Con Fidel en cajita por las cordilleras y los municipios

fidelashes

La única vez que vi a Fidel Castro fue en 1973, durante la visita de Erich Honecker a Cienfuegos. El preuniversitario José Luis Estrada había quedado en primer lugar en la competencia de rendimiento académico y nos asignaron la primera fila del acto multitudinario.

Al resistero del sol pasamos las primeras horas de la mañana, mientras el locutor Manolo Ortega nos entretenía, desde el escenario, con diversas anécdotas y consignas, en espera de la aparición del Comandante. Pasado el mediodía, y luego de transportar en andas hacia las ambulancias a varios alumnos que habían sucumbido a la insolación, apareció Fidel.

Vestía el verdeolivo tradicional, venía acompañado de guardaespaldas uniformados y de traje civil, traía al remolque a Erich Honecker en guayabera. Saludó con un gesto a la multitud; Manolo Ortega gritó en los micrófonos: “¡Compañeras y compañeros, nuestro Comandante en Jefe, Fidel Castro!”; el Comandante se adelantó hacia el borde del escenario y, entonces. . . ocurrió algo maravilloso. Un guardaespaldas se parapetó detrás de él y le desabrochó el cinturón con la pistola enfundada, un segundo antes de que el Líder saltara. . . Teníamos a Fidel entre nosotros, delante de nosotros, del otro lado de una cerquita de madera, venía desde la otra punta, estrechando manos, repartiendo halagos.

Me quedé agazapado entre mis compañeros –esos mismos que un año después me delatarían y me enviarían al campo de concentración de Ariza– en espera de mi momento con Fidel Castro. Cuando estuvo enfrente de mí, me miró y estiró una mano mecánicamente. Yo rehusé estrecharla, no por temeridad o desprecio, aunque ya entonces adolecía de ambas cosas, sino por pura curiosidad entontecida.

Sus ojitos vacíos se fijaron en los míos por una fracción de segundo. Sus manotas eran finas, cerúleas, con uñas demasiado largas y sucias. Los dientes eran amarillos. En la complexión apergaminada del gallego leguleyo, el viso verdeolivo había hecho lo suyo. Nos quedamos mirándonos una eternidad. Quiero creer que Fidel se asombró de que yo no le diera la mano. Creo que lo leí en la más recóndita recesión de sus pupilas.

Y ese hombrazo imponente es el que llevan hoy en una cajita montada en una palangana verde que remolca un jeep: una barca de Osiris, pero al revés, navegando del poniente al levante, de La Meca a La Ceca por las destartaladas carreteras de provincia, de vuelta al punto de donde salió. En vez de la tierra, quisiéramos que se lo tragara el coño de su madre; que regresara al útero, al feto, al embrión. Que nos ahorrara el inconveniente de haber nacido. Pero como eso es imposible, lo hemos reducido a un tercio de su tamaño natural.

La caja recuerda a aquellas de circo ruso donde el payaso Popov cabía milagrosamente. Y es otra de las cajitas de Lorenzo García Vega (consúltese Vilis, publicado por Ramón Alejandro en 1998). Lleva escrito a un costado, en letras de ferretería, el nombre completo del finado: Fidel Castro Ruz. ¡Como si hiciera falta! Pretende confundírsenos entre los grandes muertos, dialogar con su vecino de tumba, el Apóstol José Martí.

Pero, ¡ay!, en la caja de hierro del monumento al Poeta Máximo no hay nada. Está vacía la cajita garciaveguiana del Primer Exiliado, según cuenta Enrico Mario Santí en un ensayo clásico. Su padre, el escultor Mario Santí, construyó el mausoleo apostólico de Santa Ifigenia en 1953, y la noche de la exhumación, un negro sepulturero descubrió que por el medio de la caja pasaba un subterráneo arroyuelo. Espantados, el negro y el escultor juraron silencio. Antes de morir, el padre le confesó a Enrico Mario el terrible secreto. ¡Nuestra patria está fundada sobre un vacío!

Según Yovana Martínez, en una nota de su página de Facebook, no hubo cremación, la caja transporta una libra de Cerelac: “No hay cenizas ni las habrá, el muerto está en Ituto y después en Itiambo, por eso los nueve días de luto, por eso el 4 de diciembre”. Yovana Martínez explica que “Ituto es la ceremonia fúnebre que hacen en Ocha, e Itiambo la que hacen en Palo (cuando un muerto está iniciado en las dos religiones, deben hacerse las dos ceremonias). No puede haber cenizas, es una incoherencia, porque los religiosos cubanos no se incineran (y saben de cuáles religiones hablo), el cuerpo seguro será enterrado en ‘paradero secreto’, porque es un muerto grande y sus huesos cuestan mucho, pero mucho. . .”

Por mi parte, no veo la necesidad de que la caravana se detenga en Birán. Debería continuar hacia la playa Las Coloradas, el lugar del desembarco, y en yate hacia Tuxpan, en recorrido inverso. Una vez en tierra firme, la cajita podría ser paseada por toda Latinoamérica. Su apoteosis no pertenece a nosotros únicamente, los pobres cubanos, sino al García Márquez de Los funerales de Mamá Grande, al Alejandro Jodorowsky de Santa sangre, al Paraguay de Roa Bastos y su Yo, el supremo, al Pablo Baler de La burocracia mandarina. Una vez alcanzado el Río de la Plata, habría que presentárselo a Evita, colocar la cajita en el panteón peronista, donde están sus verdaderos orígenes perdularios. ¡Que se lo queden quienes más lo han llorado!

Aunque, idealmente, tendríamos una carabela hollywoodense que lo transborde a España, por mares procelosos, desde los estuarios de Maracaibo. Recorrería, siempre al revés, el camino de Colón y después el de Santiago en su sarcófago de piedra: recordemos que la víspera del sangriento 26 de julio coincide con el santoral de ese guerrillero ibérico. Finalmente, la caja atracaría en Láncara, en la antigua Iria Flavia, donde la Reina Lupa, su madre putativa, lo acogería en el Castro Lupario. Koniek.

arca_marmarica_009

  1. Pingback: NDDV: ·Con Fidel en cajita por las cordilleras y los municipios· | inCUBAdora

  2. Ignacio T Granados

    Es estupendo, a tu altura, es también una pena que siempre tengas que poner esa nota de Landaluze, cuyo colorido es gratuito y no te hace falta, pero que a cambio te margina de todo un sector al que tan olímpicamente ignoras; quizás; creas que no te hace falta, y quizás de verdad no te haga falta, pero explica esos vacíos que nos fraccionan. Está visto que el talento no es garantía de bondad, suerte cin eso.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: