Segundo viaje a Cuba. Santo súbito. La picazón del noveno día. Castro ecuestre.

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Cuando llegué a Cuba todavía la gente estaba traumatizada por los nueve días de duelo castrista. Cuando salí de Cuba, el pueblo lloraba la muerte de la Ley de Ajuste Cubano.

Era invierno. La brisa de los nortes hacía que la vida pareciera un poco menos cruel. La gente hablaba de un frente frío, que consistía apenas en un vientecito, chubascos ligeros y cielos encapotados. Las tareas de albañilería y pintura fueron menos arduas en ese clima. Indiscutiblemente, uno solo debería viajar a Cuba en invierno.

En cuanto al duelo: se decidió que también la muerte del tirano cayera en noviembre, a fin de evitar el verano, que caldea los ánimos. La llegada inminente de Donald Trump a la Casa Blanca selló la suerte de Fidel Castro, precipitó su final. El viejo revolucionario hubiera sido un grave impedimento a las difíciles negociaciones que se avecinaban. Sus albaceas resolvieron desconectarlo y el desenchufe se hizo coincidir con las elecciones presidenciales norteamericanas –las elecciones de más consecuencia, dicho sea de paso, de la historia reciente norteamericana y, por ende, de la cubana.

Me es imposible referir aquí en detalle las angustias del pueblo en aquellos nueve días. Al llegar, dos semanas después, era todavía el único tema del que hablaba la gente. Se repetían obsesivamente los cuentos de esas infaustas jornadas, mil anécdotas y chistes macabros. “La novena” había quedado grabada con fuego en el inconsciente colectivo.

Un par de ejemplos: alguien en el Malecón oyó a un negro obrero, entre las filas de los que venían a ver pasar el féretro, exclamar, casi automáticamente, “¡De pinga, asere!”, a la vista del jeep que remolcaba la cajita. Esa exclamación resume el sentir del público y significa, a un tiempo, “¡Se partió!” y “¡No puede ser!”, emociones situadas a medio camino entre la jodedera y el alivio.

Se compró cerveza de contrabando y no faltaron las festividades discretas. Al siguiente día, durante las finales del Barça contra el Real Madrid, se escucharon gritos de “¡goooool!” que salían de los balcones. “Había silencio, pero había fútbol”, me contó alguien. Fue entonces que llegó al Cerro la noticia de unos muchachos balseros del barrio del Canal que se habían ahogado. Hubo auténtico luto más allá del luto oficial.

Para la Nochebuena, el reguetón dominaba las azoteas. Un toque de santo tronaba en el callejón de Crecherie. Una señora montó a Obatalá y hubo que sacarla al portal, donde circulaban las cajitas de planchao. Tambores batá y sintetizadores, Sonia Silvestre y Nino Bravo, Roberto Jordán y Los Brincos, así se celebró la Navidad en Cuba. Pasta de bocaditos y turrón criollo marca Don Pánfilo, puerco asado y unos dulces horribles llamados “canastas” y “capitolios”. El Líder, como un Santa Claus adolescente, sonreía desde los muros. La leyenda rezaba: “¡Todos somos Fidel!”

El 31, Esther María y yo despedimos el año en casa de amigos. El mismo menú, más unas sidras de calidad inferior hechas en alguna diabólica destilería estatal. Al amanecer sonaron cañonazos: eran las prácticas para el desfile del día 2 de enero en la Plaza. Una señora del edificio cercano a la Plaza, construido por Pastorita Núñez a principios de la Revolución, me dijo que había cambiado la taza del inodoro incontables veces a través de los años, debido a que las descargas rajaban la porcelana. Yo esperaba que bajara la bola de Times Square, pero a medianoche apareció un militar en pantalla y pronunció un discurso.

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Castro ecuestre

A mi llegada, la sombra de la muerte aún enturbiaba la vida en La Habana. Había miedo de expresarse en voz alta, como si un fantasma merodeara en la oscuridad.

Un tema recurrente aparecía en los televisores, en los noticieros, un tema musical. Alguien había escrito una canción al Líder, una balada fúnebre, un treno. Aprovecharé ese tema para despachar el asunto del muerto antes de dedicarme a narrar las peripecias de mi Segundo Viaje.

La canción de marras era motivo de burlas y habladurías. Al parecer, el cantante había emigrado a España en los años 90 y, de regreso a la patria, se había hecho colaboracionista. A raíz del sepelio, el cantautor acaparó, por unas semanas, toda la gloria conferida al difunto, por lo que se dijo que también su canción existiría para la eternidad. El título de la pieza es Cabalgando con Fidel, y el compositor es el aclamado Raúl Torres, la nueva estrella del crespón fúnebre.

La canción abre así:

Dicen que en la Plaza en estos días

se les ha visto cabalgar a Camilo y a Martí

y delante de la caravana, lentamente sin jinete,

un caballo para ti.

La letra alude, oblicuamente, al epíteto de “El Caballo” con que la chusma bautizó a Fidel en los días del triunfo. De entre los incontables apodos adjudicados al Líder, ese fue el único que consintió. Hubo magníficos motes: mi favorito es Mancha e’ plátano, aunque Agapito y Coma Andante no estaban nada mal. La idea de “El Caballo” me provocó una reflexión zoológica, mientras escuchaba por todas partes los vulgares acordes de Cabalgando con Fidel.

¿Por qué fue imposible juzgar a Castro, encartarlo y condenarlo por sus crímenes? No se ha insistido suficientemente en el escándalo de que muriese en su cama, rodeado de su familia, que haya escapado el juicio, la condena de sus víctimas, y el castigo que merecía. ¡Todavía hay quienes lo alaban y vienen a llorarlo delante de la Piedra, tributo de chabacanería ante el más grosero de los mausoleos! Pero, ¿por qué? ¿cuál era la razón?

Recordé, bajando por Paseo el mismo día del desfile del 2 de enero, un pasaje de La República de Platón, una página a la que vuelvo a menudo. Es la historia del pastor Giges, que me limitaré a esbozar aquí para el lector interesado en cuestiones filosóficas.

Antes, un paréntesis: el caballo no figura entre los animales heráldicos lezamianos (antílopes, halcones, garzas y serpientes “de pasos breves, de pasos evaporados”, etc.); aparece, en cambio, como símbolo patrio, la “seda de caballo” de los relampagueantes cabellos indígenas. Están el “caballo blanco” de la aporía de Antonio Maceo, y el barrio habanero del mismo nombre donde residió Antonia Eiriz, artista del macabro. Recientemente, el caballo reapareció en las pancartas de los exiliados de Miami: “¡Murió el caballo, falta la yegua!”. Supongo que el caballo castrista es una versión de “El caballo de Atila”, que denota, entre nosotros, una cierta potencia machista.

El personaje de Glaucón, hermano de Platón, narra la historia del pastor Giges a fin de demostrar que el ser humano es malvado por naturaleza y que, si le fuese posible cometer los peores crímenes sin ser visto, lo haría. Giges, el lidio, cuida sus cabras, cuando una tormenta y un terremoto hacen que la tierra se abra. El pastor penetra por la oquedad del suelo y encuentra un enorme corcel de bronce, hueco por dentro, con ventanas en los costados. Al asomarse a las aberturas, Giges ve a un hombre muerto, de gran tamaño. El gigante desnudo solo llevaba un anillo de oro en un dedo.

Giges tomó el anillo y regresó a la superficie. Durante la reunión mensual del concilio de pastores para discutir la situación de los rebaños, Giges le daba vueltas al anillo, haciendo girar el bisel hacia el interior de su mano. Entonces se hizo invisible y pudo escuchar a sus compañeros hablando de él como si no estuviera presente.

A partir de entonces se dedicó a comprobar si la sortija tenía realmente el poder de volverlo invisible, siempre con el mismo resultado: desaparecía y aparecía, según girara el bisel hacia adentro o hacia afuera de la mano. Convencido de sus poderes, se hizo pasar por uno de los mensajeros de la corte, sedujo a la reina, mató al rey y usurpó el trono.

El mito platónico contiene varios elementos que admiten una interpretación cubana. Está la figura crística de Fidel Castro como “buen pastor”, establecida en el principio de la Revolución. Un pastor y su rebaño, llegado del Oriente. Castro roba el oro batistiano, entendido aquí como acumulación de capital simbólico. Es un gángster, un criptocomunista, un demagogo y un tirano dotado de invisibilidad por efecto de la magia republicana, la gloria de la sociedad a la que robó el encanto. Es el oro de la mítica “tacita de oro”, el metal precioso de nuestra edad dorada: el engaño castrista consiste, fundamentalmente, en una apropiación. Ahora es poseedor del anillo del eslabón martiano, brujería fundacional de la nación, el aro que lleva inscrito en el bisel el nombre de CUBA. Debajo de la tierra hay un muerto: el oro debe ser devuelto al polvo: Yo he visto el oro hecho tierra / barbullendo en la redoma…

El caballo se establece así, entre nosotros, como zoon politikón, como animal político. La yegua de que hablan los exiliados no es otro que Raúl, el caballo Incitatus del emperador Calígula, que llegó a ser nombrado cónsul: esa yegua vive en caballerizas de mármol y come en pesebres de marfil.

Lamentablemente, los cubanos de la Isla no entendieron el sentido profundo del funeral castrista considerado desde la perspectiva miamense. Allí se celebró un velorio campesino, o lo que en la cultura europea se llama un Irish funeral. Bebida y comida, canciones y chistes macabros. En la Cuba antigua se apretaba un cinto a la barriga del muerto, al que se le pintaban ojeras de azogue. De madrugada, los gases comprimidos en el tórax hacían que el occiso se incorporara en la caja, los párpados reflejando la luz de las chismosas. “Patea el piso/mueve el zapato/¿No te lo dije?/Tremenda gozadera en el velorio de Finnegan”, dice la balada que da título al libro de James Joyce.

Un troque de roles, como es común entre cubanos. Eran los miamenses quienes debieron llorar y rasgarse las vestiduras: su verdugo había muerto en Villa Crusellas y no en el mar traicionero, luchando contra el norte, en las aguas infectadas de tiburones, o frente al tribunal que lo juzgaría. ¡Había motivos para el lamento! En cambio, los castristas se habían salido con la suya: Fidel escapado en su último acto de prestidigitación. El pastor se volvía invisible y sus crímenes quedaban impunes. Igual que Mitra, el Sol Invicto regresaba a la piedra. ¡Como para morirse de la risa! Los fidelistas debieron haber decretado nueve meses, no nueve días, de carnaval.

A mi partida, los habaneros lloraban la muerte de la Ley de Ajuste Cubano, cuando debieron estar celebrando en las calles. Si su único futuro había sido hasta ahora la huída, en los próximos meses la presión interna levantará a la sociedad de su catatonia. La necesidad de escape se volcará, por primera vez, hacia el interior. Felizmente, la tendencia centrífuga ha sido forzada a la introspección.

  1. Luis Felipe Rojas

    Gracias por esta crónica, mi dilecto. Ojalá otros viajeros dizque con pericia en describir situaciones parecidas se hubieran dignado a tirar un tintanzo sobre tal evento ( el mortuorio y el festivo en uno solo). Usted ha experimentado algo curioso: alejó su lupa durante 30 años y ahora que la acerca nos retrata como si nunca se hubiera marchado. Esa es la mordacidad que han perdido los poetas de nuestro tiempo y han dejado de ser el aeda que nos contaba cosas. Abrazos desde Miami.

  2. Alberto Pijuan

    Muy buena crónica, como todas. El Caballo es el número uno (1), en la bolita o en el llamado chinito de la charada, es por esto que se le atribuyó el nombre de este animal. Qué otro número podría atrbuírsele, de haber sido “el elefante” -que dicho sea de paso es el nueve (9), pues así sería llamado .

  3. Ínclito Nestorius, audens viator: bienvenido de regreso de tu viaje al Hades, nuevo argonauta caribeño, agradecido por el feliz regalo de tu “crónica de otro mundo”. Si Gay-Lussac tenía razón, en efecto, como “a menor área, mayor presión”, así la sufrida islita se transmutará en una gran olla de presión, propicia para el ajiaco explosivo.
    Alesso te abraza

  4. Pingback: NDDV: ·Segundo Viaje a Cuba· | inCUBAdora

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