Harry Potter: se acabó la magia, o el teatro de la post-revolución

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Imaginar a un espía que entra a un teatro cubano. Viene acompañado de su amante, no quiere ser visto, escoge una butaca en el rincón más oscuro de la sala. Un espía condecorado, héroe del Partido, un hombre influyente. Mira la obra, una farsa política, y al final, lamenta: “¡Si este es el estado actual de nuestro teatro, señores, estamos muy jodidos!”.

Imaginemos que el espía pinta (digamos que acuarelas), imaginemos que tiene ambiciones artísticas. Sus obras son cotizadas entre los culturati fidelistas. En los pasillos de los teatros habaneros se rumora que el espía –espiado él mismo por los actores– podría ser el próximo Ministro de Cultura.

Imaginad a una funcionaria que expide permisos de viaje. Una pesquisa de la policía destapa en su despacho ciertos detalles comprometedores: trasiego de visas; falsificación de documentos; contrabando de influencias. . . La funcionaria es separada de su puesto y acusada, nada menos, que de… ¡tráfico de personas! ¿Quién la sustituirá en el cargo? Nadie sabe. Corren los más descabellados rumores. Algunos sospechan que el hijo del Indio Naborí, y no el espía, será el próximo Ministro. Se barajan nombres: el del gemelo diabólico de cierto historiador expatriado; el de la nieta monga de un comandante. . .

Si me dejara arrullar por las tonadas de las charangas tropicales mientras saboreo un capuchino hecho con leche en polvo en los portales de alguna ruina oficialmente remozada, jamás me enteraría de las zozobras del mundillo artístico. Entro al mismo teatro: en las lunetas vecinas, la plana mayor de la cultura cubana mira la obra que provocó el comentario del espía. Son funcionarios encargados de controlar situaciones difíciles. Ellos no trafican en habanos y tocororos, sino en bienes culturales, productos frágiles, costosísimos, por lo que deben andarse con cuidado. Ahí está el ejemplo del anterior Ministro de Cultura. Un comentario inconveniente le costó el puesto. La gente lo evita.

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En Cuba se habla en absolutos: el Festival, el Teatro, el Cine, la Literatura. No hay alternativas: ni otros teatros, ni otros cines, ni otros festivales. Aquí se tiene todo o nada. Y cuando se tiene, tampoco se gana. Lo que se haga, se hará por la gloria, por el aplauso del público.

La gente se queda aquí y no se va, solo para dedicarse al lujo: el lujo sibarítico de entregarse en cuerpo y alma a lo que se ama. Pero hay costos ocultos. El precio es alto. Hay que saber pagarlo, hay que aprender a resistir. La lucha es intestina, como todo lo demás en Cuba: se trata de autoagresión. An inside job. “El bloqueo es interno”, suele suspirar la gente. Eso se sabe. Imaginemos una especie de virus de inmunodeficiencia adquirida, pero a nivel social, cultural, estatal. El cuerpo político se agrede a sí mismo. Hay sadismo; también sadomasoquismo. Hay automutilación deliberada. Falta algo, siempre debe faltar algo. El arte refleja esa carencia, se regodea en la miseria.

El Maleconazo no se enseña en las escuelas cubanas. Es un evento que sucedió en 1994 –el 5 de agosto, para ser precisos–, hace exactamente 22 años, la edad aproximada de los actores de la última obra de Carlos Díaz, Harry Potter: se acabó la magia, con libreto de Agnieska Hernández. Los jóvenes tienen con ese evento la misma relación que un cincuentón con el puente sobre el río Kwai. Les suena. Si alguien lo silba creerán haberlo oído en alguna parte. . . No debemos perder de vista esa distancia, esa ignorancia. Asumimos en el Exilio demasiadas cosas.

Porque tampoco se enseña el Maleconazo en las clases de historia latinoamericana en California o Minnesota. Los claustros de las universidades y las secundarias son antros de guevaristas. En Wikipedia se le dedican dos líneas al asunto. Sin embargo, ese mamotreto, esa antigualla ideológica, se imparte en el Colegio Hogwarts de Magia y Hechicería, un plantel levantado sobre un escenario de El Vedado para instrucción de la juventud y edificación del pueblo.

Teatro El Público retoma el mito de Harry Potter en una ciudad donde se acabó la ilusión. Después de cada huracán y de cada desastre, La Habana es consuetudinariamente invadida por orientales. Fidel Castro fue uno de esos orientales: el ciclón del 26 lo arrojó a las puertas de la ciudad. Bertolt Brecht leyó en Berlín la noticia de aquel ciclón, que pasó también por la Florida, y escribió una obra sobre la apoteosis y caída de Miami –que luego sería Mahagony: “Tenga en cuenta, señor, que una chica no puede vivir con treinta dólares. No alcanza ni para comprar medias. Soy de La Habana pero mi madre era blanca y bien nacida. . .”, dice Jenny, la prostituta brechtiana. Así, noventa años más tarde, La Bayamesa de Carlos Díaz exclama: “¡Soy bayamesa, y qué!”. También ella compra baratijas chinas en La Cuevita para revenderlas en la provincia. Sus condiscipulas la tratan de guacha bruta y ente agrícola.

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La Bayamesa

Esa Habana sincrética, colonizada por elementos foráneos, por policías cayucos y guajirongas en lycra, la morralla de la lejana provincia Granma, es el espacio en que se mueven los personajes de Díaz. Los chicos reciben instrucción bajo la tutela de lo que Martha Luisa Hernández Cárdenas describe, en el programa de mano, como “maestra, teacher, sindicalista, presidenta, delegada, profe o guía”, y que a mí me recordó a La Señora, jefa del prostíbulo donde aparece Cobra en la novela homónima de Severo Sarduy.

El actor que lo encarna es César Domínguez, astro de los escenarios habaneros, y digo que si la educación artística castrista puede formar un actor de su estatura, entonces deberán perdonársele todos los errores. César Domínguez tiene un rango dramático monstruoso, y Harry Potter gira rabiosamente alrededor de su campo gravitacional: he aquí una estrella que mantiene en órbita cada uno de los elementos discursivos, alguien que ejerce una influencia hipnótica en el público.

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El actor César Domínguez

César no es una excepción: cada actor del elenco de Harry Potter es extraordinario. Se trata del grupo de graduados de la Escuela Nacional de Teatro. ENA, en la Especialidad de Actuación del año 2015, y aunque ellos no lo sepan, esa graduación y esa obra marcan el fin de la ilusión artística revolucionaria. Los misérrimos salarios, la feroz competencia, el maldito paquete, la economía de mercado, la emigración desaforada, el turismo norteamericano, la nefasta influencia de la academia gringa en los asuntos internos cubanos, darán cuenta de la magia que aún queda en los escenarios cubanos.

Los funcionarios y los espías están en posición de evitarlo, de suavizar el golpe. Hablan de ello, lo discuten en asambleas improductivas, pero no hacen nada. Son vagos, aprovechados e inconscientes, no protegen los logros (¡sí, hay logros, pero a pesar de ellos!). Están dedicados a la defensa de la memoria de un muerto-vivo, y han decretado una cultura de medio luto, un velorio a perpetuidad por el fin del castrismo mágico. La política, como todo lo otro en Cuba, marcha a la zaga.

Después de ser considerada desde cada ángulo estético e ideológico por la oficina de un censor que es, además, consejero áulico, parlamentario y novelista estrella de la generación de las Recogidas, la obra se estrenó en diciembre, en el teatro Trianón, con gran éxito de público. El monólogo de La Bayamesa arranca aplausos de la concurrencia, todas las noches. La pieza abre con una discusión semiótica de la frase “A cagar albañiles, que se acabó la mezcla”. Martha Luisa Hernández Cadenas habla de “un texto-proceso-documento nutrido por la experiencia personal de cada adolescente, la experiencia colectiva de cursar estudios de actuación en la ENA”, algo que “no solo involucró a Agnieska Hernández a iniciar una escritura testimonial, en especie de laboratorio”, sino que incluyó también elementos “tomados del biodrama, la autobiografía y la autotematización”.

A las preguntas sobre por qué se acabó la mezcla, o sobre si gastar el dinerito (que manda el padre desde el Norte) en un par de zapatos o en cualquier otra cosa, o si la patria pereció en un accidente de tránsito, o si sobrevivió, o si lleva en su pecho a La Bayamesa, o acaso un corazón de elefante angolano, se le dan múltiples respuestas. Pero la arenga de la “maestra, teacher, sindicalista, presidenta, delegada, profe o guía” lleva una definitiva carga política, imbuida de una fuerza capaz de erizar los pelos al espía de la última luneta. Esa mujer-hombre-animal-de-cloacas raja un olímpico “¡Pingaaaa!” que es un grito de guerra y un aullido de amargura. Viene con la jabita de Cubalse de rapiñar tubérculos, un trozo de carnepuerco, unos granos de arroz para sus negritos. Está de vuelta de todo, ¡a ella que no le vengan con cuentos!

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Entonces llega el jalón de la cadena: “¡Cómo sería ver desde el balcón de Palacio a mil, diez mil, cien mil personas desesperadas montándose en balsas! ¡Qué sentiría el Monstruo contemplando el Maleconazo desde el balcón de su Palacio!” Omitido queda eso que los gringos llaman “el elefante en la habitación” (The elephant in the room) y los cubanos “el mono”. Que el Maleconazo sea un tema seguro, que venga a ser parte del canon, da la medida de la presente situación política en Cuba, confiere perspectiva. Otra vez Martha Luisa Hernández Cadenas explica: “La primera idea de la obra nació de un cuestionario. El cuestionario era privado. Al cuestionario, los jóvenes estudiantes de actuación, prometieron responder con la verdad”. Entonces da ejemplos de las preguntas: “¿Te quieres ir o te quieres quedar?” “¿Se acabó la magia?” “¿Hay que volverse mago?” “¿Irte de vacaciones al capitalismo?”

Téngase en cuenta que la verdad a que se refiere la ensayista no es ya la del Hombre Nuevo –la Gran Verdad– sino la del koonsiano hombre Pre-Nuevo, una certeza negociable. Por eso los ibeyis hacen travesuras en escena: dos negritos en blackface que cocinan el hígado de las norteamericanas jefas de departamento de estudios culturales de visita en La Habana. Aquí, verdaderamente, black lives matter, porque en Cuba se trata siempre de la magia negra.

La Señora, la Patria, la Gran Dramaturga, la guamampola-pinga-dulce-multicolor-kandy-pussy-sicodélica-verdeolivo-fosforescente, derrama una lagrimita, y es ya el Maleconzón o el Mariconazo, último transformer. Acá abajo, la lucha: de clases, darwinista, africana, trangénesica, elefantina, nacida de las guerras de Angola y Etiopía. Allá arriba, Fidel y sus mutaciones: supergay, oriental, transmigrado, varita mágica y cajita vacía. Los animales sagrados son el fruto de sus experimentos erróneos. Harry Potter termina en una gran charanga de Bejucal, al estilo del primer Carlos Díaz.

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