¡Castro o Muerte! Vencimos…

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Cuando llegué al mundo faltaban tres años para que cayera la República. En 1958, con dos años de edad, enfermé de polineuritis, y quizás a causa de los terribles dolores tengo memorias vívidas de esa época.

Recuerdo el Ten-cent de Cienfuegos, donde mis padres me llevaron a comprar un caballo de cuerda para hacerme olvidar mis sufrimientos. Recuerdo la Clínica Moderna y a los doctores Bustamante y Dorticós Torrado. Puedo ver el juguete que me trajo al hospital mi tío Pedrín. Recuerdo incluso mis pensamientos y el momento en que entendí mi situación. Recuerdo que sabía por qué todos venían a verme. En 1958 quedé inválido y pasó un año antes de que volviera a caminar. Di mi primer paso a mediados de 1959.

Estos hechos coincidieron con los momentos finales de la insurrección y el principio de la era revolucionaria. Me veo metido en la bañadera de la casa de nuestra vecina, Ana María Yera, en medio de un grupo de mujeres y hombres que pasaba allí una alarma de bombardeo. Veo a una tía que busca protección detrás de la cortina de baño. Veo los cisnes estampados en el hule y veo el avión del ejército en el cielo.

Recuerdo a los rebeldes entrando por la puerta del fondo en la casa de mis tíos y puedo oír la música de Renato Carosone en el tocadiscos. Veo las puertas y ventanas cerradas, los rifles recostados al sofá y el baile en la sala a oscuras.

Recuerdo el dibujo que hice en el aula de primer grado, con una paloma y los diez puntos de la Declaración de La Habana. Puedo ver al Padre Garay acercarse a la ventana del aula, que daba a la sacristía, para decirnos adiós, el día que expulsaron a los curas de Cuba.

Recuerdo la portada de la revista Time enmarcada y colgada encima del televisor en la casa de mis abuelos. Estoy sentado en el piso, encima de una toalla mirando los muñequitos, y no puedo evitar fijarme en la figura del cuadro. Hay una litografía de Eduardo Chibás en la pared del frente, escoltada por dos chinitos de yeso polícromo.

Recuerdo la boda de mi prima Amanda con un capitán del Ejército Rebelde. La novia vestida de blanco y el novio de verde olivo. Corre el champán, el cake tiene cinco pisos. Estoy metido debajo de una mesa, el mantel de hilo me cubre. Veo el ferry que nos lleva a Isla de Pinos. Vamos a visitar al novio a la cárcel, no sé cuántos años pasaron entre una cosa y otra.

Veo el interior de las Circulares, conozco de memoria cada hotel de Batabanó donde pernoctamos. Me veo corriendo hacia el ferry, veo a las mujeres cargadas de jabas. Siento el olor del plumón con que han escrito el nombre del recluso en el saco de gofio.

Veo el sello de la intervención en las puertas de la zapatería de mi familia. Recuerdo como jugaba en el taller clausurado, escurriéndome por un hueco en las tablas. Un rayo de sol se cuela por los nudos de la madera y cae sobre las máquinas pulidoras, sobre las lijadoras cubiertas de telarañas. Yo miro de frente ese rayo, todavía puedo sentirlo, calentándome los párpados.

Me veo en un camión cargado de niños, en una caravana de estudiantes. Mi prima Amanda me alcanza un cartucho que contiene un turrón, una manzana y un racimito de uvas de las últimas Navidades cubanas. Las escuelas secundarias han cerrado. Partimos hacia Topes de Collantes, hacia el fin del mundo.

Después hay un carro de alquiler que se lleva a Amanda, a mis tíos, a todos mis primos. Mi mamá está enganchada de la puerta del carro, hay que arrastrarla, abrirle las manos a la fuerza para que suelte el picaporte. Con el cuerpo fuera de la ventanilla, mi tía Ada le agarra la cabeza. Se quedan enganchadas, el carro en marcha, hasta que mi mamá suelta y ellos parten. No volverían a verse.

Después yo mismo estoy delante de un ómnibus a punto de partir. Mamá se me tira al cuello, mi sobrino me mira azorado. Mi papá camina, luego corre al lado del ómnibus, sigue diciendo adiós y adiós. Recuerdo estar solo en la pecera, mis amigos del otro lado del cristal. Recuerdo la primera vez que vi las luces de Miami desde el avión. Mi mamá y yo no volveríamos a vernos. . .

Fidel ha muerto. No hay un átomo, un ápice, un minuto, una célula, un milímetro de mi vida que no tenga que ver con Fidel Castro, que no sea de Fidel Castro. Tampoco sé si hay alguna diferencia entre Él y yo. Pertenezco a su era, a su Historia, a su duración. Soy yo el que muero, me cremarán mañana. Incineran algo, una libra de carne mía, en la pira funeraria del tirano.

A veces maldigo al dios que me hizo nacer en esta época, que me hizo un ser trunco, híbrido, esquizoide. No hubo reconciliación posible entre mis dos yo. Pero también le doy gracias por permitirme ver lo que he visto, por haber llegado hasta este día. Ya sé lo que es el Alfa y el Omega.

Otros, menos afortunados, quedaron a la vera del camino, pero yo gané la carrera contra el Tiempo. Hay motivos para la celebración. Soy un héroe. Fui Aquiles y la Tortuga en una sola pieza. Tuve que adelantarme a mí mismo, salvar el infinito, correr como un loco delante de mis memorias, de mis historias. Huyendo, escapando siempre. . . Pero llegué.

¡Adiós, Gran Hermano! Estuviste más cerca de mí que mi propia sombra, que mi propia carne. Tú me hiciste. Sin ti mi existencia no tiene sentido, tendré que buscarme ahora otra excusa, registrar tus huesos, leer tus cenizas. Me parezco a ti. Eres mi Superyó.

¡Adiós, Pater Noster! Fuiste hijo bastardo y nos hiciste a todos bastardos tuyos. Mataste a la Patria, y ahora solo te queda la Muerte. Se rompió el hechizo. Se rayó el disco. ¡Castro y Muerte! Somos tus sepultureros, tú nos creaste. ¡Vencimos!

 

 

  1. Ivan

    Acabaste conmigo! Sin palabras amigo…bello y espeluznante, pero toca algo en mi ADN para el cual no tengo experiencias que hayan tocado mi carne. No entiendo pero entiendo.

  2. Fabri

    Leggo il tuo scritto qui sul balcone di casa, con le nebbie che nascondono il lago e con il Monte Rosa perfettamente visibile alla mia destra. E ho le lacrime agli occhi. Awesome.

  3. Pingback: NDDV: ·¡Castro o muerte! Vencimos…· | inCUBAdora

  4. Osvaldo

    Emocionado, me llevaste por caminos que usualmente me niego a recorrer, pero contigo no tenia opcion, tuve que andarlos. Gracias hermanito, me arrancaste la piel y auque doloroso termina siendo saludable y de cuando en vez necesario. Un abrazo grande….

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