‘Santa y Andrés’: todo lo que siempre quiso saber acerca del Quinquenio Gris y tenía miedo de preguntar

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“¡Yo tiré huevos… y tú también!”

Estoy casi seguro que si la policía viniera a buscarme y me arrancara de la luneta del teatro Trianón, donde fui a ver el Harry Potter de Carlos Díaz, nadie levantaría un dedo para impedirlo. Eso debo tenerlo clarísimo. La cobardía permanece intacta: es el mismo temor de la época en que me fui, y me resulta tan familiar como cualquiera de los parientes que he vuelto a ver.

Los artistas viven aterrorizados, encerrados en sus estudios, en sus talleres, y son incapaces de solidaridad. A veces protestan tímidamente en los medios de prensa oficiales o en distantes campañas de Internet, pero no te darán un Like si éste pudiera ser malinterpretado por la policía cibernética. En Cuba, todo el mundo se cuida, y el miedo no constituye un verdadero problema, la gente no lo considera inadmisible.

Por otra parte, la disidencia es un rumor lejano, algo que sucede en otro plano, en otra platea, en otro planeta: algo a lo que no tiene acceso el espectador común. Que El Sexto y Oscar Biscet hayan ido otra vez a la cárcel los tiene sin cuidado. La disidencia es un asunto para las páginas de Diario de Cuba. Por eso los censores tienen pánico de Diario de Cuba, y amenazan a los artistas con relegarlos a esa comarca cibernética, como si se tratara de Siberia.

La disidencia es un evento local que ejerce una influencia momentánea en un área muy restringida. La valentía de la disidencia se centuplica en el vacío: hay que tener cojones para seguir insistiendo, para seguir arando en la maldita circunstancia.

En cuanto a la otra Historia –la historia oficialmente contada– se repite en círculo, en un loop monótono, por todos los medios y por todos los canales disponibles: mártires, asaltos, tiroteos, huelgas, manifestaciones, sindicatos, guerrillas. . . Es la época de Batista glorificada hasta la náusea. Se conmemora obsesivamente la edad en que todavía el pueblo podía levantarse en armas y cambiar el gobierno. Por eso el Partido insiste en que no hay marcha atrás: cualquier retroceso, en Cuba, significaría un salto adelante. El castrismo mitifica el batistato y las libertades del período romántico, que aún permanece intacto en pantalla.

La televisión transmite un interminable martirologio, una fiesta móvil de santones castristas. La retahíla de muertes, torturas, emboscadas y delaciones se remonta al machadato, pero se desentiende de la actualidad. La televisión cubana es alarmista y patibularia, y poder resistirla, aún en la proximidad, o permitir a los niños mirarla, exponernos y exponerlos a ellos a ese bombardeo, al mal gusto y la distorsión rampantes, requiere la suspensión de las facultades críticas. He ahí la bajeza del cubano moderno: someterse a la propaganda. Todo lo que diga Juan Abreu es poco: Cuba es mucho más nauseabunda de lo que él imagina.

Para sustraerse a la vacuidad de la matraquilla, a la más cruda desinformación, el cubano ha inventado “el paquete”, aunque tampoco de ello saca conclusiones políticas, sino que más bien se ríe de su desgracia. El hecho de tener que conseguir un terabyte de memoria donde almacenar el entretenimiento que le escamotean los mismos ministros, profesores y funcionarios con que tiene que codearse a diario, no lo empuja a la acción, ni siquiera lo mueve a escándalo.

Los cubanos viven en contradicción permanente, regodeándose en las chistosas incongruencias de la dictadura. El darwinismo social creó, de esas circunstancias extremas, un ser indiferenciado, insensible y mañoso. El nuevo tipo de indiferencia ha contagiado a latinoamericanos, gringos y europeos por igual: son los turistas que miran la desgracia desde sus almendrones, o van a hacer la cola de los mercadillos, solo por divertirse.

Los jóvenes de los programas de estudios en el extranjero tampoco ven contradicción alguna en que los padres de una niña de tres años le ayuden a repasar los eventos de la vida de Fidel para un acto cívico que tendrá lugar el día siguiente en un círculo infantil, mientras en el televisor plasma que trajo un tío de Miami pasa el popular programa Caso Cerrado. Es apenas otro de los absurdos que impone el Estado, como mismo impone el medio luto o la cerveza Bucanero. Las contradicciones del castrismo son inescapables, y los cubanos no son Houdini.

Je suis Fidel

Hay otro tipo de injuria, no menos ubicua. Según dejó dicho Raúl, el Líder no quiso bustos, estatuas, ni el nombre suyo adosado a ninguna institución. Sin embargo, a raíz de la muerte, las pancartas afirmaban que ¡Todos somos Fidel! En cada muro vacante, en cada fachada y en cada entrada de empresa, siguen grabadas, en grandes letras, las simplezas que expresó en sus discursos este hablador pertinaz, cuya moralia mínima es la moralina que alimenta al rebaño.

Algún día habrá que compilar un catauro de castrismos. Recordemos, al vuelo, por lo menos dos: mariconzón y escoria. Hay muchísimos más. Queda pendiente un estudio completo de semiología castrista, una etimología oficial. Yo imaginaba, caminando por El Cerro, los prolegómenos de una ontología fidelista. Pues, si a partir de su muerte todos fuimos Fidel, entonces el no-ser habría parido en Cuba al ser. Se trata de otro caso (cerrado) de ontogenia dialéctica. Ahora Shakespeare y Heidegger quedan puestos de cabeza.

Ese último epigrama fidelista, ¿era otra ocurrencia vacua o encerraba algo profundo? ¿Acaso era Fidel capaz de profundidad?, me pregunté, debajo de la gigantesca valla. Consideremos algunas frases debidas al Líder, del tipo: “El futuro de nuestra patria tiene que ser necesariamente un futuro de hombres de ciencia. . .”, una consigna abstrusa si las hubo; o aquel “Revolución es construir”, pronunciado delante de los escombros. Al abarcar Fidel el ser absoluto, la fecha, el momento, el minuto de su defunción señalarían el principio de una nueva ontología.

Ahora Fidel saltaba de ser en ser, del ser al ser (todos somos Él) como esas peloticas que rebotan encima de las letras de una canción. Fidel, el Conquistador de la muerte (Hic Mors, hic salta!), es el único hombre –die letzte Mensch– que conoció la alegría del ser infinito, del ser saltarín.

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‘Santa y Andrés’: todo lo que siempre quiso saber acerca del Quinquenio Gris y tenía miedo de preguntar

El caso de la película Santa y Andrés se convirtió en La Habana, en los días del último Festival de Nuevo Cine Latinoamericano, en una causa célebre. Roberto Smith y Fernando Rojas expresaron públicamente su desacuerdo con que la obra de Carlos Lechuga fuera parte del programa. ¡Demasiado pronto!, argüían. El cadáver del Jefe todavía estaba caliente, ¡y ya se lo responsabilizaba de los peores crímenes!

El método empleado por la oficina del censor continúa siendo el mismo de hace 57 años, cuando lo del affaire ‘PM’. Se convoca a una proyección –o a varias puestas preventivas, en el caso de Harry Potter: se acabó la magia–. Asisten escritores y artistas oficiales, rehabilitados y semioficiales. Se les presenta la prueba –la obra en cuestión– para ser considerada desde la perspectiva castrocentrista. Finalmente, se emite un juicio.

El “método” ha demostrado ser resistente al paso de los años, y los participantes de las jornadas de censura son siempre los mismos. La ideología, sin embargo, va cediendo terreno. Es importante notar el cambio: ahora puede decirse casi todo, o puede insinuarse, artísticamente, casi cualquier cosa. La aprobación o desaprobación de un autor o de una obra dependen del capricho de manipuladores, no de la brutalidad del Líder. El absolutismo está dando paso a una crisis de democratización.

Queda una única regla, que es más bien un atavismo: no meterse con Fidel; jamás poner en duda la historia (el cuento) del Líder. La diversidad de puntos de vista que impone el capitalismo feroz barrerá también con esa regla en un tiempo no muy largo. Los artistas de la transición, de la retardataria Perestroika cubana, serán los últimos en padecer la humillación de las purgas y los chantajes. Por eso, si no por otra cosa, la película de Lechuga ocupa un lugar histórico en la cinematografía criolla. Marca un momento de ruptura.

¿Quién es Andrés? Parece ser un personaje libremente basado en la figura del poeta Delfín Prats. Los censores insisten en que Delfín nunca fue censurado, en que ni él ni nadie fue a la cárcel por sus ideas o sus obras. Un viaje al extranjero puso a Carlos Lechuga en contacto con algunas figuras de la generación del Mariel. Oyó el otro cuento, de labios de personas reales que habían ido a prisión y que conocían de primera mano los casos de Delfín y Reinaldo Arenas. La regla de no poner en duda la historia del Líder afronta hoy dos tremendos obstáculos: primero, la nueva posibilidad de viajar (incluso en el tiempo) y de entrevistarse con expatriados y siquitrillados: es decir, de conocer la historia oral; y segundo, la existencia de los archivos de las víctimas, es decir: la Historia herética.

Andrés, ese hombre melancólico, un sabio melindroso y taciturno, decide retirarse a la montaña: hasta allí lo sigue el G2. Se aproximan las fechas de un Foro por la Paz, y a la compañera Santa, trabajadora vanguardia de una vaquería, le ha sido encomendada la tarea de mantener al disidente dentro de los límites estrictos de su bohío.

La ironía del foro pacífico, contrastado con la guerra intestina que ocurre en secreto, a espaldas de los participantes en el magno evento, tiene las trazas de una alegoría. Es la misma situación de los jóvenes artistas (Lechuga nació en el 1981), a quienes se les escamoteó la verdad de la guerra civil. En la versión castrista de los hechos, hubo una sola guerra, la de ellos, que se extiende hacia el pasado, hasta José Martí y más allá, y que concluye tajantemente en el 59. Los funcionarios del Ministerio de Cultura son los salvaguardas de ese puente roto hacia el futuro. Están ahí, igual que Santa, a caballo en sus taburetes, empeñados en impedir la irrupción de lo nuevo, en cortarle el paso a la realidad.

El personaje de Andrés, actuado con gran pericia por Eduardo Martínez (anteriormente del grupo El Ciervo Encantado) es un arquetipo. Escribió hace tiempo una novela que lo llevó a la cárcel y ahora guarda sus manuscritos en el excusado. No pude evitar verme reflejado en Andrés, y me sorprendieron las coincidencias entre su historia y la mía: también yo había guardado mis manuscritos en un excusado. Allá abajo, en una lata de galletas, estaban las copias de los poemas por los que fui a la cárcel. Los policías requisaron el baño, pero mi casa tenía, además, un retrete que ellos no vieron. Décadas más tarde pedí a un amigo que fuera a esa casa y registrara la letrina: ¡me informó que los ratones se habían dado banquete con mi obra juvenil!

En cuanto a Santa, se lleva el ‘Néstor’ a la mejor actuación femenina del año, tal vez de la década. Si este es el testimonio del entrenamiento de actores de El Ciervo Encantado, entonces, de alguna manera, la latitud humana del papel de Lola Amores es un homenaje a dos extraordinarias creadoras: Nelda Castillo y Mariela Brito. El dilema de Santa es el dilema de Cuba, es el alma de la patria en la encrucijada, y Carlos Lechuga ha sabido ponerla allí y obligarla a responsabilizarse por sus actos. Los villanos del G2 fuerzan a esta mujer humilde a participar de un apedreamiento. Que el apedreamiento ocurra con huevos tiene graves connotaciones semióticas, vale decir: ováricas.

El hombre del G2, un jenízaro genérico y una vecina delatora, enarbolando banderas, aparecen a las puertas del bohío, en busca del manuscrito perdido de los arenistas. Cargan entre todos una cesta de huevos. La sola mención del huevo es políticamente problemática entre cubanos (“¿Quién tiró huevos? ¿Quién no tiró huevos?”). El huevo viene a ser el Humpty Dumpty de la Revolución Cubana: lo que se rompe con un huevazo no tiene arreglo, ni todos los hombres del rey podrán repararlo jamás.

Los castristas entonan el maldito himno nacional, que es ya casi un reflejo incondicionado. El mismo Andrés lo sigue, repite esas estrofas embarradas por cuanto crimen se ha cometido en nombre del terruño. La bandera desplegada es otro símbolo fascista, ondea hoy en todos los balcones, en todos los portales, y dondequiera que se desee denotar apego a lo atávico y reaccionario. Los policías gritan la nueva consigna de la chusma: “¡Viva Fidel!” y Andrés, abusado y vejado, responde con un timorato “¡Viva Martí!”, que ya provocó la acusación de maniqueísmo en contra del director, por parte de las autoridades culturales, en los momentos en que se impulsa la idea de la transubstanciación, o la identidad fidelista-apostólica.

El segundo acto contiene la exquisita escena del bar, cuando Andrés ve entrar al Mudo, su brutal amante (César Domínguez, el actor de Teatro El Público, en otra magistral actuación), en compañía de un delicioso personaje, una loca vieja de melena blanca que es la sobreviviente del pasado, un gnomo en el palacio de las blanquísimas mofetas. En esa escena está concentrado todo el peligro, el absurdo y la promesa de la Cuba actual.

Carlos Lechuga ha creado una obra de arte, el más peligroso artefacto político. Los censores lo advierten, y es en tanto “arte” duro que resienten su presencia. Nada que objetar a Cuatro estaciones en La Habana de Padura y Viscarret, pues solo lo auténtico provoca la envidia del esbirro.

En el tercer acto Andrés abandona la isla. Espera por el bote que lo lleva al exilio, como a tantos otros antes que él, mientras Santa le dice adiós desde los arrecifes. ¿No es la manida circunstancia del norte por todas partes el sueño fidelista realizado? ¿De qué se quejan los censores? Estábamos, Esther María y yo, viendo Santa y Andrés en la cama de Lechuga y de su mujer, Claudia Calviño, la cama que había sido de Elena Burke y que ahora era una balsa, otro medio de escape. En toda La Habana ni un solo cine se atrevía a mostrar la película más importante de la década.

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Viendo ‘Santa y Andrés’ en casa de Lechuga y Calviño

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