Vicio de La Habana

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Me tocó en suerte visitar una barbería durante mi viaje a La Habana. Ocupaba un cuartico en el frente de una casa. Afuera, dos tibias cruzadas que eran sendas latas de spray. Para conseguir entrar había que pedirlo a través de una rejilla. Las paredes estaban cubiertas con insignias de escuadras futbolísticas, banderas del Barça y el Real Madrid, y una foto gigante de Cristiano Ronaldo. La música de Los 4 salía de un equipito de estéreo.

Además del barbero, había un muchacho que ocupaba el único sillón y otras cinco personas esperando. El chico que recibía el corte era un jabao de aproximadamente 18 años, flaco, con un lado de la cabeza rapado y un largo mechón amarillo del lado opuesto. El peluquero usaba la trasquiladora eléctrica y una tijera para grabarle en la cabeza dibujos que semejaban agroglifos. El joven vestía los clásicos pantalones estrechos, cortados por la pantorrilla, y calzaba zapatillas de marca. Su amigo, que esperaba sentado en una banqueta, tendría más o menos la misma edad, y lucía, en la cocorotina, una solitaria mota de cabello azul.

Ambos permanecieron callados, o quizás intercambiaron un par de frases. Los demás también eran jóvenes, entre los veintitantos y los treintitantos, algunos con cuerpos esculpidos en gimnasios, todos con las cejas sacadas, todos con cortes de pelo de estilo geométrico –los llamados fade–, todos con tenis Puma, Adidas o New Balance y pantalones de tubo; uno con un mazo de cadenas de oro al cuello.

Apostaban a la bolita, que según me explicaron, se jugaba con los terminales de la lotería de la Florida. El de las cadenas sacó un fajo de CUCs y saldó una apuesta a un jugador. El barbero jugó diez fulas. Al cabo de un rato de hablar entre ellos me preguntaron de dónde era. Les dije que de Los Ángeles. Soltaron un suspiro colectivo. Quisieron saber qué pensaban de Yasiel Puig en LA, y les conté que era una superestrella, un majadero que el público adoraba; que iba a comer arroz congrí en el restaurante La Caridad, de Sunset Boulevard, adonde yo también iba. Que la dueña lo quería como a un hijo.

Quedaron fascinados con mis crónicas angelinas. Entonces les pregunté si no seguían la pelota. La respuesta fue unánime: “¡Naaa! La pelota en Cuba no sirve pa ná, ya nadie ve pelota. Los buenos se van, y hasta un conjuntico de pencos universitarios de la Yuma le gana al equipo nacional”. La pelota es mala, claro, y la gente se ha girado para el fútbol. Se desató entonces una discusión en torno a Messi, Cristiano, y sus respectivos estilos. El fajo de billetes del bolitero engordaba con nuevas apuestas de gente que entraba al salón. De pronto, la plática terció hacia la política.

Uno dijo: “Mire, hombre, mi hermano está en Miami, me manda el billete y tengo comprados dos apartamenticos aquí mismo, que les alquilo a extranjeros. Esta es mi tarjeta, por si puedo servirle algún día”. Tomé la tarjeta, que parecía estar hecha en Miami. Le pregunté si no tenía miedo de que la cosa cambiara. Me contestó, friendo huevos: “¡Nooo, chhhht! ¡Esto no tiene marchatrá. . .!”, algo que ya le había oído decir a un taxista. “Esto no tiene vuelta atrás, caballero. . . Si fíjese, que hace poco regaron la bola de que iban a empezar otra vez con la gracia de los apagones, y la gente estaba a punto de lanzarse pa la calle”. La posibilidad de lanzarse a la calle era otra idea recurrente en las conversaciones. El muchacho soltó una carcajada: “¡Pa la calle! ¡Que esto no aguanta máaaa!”

El barbero le perfilaba las cejas con una navajita al del sillón. Noté que de vez en cuando el chico se retorcía. Probablemente fuera una cuchilla de afeitar vieja. Cuando llegó mi turno, subí a la silla. Enseguida sentí que también la maquinita daba tremendos pellizcos. A la salida del cuchitril, pagué los 3 CUCs que costaba el pelado y dejé otro de propina.

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Albañilería filosófica

Las obras en nuestra casa avanzaban a paso de tortuga. Conseguir una llave mezcladora de agua fría y caliente para el lavamanos tomó tres días. Un codo de plástico rojo (resistente al calor) me hizo caminar hasta la calle Zapata, y de allí al rastro de La Timba, a pleno sol. Dos de los albañiles eran maquinistas de tren y hubo semanas en que tenían que abandonar la obra y regresar a sus puestos en la línea Granma-Habana. La fecha de nuestra partida se acercaba, y veíamos los muros de la casa llenos de huecos, los pisos sin pulir y las puertas sin pintar. En Cuba, la albañilería debe ser tomada filosóficamente.

Unos días antes del viaje, los tres albañiles comenzaron a llegar más temprano que de costumbre y, en jornadas de entre ocho y diez horas, completaron la cocina y cementaron los huecos de las paredes del cuarto. Había llegado el momento de que Soto se reintegrara a su centro de trabajo en Sancti Spíritus, y le liquidamos la paga. Alfredito y Jose trabajarían un día más. A la mañana siguiente tocaba ajustar pequeños detalles, instalar el gabinete de IKEA, recoger y limpiar la terraza y despedirnos. Era el 13 de agosto, día del cumpleaños de Fidel Castro, y estábamos resignados a dejar la casa a medias.

Por toda la ciudad podían verse carteles que proclamaban “90 y más” y “Fidel entre nosotros”. Había pancartas que mostraban al Líder en distintas épocas, desde sus tiempos de atleta coronado en el Colegio de Belén hasta su actual decrepitud nonagenaria. Toda las pancartas lo declaraban eterno. El carnaval comenzaba ese mismo día, ya habíamos visto unas esmirriadas carrozas estacionadas a lo largo del esmirriado Malecón. Pensé en Reinaldo Arenas y en su novela póstuma, El color del verano, precisamente en este agosto achicharrante en que el tirano cumplía 90 y la profecía de Rey alcanzaba su cumplimiento.

Es cierto que las personas habían cambiado, pero los personajes eran los mismos: la cubanidad actual se parece cada vez más al arenismo. La literatura de Reinaldo Arenas no solo es castrista en el fondo, sino en la forma; no solo hace de la Era Castro la medida de su temporalidad, sino que, objetivamente, arranca de un desfile político y termina en otro. Ese es su gran Jubileo, su Día Cósmico, del alba al anochecer: un carnaval de esperpentos y trágicas mofetas, de olientes churres, chivatos y poetas. Una literatura de denuncia, de ilusiones frustradas, cercada ella misma, y quizás hasta maleada, por su propio argumento.

La imagen del Padre ausente que asoma en la floresta de los primeros libros, se transfigura en el Fifo del Inferno: Fifo es el conde de Ugolino que le comió el cerebro a Reinaldo niño. Muchos negarán esta conexión, esta dialéctica, pero estoy convencido de que el futuro la reconocerá, y verá el arenismo y el castrismo como fenómenos paralelos y complementarios. Una ley de complementariedad que salvará al castrismo, al tiempo que volverá inteligible a Arenas al hacerlo resurgir como el gran poeta de nuestra era: el Dante de Castro.

Pensaba en estas cuestiones mientras daba vueltas entre los dedos a un codo de plástico rojo. En el balcón de un local cercano, sede de un periódico humorístico, un grupo de celebrantes cantaba Hapi berdei Fidel, Hapi berdei Fideeel. . . En el televisor, los niños de La Colmenita adulaban al dictador y lo llamaban Padre y Profeta. Reinaldo, otra vez Reinaldo. . . Los albañiles nos invitaban a despedirnos en el club La Gruta. Bailaríamos reguetón, tomaríamos vodka hasta emborracharnos y cerraríamos con broche de oro mi primer viaje exploratorio a La Habana.

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La despedida

Al siguiente día Esther María y yo nos dimos una ducha en el baño restaurado y nos fuimos a acostar, como de costumbre, con dos ventiladores soplando directamente sobre la cama. Ir a bailar a La Gruta no estaba en nuestros planes. A las tres de la mañana sonó el teléfono. Era Osiris, la esposa de Alfredito. No entendí lo que decía, pero sonaba grave. La llamada se cayó, y en ese preciso instante se fue la luz. Nos alumbramos con las linternitas de los celulares y nos fuimos a la sala a maldecir los apagones y preguntarnos si ya había llegado la hora de lanzarnos a las calles.

Entonces la luz regresó y pudimos llamar a Osiris desde el fijo. Nos contó que Jose y Alfredito se habían ido al Tikoa –según ella, el antro más malo de 23, peor aún que La Gruta– y que habían terminado en una bronca. La reyerta comenzó en el interior del bar y continuó en la calle. Seis maleantes siguieron a los albañiles. Alfredo terminó con un botellazo en la cabeza y estaba ingresado en el hospital Calixto García. Jose estaba detenido en la estación de Zapata. Le prometimos a Osiris que iríamos al hospital a primera hora, e intentamos volver a dormir. No pudimos. Nos duchamos nuevamente y partimos hacia el Calixto, donde encontramos a Osiris a las puertas de la sala de emergencias.

Rafael Fornés, el más importante teórico de la cubanidad en la época del raulismo, un sabio que no escribe lo que piensa, sino que lo regala en conversaciones telefónicas, me ha dicho en más de una ocasión que el verdadero socialismo existe en Miami, no en Cuba. En realidad, la gente emigra desde el castrismo hacia el socialismo. Los hijos y sobrinos de los tenientes coroneles, o sus mismos padres y tíos, no son ignorantes de esta situación, y se exilian para poder gozar de un verdadero sistema de salud socializado.

Fornés, el hijo del creador de Sabino (una tira cómica existencialista publicada en el periódico Información a partir de 1957), en la vida real podría ser la encarnación de ese personaje. “En Cuba hablan de lo que ‘dan por la libreta’, pero nada es dado, tienes que comprarlo con dinero, y es basura”, me explicó Fornés. “En Miami te otorgan la residencia permanente y una tarjeta para que vayas al supermercado. Luego te dan el Medicaid, vas al Jackson Hospital y te haces una reparación general”.

Al penetrar en la sala de emergencias del hospital Calixto García entendí mejor lo que decía Fornés. Los salones destartalados, las viejísimas camillas, casi reliquias del machadato, los pasillos abarrotados de enfermos, las paredes mugrosas, la absoluta ausencia de higiene, me provocaron una incredulidad y una ira indescriptibles. En un pedestal de mármol que databa de la época de la construcción del hospital, el busto de algún galeno, marcado con una leyenda pintada a mano, pretendía conectar la debacle presente con las antiguas glorias de la hygeia cubana.

En uno de los cubículos de la sala de traumas, que parecía más bien el compartimento de una granja avícola, encontramos a nuestro amigo sentado en un miserable camastro. Cuando le miré a la cabeza, vi un costurón a todo lo largo del parietal derecho y otro que le bajaba desde el tope de la cabeza hasta la frente. He visto a un presidiario coser la barriga de otro con una aguja de zapatero en el vivac de Santa Clara, y puedo afirmar que la sutura en la cabeza de Alfredito era más grosera.

Dos oficiales de la PNR se aproximaron a la cama para tomarle declaración. Nos informaron que Jose estaba detenido en la estación de Zapata por desorden público y que la fianza había sido fijada en mil pesos (alrededor de 40 CUCs). Seguidamente, se llevaron a Alfredito en una ambulancia para someterlo a otras pruebas, y nosotros partimos hacia el precinto, en compañía de Osiris. Por suerte, traíamos los cuarenta fulas, pero al arribar a nuestro destino una joven oficial nos informó que la fianza había subido a dos mil pesos.

Regresamos a casa a buscar los otros cuarenta, y de ahí a una sucursal bancaria, donde Esther María tuvo que hacer una enorme cola para cambiar los CUCs en moneda nacional. Regresamos corriendo a la estación de policía, pagamos la fianza de Jose y partimos de vuelta hacia el Calixto García, a enterarnos de si Alfredito había sufrido alguna contusión. El joven maquinista nos recibió llorando, arrepentido de haberse metido en una bronca tumultuaria a tan pocas horas de terminar la obra. Le aseguramos que el trabajo no importaba ahora, que lo importante era que se fuera a su casa a recuperarse. Nos despedimos a las puertas del hospital, con la promesa de reencontrarnos lo antes posible. Alquilamos un taxi con rumbo a Alamar, y despachamos a Alfredo Zayas con la cabeza rota y el corazón partido.

A la mañana siguiente tomamos el avión de American Airlines con rumbo a Miami. Treinta y cinco minutos más tarde, desperté del mal sueño convertido en gusano.

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Un Comentario

  1. Norma Montero

    Nestor, es NORMA . Me gusto mucho tus opiniones sobre tu visita a Cuba,,,quisiera leer otros articulos , Me los puedes
    nacer llegar por mi correo electronico?

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