Paraísos artificiales

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A la salida del recital en el salón de tatuajes La Marca, los directores de teatro me felicitaron y me aseguraron que yo también era un actor; sólo que no podían imaginar hasta qué punto. Salir del ambiente donde tuvo lugar mi formación significó, de alguna manera, adoptar una máscara, una identidad falsa; empezar a ser una persona, en el sentido lato, latino, de per-sonare, de ponerme un fotuto en la boca para expulsar palabras extranjeras.

También una brida, porque tuve que callarme y ser menos, las nuevas circunstancias lo imponían. Allí caí, y caí de fly, desde la experiencia cubana de finales de los setenta al fondo de la América de Jimmy Carter y Johnny Carson. Hubiera dado igual caer en España o Escandinavia, como bien dijo Guillermo Rosales, ese extranjero universal.

La cuestión del mestizaje merece un somero análisis. Si viviste hasta la edad adulta en una cierta cultura –en tu cultura; en mi caso hasta los 23 años– entonces jamás podrás ser otra cosa. Eres lo que eres, pero a partir del momento en que emigras eres dos, to be y también not to be, un ser y un no-ser siameses. Sin embargo, por mucho que aprendas, nunca aprenderás a ser otro. Hay un abismo ontológico en el centro del exilio, el mismo que el filósofo Thomas Nagel explora en su clásico ensayo How is it like to be a bat? (¿Cómo es ser un murciélago?). Ser cubano, como ser murciélago, es una experiencia intransferible, inmodificable, intraducible. Más sobre esto enseguida.

Recuerdo a los personajes de mi pueblo natal que no pertenecían completamente a nuestros códigos villareños. La familia de “los camagüeyanos” en la calle Nueva; la Polaca que vendía escobas; Musa, el sirio joyero, y un viejo campesino de Madeira, gente separada, marcada por un gentilicio. Yo fui como ellos. Se habla del crisol americano de culturas para describirlo de manera políticamente correcta, pero mi experiencia fue la de la diferencia, el recular hacia la manada. Para mí fue siempre el clan, la lengua de la tribu.

Así se forman los guetos, y así apareció el más detestado y vilipendiado de todos: el cubano. Un gueto que constituye, de por sí, una paradoja: el gueto triunfante. Para el resto de los “latinos” y la mayoría de los americanos, fuimos los “puñeteros cubanos de Miami”, moralmente inferiores, en teoría, a los “cubanos de Cuba”. Los cubanos retrógrados, recalcitrantes, amargados, resentidos, los gusanos, en fin.

El peyorativo spick ridiculiza el acento espeso de los hispanos aplatanados que hablamos inglés. Aprendí el idioma de Shakespeare en las factorías de Hialeah, entre Tonton Macoutes y viejos emigrados del primer Exilio, un inglés de Walgreens, de explicaciones, de etiquetas, de noticieros, menús y sitcoms. En el Burger King de la calle Ponce de León, en las morgues de sus grandes refrigeradores, cargaba en hombros sacos de papitas y me comunicaba por señas con mis compañeros. Sin previo aviso, me vi delante de una registradora, con un auricular en la oreja donde los usuarios del drive-thru gritaban sus órdenes. Detrás de la plancha de zinc caliente me defendía como gato bocarriba, tratando desesperadamente de entender las inflexiones del inglés ebónico del barrio negro de Dixie Highway: “Cuttin-haf, nu pickil”. Córtalo a la mitad, sin pepino. “Hod-da-oniun”, sin cebolla. Esos fueron mis primeros balbuceos en el nuevo mundo.

Con mucho esfuerzo comprendí que la valla que decía SOLO IS BACK anunciaba la continuación de la película Star Wars. Los signos del mundo nuevo cobraron sentido poco a poco: después se adueñaron de mi conciencia. Mi poesía está hecha de esas confusiones, y a veces creo que no la entenderá quien no hable mi bárbaro idioma. Pienso en barbarismos. A cada frase debo traducir mentalmente, en dos direcciones opuestas, el contenido de mis ideas. El español de los libros que compro en España a menudo me resulta insufrible.

La tentación del cubismo

Llegar a Cuba, entonces, fue regresar al cubano: al staccato de mi primo Omar Alicate, al cumanayagüense fañoso de mi primo Paquito, a las palabras talladas a hachazos de Diana Cardín Díaz de Villegas. Fue la vuelta a la clave, al cuento en la sala, al verbo encarnado. Nada de esto lo noté antes: mi lengua materna sonaba como el agua que corre en un lecho pedregoso, como si la gente hablara con guijarros en la boca. El humor basto; el dejo que se avergüenza de mostrarse en público; la manera en que el chofer decía “apululu”. . . Todas las lenguas perdidas regresaban a mi oreja y me hicieron pensar en la película Contact (1997), en la secuencia de la alocución de Hitler retransmitida por extraterrestres. Al parecer, yo también había hecho contacto.

Me resultó asombrosamente fácil volver a manejarme en cubano. Una señora con la que conversé en una guagua, me dijo desde la puerta del ómnibus, a manera de despedida: “¡Bienvenido a tu país! ¡Oye, acuérdate que este es tu país!”, y por un instante esas palabras me hicieron sentir la intoxicación de la pertenencia, a la que me creía inmune. Lo que la mujer había dicho era mucho más que una consigna o un cumplido. Yo pertenecía a aquella descojonación, no me era ajena a ningún nivel. Había sido ingenuo de mi parte distanciarme de ella. Mi vida entera, el exilio, mis 37 años de judío errante, se fueron a la mierda en un segundo.

No solo existía la distancia insalvable, sino una cercanía infranqueable. ¿Pertenecía yo a un sistema de relaciones, a un universo de negociaciones que estaba anclado a un territorio, a un país, incluso a una política? Estando en Cuba llegué a pensar lo inimaginable: que la influencia norteamericana podría romper el equilibrio de algo tan frágil como, por ejemplo, la convivencia de blancos y negros, y que la intromisión de lo políticamente correcto terminaría por invertir esos términos, que los revertiría y, con ellos, nuestras libertades, nuestras liberalidades. Me sentía libre dentro de nuestras categorías y dicotomías, dentro del blanco y negro cubano. Recuperaba una justeza, una justicia, hasta una lógica. ¡Había vivido en un mundo ilógico! Efectivamente, de alguna manera Cuba estaba situada a 90 millas de un peligro mortal: yo también viví en el monstruo y le conozco las entrañas. . . Sí, Cuba estaba en peligro de extinción. . . y éste era el momento de evitarlo, de influir en el advenimiento del porvenir. Había conquistas que nada tenían que ver con el castrismo, logros que eran producto de la desgracia o del albur (en esto coincidía con el filósofo Jon Elster), y el resultado estaba a la vista, era un milagro llamado “Cuba”, una realidad distinta de la idealización que se había fabricado el Exilio. De cualquier manera, era necesario revisar mis conceptos, partir de cero, arrancar de la confusión y ver adónde me llevaba. . .

Fue en ese momento que llevé la mano a la pistola. Como Bowie en Ziggy Stardust, puse un ray gun to my head, me apunté a la cabeza. La última treta, el último arrullo de la Cuba que nos lleva a cruzar el puente sobre el arroyo (¡que murmura!), la que ampara los dulces traumas infantiles. . . Apreté el gatillo: Cuba cayó. Néstor niño corrió despavorido a encontrarse conmigo.

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El (d)efecto Cuba

Confieso que fui a encontrarme con los invitados a un almuerzo en casa de Wendy Guerra por pura cortesía. Unos días antes había ido al Capitolio con mi amigo Rafael Fornés, y los profesores de la facultad de arquitectura de la Universidad de Notre Dame, todos académicos americanos, me aburrieron olímpicamente. No era cuestión de antipatía, todo lo contrario: es que estaba intoxicado de lo cubano. En Cuba, el mínimo diferencial se ahonda. Pero esta tarde se trataba de una editora catalana, el director de un semanario humorístico chileno y un joven filósofo mexicano. Wendy insistía en que los conociera y, dado mi nuevo estado de ánimo, no cifré muchas esperanzas en el encuentro.

Salí de casa, y tuve que caminar nueve cuadras, desde la calle 23 hasta Línea, para tomar un carro de diez pesos que bajara por Tercera en dirección a Miramar. La Habana es una ciudad uniformemente destartalada, su atractivo se confunde con la idea de lo que debió haber sido en su época de gloria. Hay hoteles nuevos y antiguos palacios convertidos en institutos de investigaciones genéticas o cosas por el estilo. Hay un verdor salvaje remojado de lluvia, y una realidad sancochada en el calor sofocante.

Desde la intersección donde me dejó el carro caminé hasta Séptima. Busqué la dirección de Wendy y toqué el timbre. Se abrió la cancela, subí las escaleras y penetré en un salón espacioso, enfriado por un aire acondicionado del tipo que allá llaman split. Wendy me recibió cordialmente y me ofreció algo de beber. Una empleada en uniforme me trajo una cerveza y un vaso. Coloqué mi cartera encima del piano y fui a dar un recorrido por la casa, que había imaginado leyendo los escritos de la anfitriona.

En una especie de boudoir puede admirar su colección de bolsos: reconocí el Louis Vuitton de charol negro que llevaba el día que coincidimos en la galería de Ella Fontanal Cisneros, en Miami. Wendy me mostró sus sombreros, todos obras de arte, metidos en estantes. Me asomé a un baño intercalado, admiré la cocina de mosaicos amarillos. Se trataba de un apartamento de la época modernista, epítome del confort y el buen gusto, que mejor hubiera estado en Milán o en Palm Beach que en aquel barrio miserable. Una especie de isla dentro de la isla, donde se ensayaba una nueva forma de vida, o tal vez una restauración. ¿Una reconstrucción, de las costumbres, de las ceremonias, de la antigua civilidad? Wendy imponía un orden, no solo a la velada, sino a la existencia, a la realidad que había escogido para habitar.

Volvimos a la sala, con vistas a un paisaje espectacular. Entonces llegaron los demás invitados: la editora catalana, acompañada de su perra, una preciosa vizsla que había viajado con ella, el periodista chileno y el filósofo mexicano. Luego de las presentaciones, tomamos el almuerzo (tallarines, cerveza y fricasé de cangrejo), y después del postre salimos al balcón para el coñac y los cigarros. El temperamento de los extranjeros, la suave cadencia que en Cuba se llama pachorra, comenzó a irritarme: ahí estaba otra vez, enredado en la misma historia, hablando boberías, diciendo lo contrario de lo que quería decir. ¿Acaso no me entendía mejor con la gente que viaja en el P4?

Los invitados no solo eran personas excepcionales, sino extremadamente cordiales. Amaban a Cuba, y se mostraron dispuestos, o por lo menos resignados, a escuchar mi perorata. Les pregunté, por preguntar, las razones que tenían para elegir La Habana como lugar de residencia. ¡Menuda cuestión! Enseguida me arrepentí, pero el escritor chileno había tomado la palabra:

“El tiempo tiene aquí otra significación, porque se habita el tiempo. Todo tarda, y eso genera un tipo de vida y un descanso, para los que vivimos en la otra cosa, que es muy grande. . . No hay congestión, no hay automóviles. Todo eso hace que uno se encuentre acá con algo que la otra parte pierde. . . Desde ya, por ejemplo, que no tengamos los teléfonos conectados constantemente, a Twitter, Facebook y todas las redes sociales, para mí es un descanso. Yo te prometo que llego a acá y vuelvo a pensar de otra manera. . .”

Hizo una pausa para tomar un sorbo de su coñac. Entonces, añadió:

“Ahora, todas estas son cosas que ningún gobernante le puede ofertar a sus gobernados: en eso radica su fracaso. Tú te imaginas a un presidente que dice: ‘Yo les oferto una tecnología que no funcione, un nivel de carencia que hace que en vez de usted ir al supermercado a comprar lo que quiere, tenga que comprar lo que puede, que en vez de cocinar lo que se le da la gana tenga que comer lo que existe. . .’ ¡Es inofertable!”

Estuve de acuerdo.

“Ahora bien, la otra cosa que he estado pensando, es que, yo por lo menos, le estoy viendo ahora a este mundo las cosas buenas, porque sé que se va a acabar, y eso no lo podía hacer yo hace cinco años atrás. Porque hace cinco años este mundo estaba en una lucha. Yo creo que si lo ves ahora con un poco de distancia, ya no hay lucha. Aquí la revolución fracasó, y ahora es como quien ve a un padre en el momento de la muerte: puedes empezar a reconciliarte con esas cosas que tiene, que son queribles. En otro momento no se podía hacer. . .”

“Pero, eso de que hablas. . .”, le dije entonces al chileno, “¿no es la famosa pobreza irradiante lezamiana? Que, por cierto, fue sometida a crítica hace tiempo. . . ¿Te das cuenta que se trata de un método de control estatal?”

El periodista puso el vaso sobre la mesilla, encendió otro cigarro:

“Bueno, ¡ahí nos metemos en otro carril de la conversación! Eso es lo que pasa acá, ¿no? Dime a qué nivel de la conversación me invitas y vamos viéndolo. ¡Es tan difícil! Por eso, cuando me preguntabas, ‘¿Qué es lo que te parece La Habana?’, prefiero que lo contestes tú. Yo no pudiera haber vivido en este país, con lo que yo hago y con mi manera de ser, y con lo que son las creaciones que a uno le interesan y las cosas que uno hace, aquí no hubiera tenido espacio ninguno. Bueno, hay otra cosa. Convive, por ejemplo, un alto nivel de libertad en las costumbres con una muy alta restricción en la expresión intelectual. Es decir, la gente. . . la gente que deambula, cumple muchas menos formalidades que en otras partes. ¡Cuba es el reino de la informalidad! Tú ves que la gente anda con pantalones cortos y con la camisa medio abierta, y habitan los colores, no porque la moda sea de colores, sino porque es lo que hay, y eso produce también una variedad muy rica. . . Para mí Cuba es una contradicción permanente, es una. . .”

“¿Café con azúca o sin azúca?”, anuncia Wendy desde la puerta del balcón.

El periodista chileno apaga el cigarro y pregunta:

“Edulcorante, ¿puede ser también?”

 

 

 

  1. armandocorrea

    Néstor, me dejas en ascuas… ¡Quiero seguir leyendo! Esto está mejor que My Struggle de nuestro querido Karl Ove Knausgård. Necesito que sigas escribiendo. Esta es tu novela. Fascinante.

  2. Muy artístico. Me hubiera gustado escribir así desde niño, pero resulté ser ingeniero. Tienes un tono tan gentil con la dictadura, leer esto es ver a los muertos vivitos y coleando, aquí no pasó nada, ni la pachanga ni el ruido que salía de la Cabaña por la mañana. Ni tampoco la mirada orgullosa y opresiva de la jevita hija del agente del G2 que se sentaba al lado mío en secundaria, la que quería asesinar con un seboruco por la cabeza cuando decía “revolución”. Como si un gobierno enquistado y podrido fuera revolucionario. Escribes tan empalagoso que uno puede olvidar que Raúl quiere que Alejandrito y Raulito y Fidelito y Armandito hereden sus propiedades. En cuanto al chileno y la catalana, y esa tipa que vive en Miramar con aire acondicionado y come cangrejo, que el dios del papa rojo los perdone.

  3. Liberal del Perico

    Quiza sin proponertelo, descubriste a la Wendy en su recreado esplendor burgues. Ahora entiendo porque no se va de Cuba. Es cuando menos una asquerosa afrenta para todos esos cubanos (la mayoria) que tienen que zapatear un poco de frijoles a diario para poder darle de comer a sus hijos. Esa es la Cuba profunda, la de verdura y no toda la literatura que te esta comiendo el cerebro o el corazon. Sal rapido de ese peliculon, sino, adios California.

  4. H Dilla

    Ud se empeña en ocultar su mediocridad como cuentero en una amargura sin fin. No me resulta simpática la dueña de la casa, pero creo que Ud con su veneno farandulero la hace lucir bien.

    • Sr. Dilla, me gustaría simplemente saber cuál es su criterio para descalificar la amargura como motivación literaria. ¿Será que todos los “agentes” consideran a los exiliados viejos unos amargados? La amargura o la envidia o la chivatería o la guataquería, son igualmente aptas para producir una obra de calidad. Pero sospecho que la “amargura” de que usted habla no es productiva, sino solo otro de los insultos que le enseñaron en la academia cubana de cuadros para ser aplicado a los enemigos. Cada vez que lo leo, pienso en un operativo o apparatchik. Yo no le resulto simpático, como ya ha dicho públicamente en Facebook, eso me queda claro. Ahora veo que tampoco Wendy Guerra le “resulta simpática”, pero estas son cuestiones de valoración personal. De manera que tampoco nuestros escritos le resultarán atractivos o satisfactorios. Sin embargo, entrar a un blog y tomarse el trabajo de dejar un comentario insulso no lo hace lucir bien a usted, que sale aquí malparado. Su comentario vulgar es, en sí mismo, puro “veneno farandulero”. Lo contrario del “veneno farandulero” sería una valoración calibrada, propia de un académico serio con brillantes credenciales, pero usted desdeña esa opción en favor de un pretendido moralismo, lo cual es aún más penoso. Quede aquí su comentario, como muestra de sus limitaciones. Por cierto, usted pretende conocerme íntimamente –no sé de dónde– yo en cambio ignoro quién es usted, o qué ha escrito, más allá de su perfil de Facebook. Lo de “agente” y “operativo” es solo la manera en que me lo imagino. Mi blog está siempre a su disposición para cualquier descarga, queja o comentario.

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