Con Fidel en la capilla ardiente

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Fidel concentrado. Hecho polvo, hecho nitrón y colocado en una cajita.

En primer plano, una cesta, o lo que en parla comercial se llama un gift basket. Esa cestita ha sido adornada con rosas y profusos ramilletes de velo de novia. ¿Por quién? ¿Dalia Soto? ¿O quizás Mariela, o Miguelito Pineda, o acaso algún doctor de interiores? ¿Será el mismo que montó el tableaux de fondo?

Un yate Granma al secco, en tonos sepia, y una fotografía cinérea de Fidel rampante, rifle al hombro (José Toirac queda instantáneamente eliminado de esta competencia). Una bandera cubana festoneada con flecos redorados completa la instalación.

Pero el verdadero protagonista de este despacho batistiano convertido en funeraria es el vacío. Los elementos decorativos parecen flotar en él. Alguien falló, no supo aprovecharlo (¡rodarán cabezas!), o tal vez ese vacío esté ahí a propósito, para decirnos que el error fundamental del castrismo, es y seguirá siendo siempre estético.

El finado fue un gordito favorecido por la cámara. La barba rala ocultó una barbilla femenina, floja, impresentable en cualquier panteón heroico. Fifo fue fofo. Tenía un diente negro que relampaguea en los noticieros y en los primeros discursos. La belleza de la revolución y su posteridad, como bien ha dicho Iván de la Nuez en El País, se la debemos exclusivamente a los malditos fotografos.

Quizás la revolución no fue más que un arreglo de vidriera como ocultamiento de la pesantez castrense. El que yace en vasija es, después de todo, un abogado de bufete. Lezama también fue un abogado, un chupatintas carcelario. Por eso las obras de ambos artistas despiden el olor a tabaco encerrado de las notarías. Tampoco el columbarium fidelista escapa a la limitaciones estéticas del finado. Es otro ejemplo de su cattivo gusto.

Si Thomas Browne pudiera ver este artilugio de madera barnizada y torneada escribiría dos nuevos capítulos de sus Urnas funerarias. Mientras que el pesebrito floral retrotrae al Fidel de las festividades republicanas, esas que él mismo prohibió y reemplazó. De la cestita salen puchas que parecen estar forradas en celofán. Hay pompones blancos que adornan el artefacto. A un lado –ladeado– un florero de cerámica barata yace directamente en el piso, también con pompones albos. Detrás destaca una arecacea, o lo que pudiera ser un flamboyán de interiores (parece vivo, no creo que sea de plástico).

La luz es frígida, como corresponde al gusto del campesinado oriental. Está organizada en paneles geométricos. Son planchas de teselado acústico que venden en Home Depot, a $9.99 la unidad. Las cajas de luces van cubiertas de un tipo de acrílico que en el lingo de constructores se llama Cracked Ice Clear. Difumina la luz, quita el verdor reflejo de la fluorescencia. La música que salga de los altoparlantes empotrados en ese techo debería ser Inflorescencia, de Aurelio de la Vega.

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Quien desee saber de donde sale la formación comparsística de generales en el salón, que corra a ver En un año de trece lunas, de Rainer Werner Fassbinder (1978). Hablo de la escena en que el personaje de Erwin/Elvira visita a su amante, el malvado constructor de rascacielos Alvin Saitz. En el lugar que aquí ocupa la urna, en la película hay un televisorcito donde pasa un musical de Jerry Lewis. El odioso Saitz y sus asociados sincronizan cada paso de un número bailable del cine hollywoodense. Ramiro, Raúl y Frías también parecen estar a punto de romper en un baile, alguna macabra rueda de casino, aunque no motu proprio, sino en imitación de la figura heroica que acapara su atención. Parecen estar en punta para gozar los Quince de una debutante nonagenaria.

El fantasma de Jerry Lewis y el de Fulgencio Batista planean cerca del techo. Jerry Lewis está presente porque el fidelismo data de la época del Nutty Professor, es una reliquia de los cincuenta: el cajón barnizado es el relicario de esa época. También es aquel Jerry Lewis idolatrado por los franceses –como Fidel por los argentinos–, cuya popularidad resulta incomprensible al resto de los mortales.

El panteón o mausoleo oficinesco donde nos encontramos es hoy la jefatura de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, pero su origen, como el de todo lo castrista, es batistiano. El edificio fue construido en los últimos años de la República y ocupado en 1959 por las fuerzas rebeldes. En algún rincón de la improvisada funeraria hay un libraco de condolencias. Los vejetes suscriben el ideario del muerto, juran eternizar su revolución y estampan una firma (¡como si hiciera falta!).

No basta con el toque de queda, los cañonazos cada media hora, la ley seca, la prohibición de la música y las expresiones de júbilo, el hablar bajito y el vestirse de colores sobrios. No bastan los nueve largos días de duelo que culminarán en la festividad de Changó, el guerrillero erótico. Los ancianos de la tribu exigen una rúbrica. ¡Cunde el pánico! Con cada nuevo paladar, cada nueva barbería y cada nuevo taller de reparaciones, con cada nuevo motel y cada nuevo cabaret, el castrismo resbala y se tambalea al borde de la fosa y el batistato mueve un dedo, le tiembla un cachete, sacude una pata.

Sobre una tumba, una rumba. Ningún contrato podrá evitar lo que se avecina. La fiesta por el regreso triunfal del Capitalismo sólo ha sido pospuesta.

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Un Comentario

  1. Eres LO MÁXIMO, Néstor. Después de ti no hay más pueblo. Borges tenía mucha razón: lo peor de las dictaduras es que son sobre todo GROTESCAS. Un amigo español me acaba de comentar que pusieron esa gift basket porque desde 1959 FC tenía espanto de las urnas… A.G.A.

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