Donald Trump, el candidato transgénero

 

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Quizás Donald Trump sea el candidato apropiado para asumir la presidencia de los Estados Unidos en la presente etapa del desarrollo social. Me explico. Trump es un actor, es decir: el individuo tipo A de la sociedad moderna. No existen ya espectadores puros, residimos en la república de los actores. Todos somos Donald Trump.

En tanto actor, Trump carece obviamente de personalidad propia: es maleable, manejable, inestable, producible, y se adapta a cualquier escenario. No es republicano ni demócrata, y es ambas cosas transgenéricamente. Es un magnate que vino al mundo en cuna de oro, con un millón de dólares debajo del brazo, pero que actúa como un plebeyo. Fue a la universidad, y habla con acento del gueto. Es el gran Gatsby, Ávido Dólar y Charles Foster Kane enrollados en un solo personaje dramático.

Donald Trump, en la vida “real”, fue el productor de un concurso de belleza; pero Trump, el actor, se enreda en una comedia situacionista con un pintoresco elenco de debutantes. Trump concibe a la mujer de manera inmanente, según un esquema intrínseco de gordura (Alicia Machado, la Venus de Willendorf), perfección (Melania e Ivanka) o flujos menstruales y períodos de ovulación (la presentadora Megyn Kelly). Sin embargo, su directora de campaña, la exitosa Kellyanne Conway, es el Donald Trump trascendente, un Donald capaz de asumir los matices (elocuencia, circunspección, especulación, raciocinio) de que fue privado el original. Donald Trump proyecta en Kellyanne una imagen femenina de gran gravedad y sutileza, le otorga a esa mujer providencial precisamente lo que se esperaba de él. Por eso Conway emerge como la antítesis del viejo feminismo, representado por Hillary Clinton.

Hillary es la proyección mediática de un hombre: ella es la sombra de Bill. Sin ese referente, Hillary pierde sentido, y es por tal razón que el electorado ha sido incapaz de ubicarla. Hillary es un reflejo (en el sentido fisiológico) de Bill Clinton: el instinto de la seducción política. Bill es el mayor impedimento para imaginarnos a Hillary como la “primera mujer en la Casa Blanca”, pues, como mismo se dijo –medio en broma, medio en serio– que Bill había sido el “primer presidente negro”, ahora ha de decirse que es el “primer presidente mujer”, aunque solo sea por contigüidad histórica: Bill se adelantó a Hillary.

El ascenso de Trump anuncia sobre todo un agotamiento, la etapa terminal del feminismo: Hillary es la Barbie, apolillada y tambaleante, de las políticas de género. Es la mujer vacía que asumió el papel de hombre fatal. La volubilidad y el narcisismo trumpianos son femeninos, según una nueva imagen misógina y antitética de los sexos. Hay un trueque de roles: Trump es vanidoso y venal, un hombre llevado y traído por violentas oscilaciones hormonales. Hillary es la mujer de pelo en pecho, metida –en cuerpo y alma– en sus muy asexuados y contrahechos “trajes sastre”.

El cabello de Trump, teñido con algún tinte de Clairol Nice N’ Easy, queda batido en un moño que es, a un tiempo, pompadour y piti-piti-pá. El cerquillo incoercible tiende al remolino, tira en ventolera hacia el fondo de la cabeza: Trump es un tipo en perpetuo bad hair day. Su tono, complexión y comportamiento son los de esas sobresaturadas amas de casa de New Jersey que van al casino, fuman Benson and Hedges y regresan semanalmente al salón de la pedicura. Si las acusaciones de abusos no han hecho mella, es porque las mujeres de la clase obrera se identifican con el estilo del Donald.

Curiosamente, son los actores profesionales quienes han malinterpretado a Trump y quienes se sienten burlados por el Actor Máximo. Los más hipócritas, los que visitan a Nicolás Maduro en Miraflores, los que salen a escena luciendo una camiseta del Che (el hijo de millonario que sucumbió al drama político), son los que más detestan al candidato. Ni siquiera entienden que fueron ellos los que llevaron a la primera plana de los tabloides a Caitlyn Jenner y los que fabricaron a las Kardashian, infames antecedentes de la primera familia oficialmente plebeya que pondrá los pies en la Casa Blanca.

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