Elecciones 2016: Ninguno de los dos

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De los 17 candidatos republicanos que se presentaron a las elecciones primarias –un verdadero arcoíris de diversidad comparado a sus homólogos del partido Demócrata– los medios de prensa escogieron a dedo a Donald Trump. El mismo asalto mediático que sufre hoy el magnate neoyorquino fue infligido antes, sucesivamente, a Ben Carson, Jeb Bush, Ted Cruz, Rand Paul, Chris Christie, Carly Fiorina, etc.

Si es verdad que Trump llamó Miss Piggy a Alicia Machado, no es menos cierto que la prensa oficialista norteamericana acusó a aquellos 17 concursantes de embusteros, chiflados, serviles, sosos y extremistas, o simplemente de ser oscuros y gordos (como en el caso de Carson y Christie, respectivamente). Esas, y no otras de mayor peso, fueron las consideraciones para descartarlos. En una ocasión previa, Rick Santorum perdió las primarias por usar un chaleco a cuadros. El chaleco, dijo Joy Behar, del programa The View, lo hacía lucir como un tarado.

El público sabe que Donald Trump es un simulacro republicano creado por The New York Times, The Washington Post y los guionistas del programa Saturday Night Live, un muñeco de goma que se puede inflar o desinflar al antojo de encuestadores y conductores de noticieros. Trump es el primer candidato para la época de la “sociedad del espectáculo”, una sociedad cuyo primer renglón productivo, según afirma el filósofo Guy Debord, no es el acero, el petróleo o el trigo, sino el entretenimiento. El espectáculo se establece como monopolio de capital mediático y primera empresa política. No existe ya la antigua “democracia representativa”, sino la “representación” comercial de la misma, un substituto genérico. “Ni Trump ni Hillary”, dice una pegatina de parachoques: estas elecciones las ganará la prensa y es en ese sentido que son amañadas.

A partir de Ronald Reagan la política es un libreto, y la elección del presidente, un asunto de casting. Por detrás de cada mandatario hay un equipo de producción. Cuando se necesitó un actor afroamericano se encontró a alguien que, a pesar de ser un novato en política y carecer de experiencia empresarial o administrativa, cumplía con los requerimientos de nuestras ansiedades. Los guionistas lo soñaron, la narrativa nacional lo necesitaba, y la emoción de su entrada a escena fue telenovelesca. La “esperanza” de que se habló entonces no era más que un estado de ánimo, una sugestión de los libretistas. Las elecciones del próximo noviembre son los comicios de la desesperanza precisamente por ser el anticlímax del episodio previo.

El proceso reverso, la técnica de deconstrucción, puede observarse en el caso de Hillary Clinton. La señora Secretaria queda exonerada de cualquier responsabilidad, limpia de toda culpa. Se borra su historia reciente porque la prensa ha decidido obviar los hechos, no importa cuán escandalosos y sórdidos. Ese déficit de cobertura es el verdadero tema de estas elecciones y la razón por la que una buena parte del electorado, aún detestándolo, apoya a Donald Trump. Los crímenes que se le imputan a Hillary son suficientes para llevarla a los tribunales. Trump no se extralimita cuando dice que podría meterla en la cárcel: son los medios los que escamotean el fallo.

Se decía que Ronald Reagan estaba hecho de teflón, pero ni aún Reagan fue inmune al escándalo. No ha habido revelación, por muy dañina que fuera, capaz de manchar la imagen de Madame Clinton. Y es que, para los Clintons, CNN y The New York Times son el Granma y el Pravda: allí solo leemos de entusiasmo y metas cumplidas, de trajes sastre y una salud a prueba sirimbas. La candidata que la generación del milenio abandonó en masa para ir a sumarse a las filas del anciano Bernie Sanders, ha sido rediseñada como la opción moderna y casi inevitable.

De la otra parte, el perrito que Mitt Romney dejó olvidado en el techo del carro, o su famosa “carpeta llena de mujeres”, o el macramé oxigenado de Donald Trump, son titulares de primera plana. La impresentable Alicia Machado opacó el escándalo de Bengasi, el desastre de Siria y el fiasco de los emails clasificados. Se acusa a la campaña de Trump de tener tratos secretos con Vladimir Putin, sin decir que el ascenso de Rusia hay que buscarlo en la confidencia que hizo Obama, a micrófono abierto, al primer ministro Vladimir Medvédev, durante su segunda campaña presidencial: “Después de mi elección tendré más flexibilidad”. La flexibilidad que palabreó el presidente es el desmantelamiento del sistema de defensa de misiles.

Hace poco el ministerio de Propaganda permitió que viera la luz una foto en que la primera dama Michelle Obama abraza al ex presidente George W. Bush. El vaquero tejano aparecía por fin como lo que siempre fue: un campechano, un hombre bueno. La prensa esperó quince años para retocarlo y devolvérnoslo humanizado, y ahora, hasta Ronald Reagan, el abominable, sirve de ejemplo de un conservadurismo razonable. Con Trump, sin embargo, el sistema implota, se niega desde adentro y se transforma en enfermedad del espectáculo.

EL NUEVO HERALD

 

 

 

 

 

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