‘Nadie’, de Miguel Coyula. Episodio 1

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Episodio 1. La novia desnudada por el cineasta mismo

Miguel Coyula es, quizás, el más importante artista cubano de la actualidad. Su cine de auteur descarta la objetividad discursiva y opta por la técnica pictórica del collage. La conciencia del autor es el verdadero contenido de estos objetos de propaganda. Se trata de agitprop, un cine de stream of consciousness donde la forma expresa las razones políticas.

De ahí que Nadie, su más reciente obra, adopte el formato de la entrevista. El entrevistado es el poeta y narrador Rafael Alcides. Coyula da a las palabras de Alcides tratamiento digital, apoyo de efectos especiales. Esas palabras vienen respaldadas por el considerable peso moral del hablante: Coyula usa a Alcides de portavoz –de persona, en el sentido dramático. En vez de una película basada en un libro, en un texto literario, Nadie es un documento fundamentado en una personalidad.

Asistimos a la creación de un Rafael Alcides fílmico. El poeta es actor: gesticula, agita los brazos, tira las manos al aire o se las lleva a la cabeza. Comenta su calvicie, confiesa estar más gordo y más viejo. La construcción y deconstrucción de Alcides ocurre ante nuestros ojos, en distintos planos y profundidades de campo, por distintas aperturas y enfoques.

Al mismo tiempo, su narrativa avanza en múltiples direcciones. Podemos tomar la vía del menor esfuerzo y seguir al entrevistado por los recovecos de sus confesiones. Enseguida la biografía entronca en la Historia. Por ejemplo, el tema de la “alfabetización” irrumpe como reminiscencia, lastrado por la emoción, apriorística y acríticamente. En vano buscamos, en el estimado de Alcides, la menor suspicacia, la más simple perspicacia ideológica. Quizás sea otro el tema bajo escrutinio: la ingenuidad de los tiempos heroicos, cuya pérdida lamenta el poeta, la misma inocencia que llevó a su generación a la ruina, y que permanece intacta 58 años más tarde.

Coyula aísla ese objeto extraordinario, lo coloca en un marco de referencias audiovisuales. La inocencia es la virgen en el pórtico de alguna catedral antigua, rodeada de profetas y monstruos. A pesar de todo, ha quedado un residuo, una perla no deformada por ulteriores desencantos. La inocencia revolucionaria es inmodificable. ¿Por qué? Porque, para Rafael Alcides y los veteranos de aquellas batallas, la Revolución fue, y sigue siendo, una creencia.

Es un hombre de fe, nada menos, quien relata la visita a una puta “en un bayusito detrás del cine Astral”. No importa cuánto tiempo pase, no importa cuánto discrepe de la realidad su épica: el recuerdo de la ramera permanecerá eternamente inviolado. Entendemos que no se trata de la “pura verdad”, y que Alcides nos sirve otro mito urbano, otra leyenda juvenil. Se regodea en los detalles morbosos, en la extrañeza del mundo clásico, el mundo bizarro republicano.

Finalmente, el joven poeta regresa a la buhardilla y se “hace una paja”, mientras que el bardo avejentado nos deja mirar, por el hueco del cine, su paja mental. Es la misma paja del joven Martí, en la insufrible falsificación histórica de Fernando Pérez: una masturbación ideológica.

Antes y después del acto, la reputación de Alcides permanece intacta: él creyó. También su hombría queda confirmada por las hazañas de juventud. La inocencia es la cabeza de bronce en los extremos de un librero: mantiene en orden las obras completas. El sexo amistoso y sin intercambio de peculio es expresado por el narrador con un chiste freudiano: se trató de “relaciones democráticas”. (La democracia y la prostitución, ¿habrá un tema más subliminalmente castrista?). Llegada a este punto, la República hace mutis por el virgo. Alcides desanda el conducto vaginal de la moribunda llamada Cuba, de la misma manera que, en Habla con ella (Almodóvar, 2002), el personaje de Benigno se pierde en las interioridades de Alicia comatosa.

Es el hueco del conejo y el cuento de la buena puta.

Del otro lado de la conejera

“Pasaron los años y un águila por el mar”, dice Alcides, exhalando un suspiro. Después define esa medida de tiempo con otro tópico criollo, “¡20 años!”. La cuestión einsteniana, que he discutido en otro artículo, debería ser parte de cualquier acercamiento a nuestra Historia del último medio siglo. Todos los sistemas (sociales) cubanos anteriores fueron sistemas inerciales en reposo: solo la “revolución”, por su misma naturaleza dinámica, es un sistema en movimiento uniforme. Vista desde el tren en marcha del castrismo, la República se encoge, sus relojes se atrasan.

Es la razón por la que Alcides, haciendo fast forward, pasa un día cualquiera por el Instituto del Vedado. Lo llaman, y se vuelve, en respuesta a una pregunta de alguien situado a sus espaldas. En el mismo instante, una muchacha que camina delante de él, lo interpela. A pesar de las libritas y la calva, la chica lo reconoce. Alcides recuerda su nombre, pero, por pudor, no se atreve a decirlo en cámara. Casi lo suelta, como un pájaro a punto de alzar vuelo, y vemos el esfuerzo, la energía emocional que debe encontrar salida por algún lado: los ojos del viejo se anegan.

Ya no era “una sílfide”, comenta el rapsoda, con un nudo en la garganta. De cualquier manera, exclama: “¡Muchacha!”. Se saludan, conversan brevemente, y él le cuenta que ahora trabaja en el Instituto Cubano de Radiodifusión, ICR. Ella señala el Instituto del Vedado: “¡Yo trabajo aquí!”. Del bayú al instituto; del relajo al orden. Estamos metidos en alguna valla de Raúl Martínez, los colores tempera son de arte pop: la maestra y el escribidor nos miran, coronados de flores, mientras en el cielo revolucionario, el Che, Máximo Gómez, Camilo y Fidel iluminan la escena con sus amplias sonrisas.

Los roles se intercambian. No es Mesalina la que toma la palabra y dice el parlamento que sigue, sino aquel antiguo cliente satisfecho e impecune. Es Rafael Alcides el que confiesa: “¡Me sentí pagado!” ¿Pagado de qué? Pagado con creces, por su tesón, por su creencia. Valió la pena: el valor es la clave. “¡Qué cosa tan linda esta Revolución!”, exclama, retrospectivamente.

Así perdemos la noción de lo que pudo haber sido, de lo que pudo haber pasado en esos 20 largos años que son como un soplo en los labios de Alcides. El poeta habla del intervalo relativista como si se tratara de un sueño, de un viaje al espacio astral. Mágicamente, la puta se transmuta en maestra y alfabetizadora. Hecho añicos en la acera del Instituto, crepita el mundo paralelo de la Cuba que no fue, la proyección y extrapolación de la república dorada, la gran sociedad, nuestra cultura en despegue. El constructivismo, la salud, la vivienda, el progreso, los abultados per cápita de teléfonos, televisores, radios y automóviles, el consumo de carne, leche, mantequilla, es decir, los datos constantes y sonantes, caen de rodillas ante “lo bonito”.

El primer episodio de Nadie se titula Las cosas bonitas, porque Rafael Alcides quiere hacernos creer que la Edad de Oro no quedó varada en el “más allá”, como Citera o Paradiso, o como unos zapatos rosas debajo de una campana de cristal, sino que empieza en la época heroica, en el Año Cero fidelista, en el absoluto “más acá”, el momento glorioso, ceremonial, en que “el pueblo” le entregó el corazón a Fidel.

El fidelismo es un cristianismo: un corrimiento de las cercas históricas.

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