El espacio aglutinador de Belkis Cinco Pesos

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La ciudad de las columnas, la ciudad de las soperas, la ciudad de los búcaros, la ciudad de los vasos y las tazas. La ciudad de los cisnes, la ciudad de los portarretratos. La ciudad de lo “cincuentón-cincuentón”. La explosión de una catedral. La explosión de Cuba…

El estallido de El siglo de las luces, en cámara lenta, “esparciéndose en el aire –demorándose un poco en perder la alineación, en flotar o para caer mejor– antes de arrojar toneladas de…” bustos, muñequitas de biscuit, cubiertos de plata, joyas de fantasía, “sobre gentes despavoridas” que entran en el reino perdido de Belkis Cinco Pesos.

Este es el hueco que dejó la madre de todas las bombas. Esta es la última secuela del grupo de Acción y Sabotaje del Movimiento 26 de Julio. Esta la desintegración alfa de la República. He aquí la caída y metamorfosis de Lezama en quincalla, en Kunstkammer, en gabinete de curiosidades y merolico rococó.

Si Fidel Castro fue el gorila en la cristalería, entonces el palacio de Belkis se lo debe todo a su gesta, aunque la dueña del local lo ignore. La artista anteriormente conocida como Belkis Cinco Pesos, se vuelve hacia el cliente que apunta a una mesita de caoba, y suelta una cotización muy superior a la cifra o dígito que le diera inmerecida fama: “A ciento cincuenta, cariño”. El incrédulo, con el índice en suspenso, no sale de su estupefacción: “¿Moneda nacional?” Y la damisela de la Cacharrera: “En fulas, amigo. ¡En CUC!”.

Dicen que, en los primeros tiempos, al preguntársele sobre el estilo de sus preciosos tarecos, la astuta cuentapropista solía salir del aprieto con una frase que se ha vuelto leyenda: “¿Esto? ¡Cincuentón-cincuentón!”, intuyendo, con infalible olfato de revendedora, que lo cincuentón era el estado límite de la materia, el momento en que, por así decirlo, el globo de cristal se hizo trizas en el suelo.

¿Y acaso no representa Lezama también algo de lo cincuentón-cincuentón? Aquellas meriendas de Joseíto, servidas en vajillas Spode; los cafés con leche en las desportilladas demitasses que Belkis almacena y apila; esos pozuelos Limoges que Lady B. mima, amontona y cataloga; las cucharillas que ella acorrala y codicia, ¿no son el Paradiso mismo? ¿No es este el laboratorio de una era imaginaria ahuecada por la gran explosión de los 50, evacuada, expropiada y forzada a la instantánea teleología?  ¿No es el espectro de Walterio Benjamin el que pasa por los espejos que dejaron atrás los Revilla de Camargo?

Hay que venir a Cuba para verlo: nuestras viejas visiones, tan mohosas y polvorientas como los objetos a remate. Hay que embarrarse, hay que quemarse en lo vintage, pienso yo, mientras deambulo entre las columnas de lo incunable, lo incosteable y lo maravillosamente zafio. El Big Bang, o la gran explosión barroca, nos lanzó a los cuatro vientos; pero en el palacio de la Cinco Pesos alucinamos en el Big Crunch, el tiempo que se muerde la cola.

Cómo estas “cosas-de-antes”, tan frágiles e inanes, cómo esta ménagerie contrarrevolucionaria logró salvar la distancia material e ideológica que media entre el pasado crónico y el desconchinflamiento actual, es el misterio tremendo que nos propone la instalación de Belkis. Ninguna exposición, ninguna propuesta artística en La Habana hoy tiene el mismo interés, la misma sorpresa sociológica y estética de una mansión ajena convertida en el espacio aglutinador de una advenediza.

El otro, el de Sandra Ceballos, está a pocas cuadras de la galería de Belkis, y allí vemos un show de Ángel Delgado que incluye la famosa instantánea del artista haciendo la gracia sobre un periódico Granma. Su gesto antológico, enmarcado y museable, más el papel con que se limpió y el pliego con el hueco negro donde cayó el mensaje, delimitan otra época imaginaria, con su propia explosión y su propia quincalla.

Para los jóvenes, las memorias del “Hombre que se cagó en la noticia”, según lo llamó el crítico Héctor Antón, son tan remotas como un gansito Lladró o una lámpara Tiffany. Pero lo que Belkis aglutina en su galería es pérdida y pacotilla: objetos-fetiches que, a imitación de lo revolucionario, apuestan por lo obsoleto como nueva medida de valor artístico.

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  1. Castlenest

    has dado con el rastro en vivo de Ynaca Eco Licario. Oppiano es el cincuentón eterno, veinticinco a punto de los noventa. Dromomanía insomne, caminar flanêur. Ten cuidado, bordando una de estas crónicas, el trazado te va a tejar estampado tras una vitrina habanera.

  2. Castlenest

    (sic.) dejar estampado. No creo recordar que Lezama hubiera leído a Henry James. El fantasma Oppiano/Ynaca es veneciano, no sé si alguien habrá comparado eso con las ruinas habaneras….

  3. aga

    Grandiosamente patético, mi caro Nestorius. Por cierto, un querido amigo francés, ya jubilado en Pau, me dice: “Ustedes los cubanos, cuando no saben el estilo de algo, dicen eso es ecléctico”. Alesso te abraza

    ________________________________

  4. atmariposa

    Sorprende que nadie ha comentado sobre el gran robo perpetrado a principio de la debacle. Este ‘espacio aglutinador’ es el cementerio de una desgracia, la prueba fisica de una de las vergonzosas razones ese pueblo pario la llamada revolucion: “quitate tu pa’ ponerme yo”. Belkis es Alibaba y los cuarenta ladrones con su Tabaco/penis desafiando la camara y la desmemoria. Ay! de ese maldito pais…ay de nosotros! Aullar no es suficiente.

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