, al muerto y al héroe, los saca de escena, fuera del centro comercial, del simulacro mercantil socialista, de la antigua secundaria básica y la plazoleta pública castrista. Con la estatua de Mella (“una mala pieza”, la llamó el insumergible Ciro Bianchi) desaparece también el culto demagógico que circulaba aún como un trasto inútil entre la chusma ignorante y los revolucionarios de la tercera edad.

Se saca de circulación a Mella y se coloca en su sitio la joya de la corona de la hotelería Kempinski, el diamante de Tiffany en el kilómetro cero del capitalismo de Estado, una ruta sin marcha atrás. Así como La Cabaña quedó blindada al examen histórico mediante el sencillo expediente de colocar allá el oxímoron de una bienal de arte o una feria del libro, ninguna oposición podrá asaltar un mall a prueba de escaramuzas ideológicas.

Las influencias de los retratos de Juan Abreu son obvias: por un lado, Jawlensky, los fauves, los expresionistas, es decir, cosas viejas; por el otro, la huella de los transvanguardistas, de Francesco Clemente y Georg Baselitz, un soplo de los 48 Retratos, de Gerhard Richter, pero sin el depurado intelectualismo ni el desapego irónico. Las confluencias llegan, por trasmano, hasta los Retratos de presidentes (1998), de César Ernesto Beltrán.

La propuesta de Abreu avanza a contrapelo de las últimas tendencias en la plástica cubana: su Cabaña es Sorolla; su ímpetu es neorromántico; su realismo, socialista. Su programa político es el culto del héroe por otros medios, un martirologio que es la otra cara (las otras caras) de la misma moneda. Varios antihéroes del Exilio (Posada Carriles, el doctor Orlando Bosch, Nazario Sargén, y hasta el mismísimo Reinaldo Arenas) fueron, en distintos momentos, paladines de la gesta revolucionaria y de la contrarrevolucionaria, y de haber muerto en el 58, sus rostros adornarían las paredes de las dependencias oficiales castristas. No es descabellado imaginar un policlínico que ostentara el nombre del pediatra saboteador o un cine llamado Guillermo Cabrera Infante.

Por su parte, Juan mezcla en su estudio barcelonés lo religioso y lo pornográfico, las emanaciones del sexo salvaje y la mirada arisca de los que se disponen a morir. Una pequeña muerte y una muerte grandiosa que se cancelan mutuamente. Coños abiertos y miradas santurronas; vergas en ristre y mueca funeral. De los rostros fauvistas ha huido el eros, espantado por las descargas de fusilería; en cambio, los seres despatarrados y acezantes que gozan en las orgías están resueltos en tonos pastel, en azul arteria y rosa clítoris.

Unos y otros pertenecen, por derecho propio, al vestíbulo del Gran Hotel Manzana Kempinski, y si alguna vez Abreu llegara a entender que su arte libertario, iconoclasta e inmoralista representa, efectivamente, la más radical deconstrucción de la mojigatería revolucionaria, quizás deje de lado la grandilocuencia de un discurso casposo, tachonado de “vilezas”, “bajezas”, “moral”, “desprecio” y “víctimas”.

Le habrá llegado, también a él, el momento de agarrar un gusano, cargarlo con sus magníficos lienzos, e intentar colarlos allí donde puedan ser vistos por aquellos a los que realmente le importan: los cubanos de Cuba, jóvenes pintores, cineastas, poetas y escritoras de La Habana de hoy, esos que lo escuchan sin salir de su asombro, ávidos de noticias y deseosos de saber lo que solo Juan Abreu puede contarles.

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  1. Alabao, yo estudié la secundaria allí, en la José Antonio Echeverría. Me quedo lela mirando las imágenes. Mi mamá trabajaba en la farmacia de la Manzana, me imagino que habrá desaparecido también.

  2. PepeLePeu

    Salto, por su generalización, lo de “No hay valor intrínseco en las imágenes, ya sean de la Revolución o de su antítesis” y “Toda imagen carece de valor propio, es un vacío y un receptáculo”, que a la inversa, recuerdan, para mal, aquella propuesta que insistía que no había nada fuera del texto a pesar de las manos que la sostenían y los ojos que la leían, pues los retratos de Abreu son objetos casi independientes y con cierto valor propio más allá de la intención que tuviese su hacedor. Ya pertenecen a ese tercer mundo que proponía KP para las cosas creadas por la mente. Poco nos importa que “The Blue Boy” tuviese alguna vez un nombre.

    Salto también lo de “[…] ninguna obra, presente o futura, podrá superar el hecho artístico de los goyescos paredones concebidos por el Che”, puesto que las predicciones carecen de prudencia: la imagen de Goya supera a los fusilados de Príncipe Pío, a las firmas aprobatorias de Murat y a todos aquellos que en su momento pudo haberles realmente importado el suceso que motivó o sirvió de excusa a Goya. Pero es posible que tengas razón con respecto al presente, pues las imágenes de Abreu exigen una percepción estética y su rechazo es seguro por su supuesta convencionalidad, incluso en el espacio que consideras idóneo para su exhibición, excepto si su aprobación redunda en algún beneficio para el observador.

    Pero me cuesta saltar que no dudes que “los fusilamientos de La Cabaña eran arte y, en último análisis, arte por el arte” y que consideres a Guevara, que a fin de cuentas solo fue un simple asistente del creador, como el “artista visual” o “artista espectacular” de lo que en apariencia consideras fue pura representación. No se puede escandalizar en tiempos de desquite y la debilidad del pensamiento desestimula más que los intragables viajecitos al infierno. Eras más sugerente cuando nos hablabas de Cabarrocas, de Franqui y, sobre todo, del águila.

    • Pepe LePeu, el performance de Ángel Delgado también supera la indigestión del Período Especial y cualquier necesidad fisiológica, pero los observadores del hecho artístico, desde aquel urinario colocado en la galería, determinan el contenido y la realidad de lo observado. Por supuesto que también desde Bohr y Heisenberg –no el de Breaking Bad. Los fusilamientos de Goya, efectivamente, superan cualquier condicionamiento histórico, pero el arte imita allí un hecho espectacular, como mismo se reproduce a veces la belleza de un miriñaque o de un poodle. De ahí el vacío. El cubismo puesto en contigüidad con Guernika es política; considerado desde el punto de vista de unas putas de Avignon, es pura trigonometría. Los fusilamientos guevaristas, como las torres gemelas fulminadas por yihadistas, son arte luciferino (la frase de es Stockhausen). Guevara era un artista, un Papini en bicicleta. Hitler fue otro expresionista, émulo de Kokoshka. El valor de la revolución cubana es esencialmente artístico, siguiendo a Debord y los situacionistas, de ahí su éxito de subasta. Mi idea de colocar los fusilados en el vestíbulo de Manzana Kempinski obedece a dos razonamientos, uno estético y otro político: primero, proveería la tensión necesaria a toda obra de arte provocadora; segundo, demostraría a Juan cuán difícil es para muchos artistas dar el “intragable viajecito” y colar sus obras en las narices de los censores (Maldito Menéndez, Tania Bruguera). Es una opción, otra entre tantas. Vivimos un momento especial, una coyuntura muy particular, en la interrelación del artista y el poder hoy en Cuba, ahora que existe la oportunidad (para el exiliado viejo) de viajar y trabajar sobre el terreno. Si dedicamos nuestras vidas a la elucidación del misterio del castrismo, lo menos que podríamos hacer es reconocerlo por dentro. Hay un abismo entre la idea de Cuba que tiene Juan Abreu (o la mía antes de los viajes) y la realidad constante y sonante. Para mí los viajecitos han sido una lección de humildad. Seguramente te alegrará saber que en próximas entregas regresaré a los temas que te interesan. Gracias por tu sesudo comentario, I sure appreciate it.

  3. PepeLePeu

    Te agradezco la respuesta, aunque me deja algo alarmado. Soy consciente de que es injusto inmiscuirme en algo que es, ante todo, un codazo a Abreu, pero no puedo sino preguntarme cómo puedes decir que has cambiado de parecer después del viaje sin preguntarte antes cuál fue su efecto. No me cabe ninguna duda de que tu presencia en la isla puede haber sido muy incómoda o desagradable para algunos, como bien podría ser la de Abreu y sus imágenes, pero eso no implica necesariamente que fuese un peligro y sí un beneficio para el poder si limitaban tus movimientos a la esfera cultural. Temo, por las analogías a las que recurres, que piensas que de algún modo la cultura es tan universal como la política y como tal puede subvertirla, pero ya regresarás de Siracusa.

    En cuanto al arte, me llama la atención que te refieras tanto a los vanguardistas y no a aquellos fundadores de la atroz modernidad que, muy lúcidos, terminaron por rechazarla, como Émile Bernard o Julius Evola. Estoy convencido, por lo que he leído, que te sentirías más a gusto con ellos. Espero con gratitud esos escritos que prometes.

  4. Pepe, gracias por tu preocupación, pero no hay de qué alarmarse. Dije que recibí una lección de humildad, no que el viaje me había cambiado. Si hago del castrismo mi carrera, mi lema y mi religión, y si después de estar en lista negra, impedido de entrar a Cuba, puedo hacerlo, el regreso me lo debo a mí mismo, no a nadie más. Lo de la humildad viene de comprobar la persistencia de la dictadura, más allá de todo lo imaginado por mí, y de encontrarme con gente que ha impuesto al sistema esas llamadas liberalidades atribuidas a Raúl, a base de insistencia y valor. Los modestos cambiecitos son el producto de la resistencia de “la masa” (no boba), y no son cambios en sí, sino trozos de la realidad donde la erosión totalitaria no ha podido acabar con el tejido social. Eso es admirable. Hay muchas otras cosas admirables, pero sería largo enumerarlas. En cuanto a tu idea de limitar la esfera cultural a una especie de remanso apolítico, con acordonamiento sanitario, lamento decirte que es falsa, y que esa falsa perspectiva queda corregida con el intragable viajecito. Pensé que en algún momento el sistema acogería a la oposición, en fagocitosis neutralizadora, como mismo lo ha hecho con los gays y los bloggeros, etc. Pero en Cuba entendí que esto ya ha sucedido, en sentido contrario. El poder ha tenido que hacerse de la vista gorda con las desviaciones del canon ideológico porque sus instituciones están plagadas de disidentes –sin carnet, es cierto, sin activismo, pero con idéntica visión de los hechos, y con una discurso privado francamente contrarrevolucionario. Ya están dentro, son mayoría. No sé si esto te cause asombro o si te deje frío, a mí me impresionó mucho. En cuanto al codazo a Juan, es mucho más y también mucho menos que eso. Juan no se merece que simplemente lo codeen, o lo coceen, ni yo no me rebajaría a tratarlo con tanta ligereza. Efectivamente, Bonnard es mi maestro, en los tiempos en que fui pintor. Los retratos de JA no vienen de allá, perdona que discrepe, sino de Richter, y no los maltrato ni los descarto, al contrario, los pongo en perspectiva. Adivino que no te desagradan, a mí tampoco. El discurso que los sustenta los fuerza a adoptar un lenguaje arcaico.

  5. PepeLePeu

    Te agradezco la respuesta y quiero que sepas que no creo que tu viaje se lo debas a alguien. Creo que tu presencia debe haberle sido sumamente desagradable e incluso incómoda al poder, pero no peligrosa por la siguiente razón.

    El castrismo siempre careció de imaginación. Pienso que es o fue una implementación más y bastante descuidada, por alguna falla racional del Castro lector o colegial jesuita, del muy efectivo método moderno de control [i.e., el dominio por medio de la fuerza y la fomentación del interés individual]. Debido a sus continuas chapuzas, le tomó cierto tiempo generalizar el miedo, casi una década, pero le resultó o se le hizo bastante fácil despertar el autointerés [i.e., eso que insistimos en llamar vagamente oportunismo] en la mayoría, incluyendo, por supuesto, la esfera cultural. Fue por este medio que logró imponer la idea problemática del “progreso” (es posible también que el terreno ya lo hubiese nivelado la clase política anterior, de la que Castro fue, sin duda, un alumno más o menos aventajado). Antes de pensar en la posibilidad de un “retorno”, que no puede ser sino al instante mismo de la fundación de la República, me pregunto cuán profundamente ha marcado a la población medio siglo de política de fuerza y de autointerés, o, mejor, cuál es el verdadero legado de la revolución y si es posible, cómo puede corregirse ese legado. Es evidente que el poder ha perdido fuerza y el miedo, al menos a hablar, ha disminuido considerablemente, pero los recientes cambios o liberalidades, que bien pueden haber sido forzados por la población, no hacen sino fortalecer la política del autointerés. Espero, sin embargo, algún “black swan”.

    Me refería a Émile Bernard, aquel a quien Cézanne le prometió revelarle “la vérité en peinture”, pues observaba cierta afinidad con algunas de tus propuestas. Bernard, uno de los pioneros de la modernidad –todo y mucho le debían Gauguin y Van Gogh–, despertó muy temprano y decidió retornar al camino correcto y con ello, quedó condenado al ostracismo. Escribió mucho, pero no hay nada traducido al español, excepto su “Souvenirs sur Paul Cézanne et lettres inédites” (http://www.latorredelvirrey.es/wp-content/uploads/2016/05/1.recuerdosdecezanneycartasineditas.pdf).

  6. Pepe, gracias por lo de Bernard, lo consultaré enseguida. Perdona, las líneas se me cruzan, y leí Bonnard, o quise leer Bonnard donde decía Bernard. Respondo a lo que planteas en este comentario último, en mi próxima entrega. El peligro es relativo, pero, make no mistake, la vigilancia es constante y sin treguas. De todas maneras, con un pasaporte y un poco de dinero uno puede estar en La Habana (en mi caso) en 4 horas y medias. Eso es nuevo, no existía antes. Me gusta explotar las situaciones nuevas, ya veré si funcionan a mi favor o no. Quedarme sentado sobre las manos no es mi estilo. Hay enormes beneficios en un regreso a Cuba, y por supuesto, todas los inconvenientes del mundo. Para mí ha sido muy positivo, pero yo llevaba 37 años afuera, quizás no sea lo mismo para quien emigró hace 8 o 10 años. He actualizado los temas de mi ciencia, de mi escritura, de mi cultura, y era un deber patriótico (lo digo en broma) ponerme al día. También veo cuan despistados están mis compatriotas de exilio y que dañino es ese despiste y esa desconexión. Gracias por tu interés, y por tus ideas, que tomo en cuenta con el mayor cuidado.

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