De la escena habanera y sus ansiedades

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Cuando dejamos atrás el Parque de la Fraternidad y bajamos por la calle Industria, el panorama me hizo pensar en la descripción que da Karl Strecker de la vía Carlo Alberto, en Turín, en la época en que Nietzsche residió allí. Strecker la compara al “interior de una llanta”, y eso parecía Industria. Otras veces, en mis paseos por La Habana, había tenido la sensación de estar envuelto en un hule mugriento, la misma, supongo, que han de sentir los que se montan en una recámara y conviven con ella durante una larga travesía.

Estuve en la calle Carlo Alberto, en diciembre, durante una visita a Turín, y me sorprendió que la vía se pareciera tan poco a la descripción de Strecker, y que la plaza donde ocurrió el famoso episodio de Nietzsche y el caballo fuera un lugar abierto y acogedor. Lo que había sucedido en el interín fue, simplemente, la modernidad, el progreso social que siguió a la época de industrialización. El Turín de la revolución industrial, del tiempo en que Engels administraba las factorías de su padre en Manchester, el del capitalismo dickensiano embarrado de grasa y carbón, ya no existía.

Pero la calle que atravesaba en La Habana del 2016 se llamaba Industria por algún motivo, quizás había aparecido en el mapa de la ciudad por la época de Marx y Engels. En algún momento de principios del siglo XX, la modernidad tuvo que haberla transformado también a ella en una calzada luminosa y acogedora. El castrismo la revertía a la edad del hollín, la fetidez y la oscuridad. ¿No era la revolución, entonces, una regresión? Percibí en la ciudad algo decimonónico, algo –no exagero– de campo de concentración weyleriano, de hacinamiento y miseria coloniales.

El mismo impulso retrógrado y el mismo encajonamiento anima las fantasías de los emigrados nostálgicos que miran atrás y ven una Cuba distópica. Por su parte, Raúl preserva en formol la Cuba origenista, el Paradiso paterno, que son homólogos de la construcción romántica del Exilio: la Cubita de los flamboyanes y los gallos, los héroes y los mameyes. Solo Batista intentó sacarla del medioevo, salvarla de lo nostálgico, lanzarla de cabeza a la posmodernidad. Anclarse al pasado es la antítesis del espíritu liberal que propugnaba el arquitecto catalán Josep Luis Sert en su Plan Piloto de La Habana. Esa renovación urbanística proponía la demolición de la mitad de la ciudad vieja para construir autopistas y rascacielos, y una isla artificial frente al Malecón conectada a tierra por las Calzadas de Galiano y Belascoaín. Hoy La Habana intramuros es el asiento del imaginario pasivo, colonialista, característico de la Oficina del Historiador Eusebio Leal.

El resto de los habaneros viven en la Tuguria de Antonio José Ponte, en La Víbora goth de la novela Carbono 14, de Jorge Enrique Lage. El vestuario confirma la sospecha de que nos encontrarnos en otro estadio histórico, acaso en la Roma de El Satiricón. El estalaje femenino consiste en prendas de lycra estampada en diseños bizantinos y pitusas con los bajos incrustados de pedrería. Los hombres llevan pescadores, también llamados Capri, estrechos y cortos, y camisolas con manguitas ranglán por encima del hombro. Los peinados son escultóricos, con crestas de pelo rubio, azul o rojo, cruzados de rayas hechas a punta de tijera en el cráneo. En cierta ocasión vi a dos albañiles sentados debajo de un árbol: uno le sacaba las cejas al otro con una pinza.

Teatro impuro

Enfrentado a ese mundo canallesco y un poco vodevilesco, el teatro debe subir el tono si quiere ser escuchado. Asistí a las obras de dos de los más importantes directores del momento en La Habana. Di un recital en el taller de tatuajes La Marca de la calle Obrapía. Fui a ver la puesta que dirige mi sobrino, un actor, director y maestro que algunos comparan a Vicente Revuelta.

El teatro en Cuba es teatro político: la situación así lo exige. La política lo condiciona absolutamente todo, tanto la literatura como la gastronomía, la arquitectura como el turismo. En ese sentido, el teatro cubano es un teatro impuro, apuntalado por grandes declaraciones, afincado en la oratoria. El argumento es llevado en hombros de los actores hacia una conclusión que el espectador conoce de antemano. Se trata también de un teatro trágico, pues no hay desenlaces inéditos ni temas que no sean del dominio público. Los directores escenifican los mitos urbanos, los fastos de un panteón nacional. El pueblo responde llenando los foros durante cien funciones. Este tipo de drama no es nuevo, viene practicándose con relativo éxito, y con la relativa anuencia de las autoridades, desde principios de los ochenta. Es un teatro de masas, que busca –y casi siempre consigue– la catarsis.

Si se les preguntara a los directores si lo que hacen es teatro político, seguramente lo negarían, tanto ha llegado a confundirse en Cuba la cotidianidad con la excepcionalidad. La excepción es la norma, y creo que los directores se ven a sí mismos como practicantes de algún costumbrismo.

Varios actores se me acercaron para tantear la cuestión del empleo en el extranjero, pero, ¿qué puede hacer en Miami un actor de Carlos Díaz? ¿Ir a trabajar a Telemundo? Por otra parte, la financiación de las artes es aquí un fenómeno específicamente socialista, es decir, inoperante y maleable. El Estado provee un presupuesto miserable y un salario con el que un actor apenas puede subsistir. Hornada tras hornada de graduados de las escuelas de arte va a engrosar las filas de los parados, y solo un grupúsculo llega a integrar la troupe de los directores estrellas. Los actores se ven forzados, en muchos casos, a buscar empleo de camareros, o de capitanes de los nuevos boliches, donde reciben un sueldo en fulas y una comida diaria.

10 Millones: Fears for Tears

Argos Teatro, de Carlos Celdrán, tuvo varios meses en cartelera una obra titulada 10 Millones. Fui a verla la última noche y la sala estaba llena. Algunas personas me dijeron que la habían visto dos y tres veces. 10 Millones se basa en las anotaciones del director, un diario íntimo que Carlos llevó durante algún tiempo y que finalmente se convirtió en pieza teatral. Se trata de la educación sentimental del joven protagonista, tironeado por dos tendencias en pugna. De un lado la Madre, poseída por el fervor de su misión histórica, la típica “comecandela” entregada al “proceso”. Del otro, el Padre de la criatura, un hombre tímido y vulnerable, el clásico enemigo del pueblo a quien las masas terminan llevando a la picota pública. Ese pueblo que acusa y condena no se ve, pero se siente, es una Fuenteovejuna hecha de borregos que, de una forma u otra, integran la audiencia. Todos nos identificábamos, alternativamente, con los culpables y las víctimas: tal es el logro de 10 Millones. No era raro escuchar sollozos y hondos suspiros en la sala de Argos Teatro.

La Madre pretende separar al muchacho (llamado simplemente Él) y al Padre, como si se tratase de una operación ideológico-quirúrgica. Corre de un lado para otro en su jeep oficial, una heroína clásica en su carruaje, resolviendo dificultades, paliando y repartiendo miserias a partes iguales, dando y recibiendo órdenes. El niño no solo es el objeto de la diferencia, no solo está en el medio del problema, sino que libra una batalla de ideas consigo mismo. Por fin encuentra su imagen reflejada en la gota de esperma de un compañero que se ha venido en sus manos, y el Poder se mira entonces en el espejo de Narciso.

Hay un lirismo y una severa ternura en la ópera prima de Carlos Celdrán, cuyo telón de fondo es la Cuba del Período Gris, el ambiente malicioso de la revolución institucionalizada, el ruido atronador de las consignas, el sudor de las grandes tareas, el llanto por las zafras perdidas, las altas sirenas de las prisiones, reales e interiores. Lo que está en juego, a fin de cuentas, es el alma de un niño, y esa alma no es más que la expresión sublimada de su cuerpo: 10 Millones es La carne de René para la época del Segundo Congreso de Cultura.

El actor principal (Daniel Romero) aparece en escena con las tetillas inflamadas y los ojos brillantes, en toda su perfecta adorabilidad pubescente. El acento es villareño, la coloratura rural. El muchacho es uno de esos actores que, de cuando en cuando, suben a escena como un hallazgo, y no solo artístico. Los directores los entrenan para que se dejen exhibir como un trofeo. Que alguno tenga talento, que sea capaz de llevar una pieza larga –demasiado larga y compleja– y darle un sentido exacto a cada giro del texto, produce un deleite del que los directores no son totalmente inocentes.

Al parecer, Celdrán ha contado su propia historia familiar, tomado algún gesto, algún capricho de su propia madre y de otras personas cercanas a él. Esa mujer heroica, el personaje de 10 Millones que encarna mejor la fatalidad clásica, una creación trágica que quedará como modelo en el repertorio de Carlos Celdrán y del teatro cubano de su época (investida de una serena grandeza por la actriz Maridelmis Marín) concluye su último monólogo con una declaración sencilla, dicha en el tono más llano: ahora vive en Miami, se fue de Cuba como todos, como alguien que cumple una misión internacionalista. Sí, a Miami, no lejos del que fuera su esposo, que tiene ahora otra familia y otros hijos, el que durante el Mariel soportó el repudio de su propia carne.

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La actriz Maridelmis Marín en el papel de la Madre

Creo que 10 Millones admite recortes y alguna reescritura, y quizás Carlos (cuyo alter ego aparece en escena con el personaje de El Autor) consiga llevarla a su forma definitiva en próximas representaciones. Sé que más de un crítico la detestó, y sé que el público habanero la adoró. 10 Millones propone un muy necesario ajuste de cuentas con el pasado, no solo nacional sino individual, y desencadena una catarsis de la que La Habana, a juzgar por las lágrimas, parece estar necesitada.

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Carlos Celdrán

Tras bambalinas

De Harry Potter, se acabó la magia, la última producción del Teatro El Público, no estoy en libertad de comentar por el momento. Debe estrenarse en breve en el Teatro Trianón, que es la sede del grupo de Carlos Díaz, y los espectadores podrán juzgar entonces sus méritos artísticos y políticos. Solo quiero apuntar, de pasada, que las salas de teatro habaneras son recintos donde circulan los más grotescos rumores y que, tras bambalinas, tiene lugar una representación no menos apasionante, un drama de arsénico y encaje, de capa y espada.

Al grisáceo reinado del Ministro de Cultura Julián González Toledo sucede un nuevo Período Prieto. Se le achacan al exministro comentarios inconvenientes en presencia de Raúl Castro, que lamentaba, en una reunión de correligionarios, que los últimos logros de la cultura cubana fueran un concierto de los Rolling Stones y la visita de Rihanna. González osó rebatir los argumentos del dictador, citando los éxitos de su trabajo al frente del Ministerio. Abel Prieto, el confiable consejero áulico, fue llamado a llenar el vacío que dejaba el imprudente secretario. Cuentan los enterados que, después de meter la pata, Julián González terminó de ponerse la soga al cuello con nuevos comentarios sobre las veleidades de una de las nietas del general.

Ninguna de estas noticias aparecen en la prensa, el periodismo oficial no reporta los chismes de la farándula, aunque el cotilleo circule como la candelilla y corra por los pasillos de los ministerios y las trastiendas de los palacios. Un chisme puede, todavía, costarle la cabeza a un alto funcionario, y la familia real continúa siendo, hasta el día de hoy, tan intocable e inaccesible como el mono de la cadena.

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Mi recital en La Marca, un salón de tatuajes de la calle Obrapía bajo la dirección de Roberto Ramos, Tita y Oscar Sánchez, transcurrió sin mayores contratiempos. Leí de mi último libro, Buscar la lengua, publicado por Bokeh Press en el 2015, evitando caer en política, por lo menos hasta donde la política en Cuba puede separarse de cualquier otra actividad.

En el público se encontraba lo más granado de la inteligencia habanera, desde pintores y directores de teatro hasta novelistas de moda y periodistas de la revista Mujeres. Me presentó el poeta Omar Pérez, y es verdad que –como me dijo Wendy Guerra unos días más tarde durante una soirée en su apartamento de Miramar– si una cartomántica me hubiese presagiado en 1979 que yo iba a recitar en La Habana del 2016 y que la presentación estaría a cargo del hijo del Che Guevara, probablemente me hubiera partido de la risa. Omar tuvo la delicadeza de leer, a manera de introducción, mi Ars Poeticae, del libro Palabras a la tribu (Lumme Editor, Sao Paulo, 2014). Luego mi sobrino cantó en su voz grave Que veremos arder, e inmediatamente después subí al escenario, iluminado por un farol de plástico en forma de busto de Martí, y entoné algunas de mis piezas más conocidas: Los dos primeros años aquí son los más duros; Factorías; Epístola a los Sodomitas; Carne de presidio; Crack. . .

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De nuevo Alexis, el zombi, leyó mi George Romero, y su esposa, la actriz Linda Soriano, metida en un bikini de colores tropicales, mi balada Renoir:

Renoir, de tus princesas enjoyadas e ilusas

sale un agrio perfume de cloacas caseras. . .

Obviamente, los asistentes no tenían ni la menor idea de lo que les deparaba la primera noche de poesía cubanoamericana en La Habana. Muchos se me acercaron después de la función para expresarme su agradecimiento y su admiración; entre los asombrados, los dos jóvenes periodistas de la revista Mujeres, a quienes di una entrevista que debe aparecer, según me dijeron, “en cuestión de un año”. Otros me han criticado por regresar a Cuba y tener la osadía de presentarme ante el público habanero. Omar Pérez y los muchachos de La Marca me invitaron, y acepté con gusto. Si llegaran a invitarme a la UNEAC, también aceptaría. No estaría nada mal que me oyeran allí: mis “palabras a la tribu” son para quien quiera escucharlas, y digo lo mismo dondequiera que voy.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  1. Mario Marti Brenes

    Cierto gusto por destacar el disgusto de tu artículo me gusta.
    Nunca me agradó, por otro lado, el plan del arquitecto catalán Josep Luis Sert. Era como un Oscar Niemeyer metido en La Habana demoliéndola a su gusto para crear otra espantosa Brasilia (que es un invento fascista e inhumano) la he padecido. Como Astaná, en Kazajistán y otras por el estilo.
    Ni los ataques de Ponte contra Eusebio Leal me han gustado.
    Los arquitectos de mi familia, desde los años 40, propugnaban las mismas ideas que luego plasmaría Leal (a medias porque no lo dejan terminar).
    La Habana por ser una especie de cebolla donde se circunvalan épocas, admite respetar el pasado y proyectar el futuro sin molestar a nadie.
    Tampoco me han gustado los ataques a Leal de Antonio José Ponte.
    Prefiero ver hacer que ver criticar. Y en La Habana. A no ser Leal, nadie ha hecho nada en los últimos cincuentipico de años.
    Creo que las ciudades, las humanas, son el sumo de la democracia: Regulaciones urbanísticas, las sensatas y el resto la imaginación desbordada de sus habitantes que se debe respetar para los que nos guste la “colonia”, por ejemplo.
    Pero esa es la forma de pensar de este simple y desconocido habanero que no tienen en cuanta los grandes críticos en el Parnaso.

  2. “Leí de mi último libro (…) evitando caer en política, por lo menos hasta donde la política en Cuba puede separarse de cualquier otra actividad”. “digo lo mismo dondequiera que voy”. Hay una contradicción entre ambas cosa, ¿no?

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