Trump y los niños

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Aquellos que deseen entender las razones profundas del triunfo de Donald Trump, solo tienen que asomarse a las páginas del Huffington Post y leer la columna de Megan Gogerty, ¿Cómo les digo a mis niños acerca de Donald Trump?

La pieza de Gogerty es solo una de entre la avalancha de artículos sobre el mismo tema aparecida en la prensa en las últimas 24 horas. Está también ¿Cómo les digo esto a mis hijos?, de Travis Andrew, en The Washington Post, donde se cita la ya célebre diatriba de Van Jones, comentarista afroamericano de CNN, la noche de la derrota demócrata: “Le dices a tus niños: ‘No seas un abusador’, ‘No seas un fanático’, y ahora, ¿cómo les explicas el resultado de estas elecciones?”, se pregunta el periodista.

En el Huffington Post, Gogerty escribe: “Mi hijo sabía de Donald Trump. Cuando nos preguntaba, le decíamos: ‘Trump es un abusador’. Tratamos de explicarle que Trump decía cosas mezquinas acerca de las personas de color y que tenía el apoyo de personas que creían que los blancos eran mejores que la gente de otras razas”.

“Todo estará bien”, continúa Gogerty, en diálogo con ese hijo que cursa el tercer grado, “Nada te va a pasar. Este no es el resultado que esperábamos, pero las personas votaron y Trump ganó de buena ley, ¡así es la democracia!”.

El basquetbolista Lebron James, de visita en la Casa Blanca el mismo día que Trump se reunió con Barack Obama, exhortaba a los representantes de la prensa: “¡Padres y líderes de nuestros muchachos, por favor díganles que todavía es posible luchar por un mundo mejor!”

Michelle Maltais, de Los Angeles Times, escribía, a solo unas horas del cierre de las urnas: “Mi chico se fue a la cama creyendo en América. ¡No me atrevo a despertarlo!”

Ni en el día de la más grande derrota de su historia, los liberales entienden que el sectarismo los perdió. Que el pueblo rechazó el abuso verbal inflingido por los educadores liberales en las mentes de los niños. Que el miedo al adoctrinamiento ha provocado una enorme resaca antiliberal. Un adoctrinamiento que comienza en la primaria, en el círculo infantil, en la cuna, y tal vez hasta en la teta de la madre. Esa campaña política dirigida a los niños ha sido denunciada infructuosamente por padres y educadores, por políticos y víctimas.

Los liberales se resisten a creer que haya otros padres, otro tipo de familia que estén hartos de escuchar a Michael Moore, a Van Jones y Arianna Huffington. Ni siquiera se les ocurre que hay quienes le cubren los oídos a los chicos para evitarles el discurso del fanatismo izquierdista. Tampoco entienden que cuando la oposición dice “liberal” y escupe en el piso, es por asco a este tipo de intromisión, a este tipo de penetración.

Porque el discurso liberal, manipulador y antidemocrático, estuvo siempre dirigido a los niños. Es por eso que ellos han sido los primeros en salir a relucir en la derrota. “¿Qué les digo a mis hijos?” significa, en realidad: “¡Qué les he dicho a mis hijos!” Pues, lamentablemente, esto: que Trump (o George W. Bush antes que él) “No es mi presidente”, que la democracia solo funciona cuando los resultados son favorables a mis padres y mis educadores

El triunfo de Trump destapa una mente podrida en un cuerpo político corrupto. Expuesto al sol de la crítica conservadora, el seudohumanismo de la enseñanza liberal se retuerce. Unos conceptos falsos que permanecieron resguardados en los claustros docentes durante cuatro largas décadas, se miran por primera vez en el espejo de los otros, de los conciudadanos. Si el despertar de una noche de elecciones les provoca retorcimientos a los liberales, el resto del mundo siente que ha despertado de una interminable pesadilla.

Porque el adoctrinamiento infantil no deja resquicio al pensamiento libre. Al niño no se le permite una etapa apolítica, una infancia privada, una época de inocencia, por temor a que adopte luego las ideas erróneas, las ideas distintas, las ideas propias. Esa manera de desconfiar, de sembrar cizaña, de programar políticamente la mente de un niño de tercer grado es profundamente antiliberal. Son palabras retorcidas las que los padres irresponsables les dicen a sus hijos: por sus bocas habla, impunemente, la ideología del Partido.

El resultado del adoctrinamiento lo vemos hoy en las calles de las grandes ciudades americanas, en los campus de las universidades: una juventud desprevenida, incapaz de aceptar, o incluso de entender o defender, la democracia. Se ha llegado al extremo de requerir los servicios de psiquiatras que les expliquen lo que ha pasado: así de profundo es el trauma de la educación liberal.

Una juventud traumatizada por el descubrimiento de la existencia de sus conciudadanos; muchachos que no pueden concebir que existan ideas distintas a las que les enseñaron sus profesores. Para ellos, hijos de los Gogerty, los Maltais y los Van Jones, toda discordancia debe ser vilipendiada, aplastada y calificada de barbarie.

Los jóvenes se lanzan a la calle como tropas de choque: un batallón de mentes que reaccionan a los mismos estímulos. Solo hacían falta padres que los engañaran y educadores que los deformaran. La Historia siempre hará el resto.

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