‘Ya no es antes’ de Léster Hamlet: dos nuevos pánicos

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Hay más de un encontronazo en Ya no es antes, la película de reencuentros del director Léster Hamlet. El reencuentro es un género universal que el cine cubano hizo suyo, y Léster llega a él por la vía de Weekend en Bahía, del dramaturgo Alberto Pedro, un clásico de los 80.

La distancia entre Cuba y Miami, o entre La Habana y La Yuma, se vuelve tiempo, los viajeros son cosmonautas de un periplo relativista: uno debe regresar avejentado; el otro puede haber rejuvenecido. En este caso, es la obra de teatro la que se puso vieja, mientras que la película de Léster Hamlet avanza hacia un lugar sin límites.

Ya no existe el tipo de reunificación que estudia la pieza de Alberto Pedro, su trama fue plausible hace tres décadas. Es necesario, entonces, recurrir al metadrama y Léster pudo haberse quedado ahí, cómodamente, en la eterna juventud de la parodia. Pero pronto entendemos que Ya no es antes es una película ambiciosa.

Las cosas suceden con aparente naturalidad, pero el resultado es la ruptura con el naturalismo y la entrada en el grotesco cubano. Hablo del naturalismo que viene dado por dos actores con brillantes carreras, dos que traen a este filme sus leyendas. Quienes se encuentran en pantalla son los adolescentes de Clandestinos (1987), del director Fernando Pérez. El naturalismo es inescapable, y Léster nos los impone como obstáculo.

Los espectadores mayores de cincuenta años van al reencuentro de sus ídolos. El fin de semana de Alberto Pedro es solo un rodeo para reencontrar las viejas ansiedades. Ella es Mayra (Isabel Santos); él es Esteban (Luis Alberto García). Ella viene del Norte, y él se quedó atrás, en Cuba. Todo hace creer que nos encontramos en territorio seguro, otra pieza de repertorio.

Entran a un apartamento Pastorita, o un clásico hábitat de microbrigada. Se han dado unos tragos, están contentos de haberse tropezado. Caen en los consabidos recuerdos. Pasamos revista a memorias familiares (¡un casete de Álvarez Guedes!), y casi sin quererlo posamos los ojos en los labios de la leyenda, deformados por el horror miamense: Mayra es Miami, la hinchazón botulínica de la ausencia y el exilio. Abre la boca y su voz es un ronquido: el ruido de la distancia atravesada.

Esteban es borracho, tiene a una hija de un viejo matrimonio, conserva intacta la habitación de la niña, decorada con estrellitas y arcoiris. Hay también una enseña del equipo de los Industriales. Tocan en un aparato antiguo Marilú, de Los Van Van. En una esquina, un refrigerador Haier. Por encima del abismal trasfondo planea la máscara de Isabel Santos, vacunada de Botox. Ella sobreactúa, es falsa, se siente incómoda en su piel y en su papel. Él está constantemente al borde de las lágrimas, es todo emoción y verdad. Luis Alberto, el actor, es mucho más trágico que el Esteban del guión, y si sentimos lástima, no es de su personaje, sino de él.

En algún momento, los ex amantes se van a las manos; después hacen café y fuman cigarros. Ella lo llama “comunista de mierda”; él le grita “gusana”. Él cree que “la compañera es republicana”; ella le aclara que “la señora es demócrata”. Esteban y Mayra son la versión actualizada de los dos viejos pánicos. Hay algo de teatro del absurdo en la puesta de Léster, en la claustrofobia socialista de los palomares, un eco lejano de ¿Quién le teme a Virginia Woolf?. De tanto escuchar “¡Ahí viene el lobo!”, sus personajes terminaron por no creer en nada, y parecen haber perdido hasta el sentido del desastre. Nada describe mejor a la Cuba de hoy que la suspensión de la credulidad.

Ya no es antes exige esa suspensión, ese hiato entre lo natural y lo aberrante. Hay una escena macabra en que Mayra casi logra que Esteban haga un strip-tease mientras en la radio suena una canción de Los Yoyos. En algún momento de borrachera, entonan Un rubí, cinco franjas y una estrella… Entonces la nostalgia cae en la crueldad, y el costumbrismo en la monstruosidad, mientras el director Léster Hamlet se remoja la cabeza y susurra: “¡El horror, el horror!”

Su “ya-no-es” parece una puesta en abismo, deconstrucción del cine. Desde ese “antes” ya no hay vuelta posible a la actualidad.

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