Vísperas del nonagésimo

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Pero, a lo que vine. Una cuadrilla de albañiles derribaba paredes y reemplazaba tuberías en la casa de mis parientes, los Hernández Arocha. La casa está en el Vedado, y en mis frecuentes excursiones en busca de cemento, polvo de piedra y arena, recorro una y otra vez ese hermoso barrio habanero, caminando al resistero del sol, sudando a la gota gorda: el sudor se evapora y queda la mancha de salitre en el pulóver. Voy deleitándome en la belleza de los paseos señoriales, venidos a menos, en la serenidad clásica de la ciudad imperial.

En el Vedado coinciden los lujosos palacios machadistas de la época de esplendor republicano, en estilos Art Deco, Art Nouveau, Streamline, y los edificios levantados durante la revolución modernista. La variedad es tal, que aún en ruinas, el Vedado sigue siendo el asombro del mundo. Diversas facultades de arquitectura de universidades americanas vienen aquí con sus alumnos. Mi amigo, el arquitecto Rafael Fornés, viaja con Notre Dame, y me pide que me una a su grupo en un día que no hay mucho que hacer en la casa.

La fiebre constructiva es evidente por toda la urbe. No solo se restauran el Capitolio, el Centro Gallego, la Manzana de Gómez y los monumentos del casco histórico, no solo se construyen hoteles feos en estilo Sheraton y Marriott, sino que se renuevan casas particulares, se remozan los apartamentos privados. También se transforman portales en cafeterías, garages en pizzerías, patios en ferreterías. El cuentapropismo ha exacerbado la necesidad de locales, de arriendos, ha centuplicado la demanda de albañiles y plomeros, de carpinteros y cerrajeros.

Algunos dicen que Cuba está en venta. Ahora la gente compra y oferta propiedades con cierta libertad, y el instrumento legal de la repatriación es el subterfugio de un gobierno que se resiste a reconocer la influencia de sus emigrantes, sobre todo del exiliado cubanoamericano, al que se le niega el derecho de ciudadanía. La gente se repatría para adquirir propiedades, así de simple: la patria es lo inmueble, propiedad horizontal, Real Estate, “bienes raíces”. Como los difuntos de Karl Ove Knausgaard, Cuba es un tomacorrientes, una ventana, un inodoro, unas paredes de las que partió el espíritu. Mi alma es solo un cenicero, parafraseando a Lezama.

Existe un complicado sistema de autoengaño, un entendimiento tácito entre los que roban y contrabandean y los que consumen; entre el Estado ladrón que se llena los bolsillos y es incapaz de satisfacer las necesidades básicas de sus súbditos y la bellaquería de esos vasallos. Por cierto, este es un estado de cosas que la gente no desea ver entorpecido. ¡No hagan olas! Nada indica que el pueblo esté en desacuerdo con los planteamientos de la disidencia, es que antepone la satisfacción instantánea, si bien incompleta, de sus necesidades inmediatas, a la agobiante tarea de la transformación auténtica. Quien ose trastornar el orden establecido, será considerado un aguafiestas y sacado a patadas del escenario donde se representa la farsa. Es en tal sentido que el raulismo es teatral, que es slapstick, y el teatro tradicional que se produce hoy en La Habana se ha visto en la necesidad de subirle la parada, de expresarse en un tono más enfático. Del teatro habanero y sus problemas hablaremos más adelante.

La reconstrucción, como todo lo demás, se hace extremadamente ardua debido a la apatía e ineficiencia de los proveedores oficiales. Tampoco en este renglón los generales tienen rivales o competidores, son los distribuidores exclusivos del cemento y la pintura, de tuercas y tornillos. Y ahí, precisamente, está el límite de las llamadas “reformas”: la irrupción de un Home Depot significaría el fin del raulismo monopolista, que es la fase superior del fidelismo.

El repatriado tiene derecho a regresar a Cuba con un contenedor lleno de mercancía, por el módico precio de 6 mil dólares. Las urgentes tareas de construcción, el asunto de la crisis habitacional, el estado de emergencia de la infraestructura, podría ser paliado de inmediato con un mayor influjo de capital y pericia cubanoamericanos, con una mayor aceptación y uso del know-how miamense, pero ésta, como cualquier otra, es una batalla cuesta arriba, los obstáculos que opone el sistema son insuperables, y la influencia de las grandes firmas ingenieriles del sur de la Florida es casi nula.

Pero sucede que los más distinguidos urbanistas y expertos contratistas de la Yuma son cubanoamericanos. Nada menos que Andrés Duany y los maestros Cabarrocas han ofrecido sus servicios, están dispuestos a ser parte de la solución. Les anima el amor a Cuba y un alto sentido patriótico –y el que diga lo contrario no es más que un orangután ignorante. La oficina de Luis y Jorge Trelles conoce esta ciudad y sus problemas mejor que ninguna entidad oficial, y ese despacho está situado a solo 200 kilómetros de aquí, en la que Obama calificó de “capital de América Latina” .

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De izquierda a derecha: Soto, Alfredito Zayas, Esther María, el autor, Jose.

Descenso a La Habana del Este

Nuestra cuadrilla de albañiles estaba integrada por Alfredito, Jose y Soto; los dos primeros frisan los treinta años, Soto rebasa la cincuentena. Descubrí entre los trabajadores cubanos, al menos entre los que tuve la suerte de tratar, una singular dignidad y compostura. Llámenme sentimental. Vine condicionado por la idea del salvajismo y la vagancia, pero los albañiles que nos tocaron en suerte eran las personas más consideradas que he conocido en largo tiempo.

Mi mujer y yo tratamos de ser justos, pero aún así la paga por el trabajo de un obrero en Cuba es poca comparada con los sueldos de las mismas profesiones en cualquier otra parte del mundo. Considérese, además, que un maestro albañil, en estos tiempos de boom constructivo, gana en un mes lo que un doctor o un ingeniero empleado del Estado gana en un año.

Cada mediodía, a la hora del almuerzo, me iba con los albañiles a la cafetería Las morenas, en 8 entre 21 y 23, donde sirven el fricasé de cerdo más exquisito de La Habana. Alejandro, el dueño del establecimiento, se dio cuenta de que yo no podía, por cuestiones de salud, tomar sus refresquitos artesanales de limón y naranjada, hechos con agua hervida, y a los pocos días me tenía reservada mi latica de guachipupa Ciego Montero.

Nótese que a mi partida de estas tierras, el refresco, el fricasé, un platillo cualquiera, para no hablar de los gestos amables o del más mínimo amago de hospitalidad, habían sido erradicados oficialmente. No se me acuse de ingenuo entonces si, en esas limonadas y en esos gestos yo vislumbré un mundo nuevo, o si me dediqué a saludar a todo el mundo con un muy inopinado “¡Buenos días!”, contraviniendo los consejos de mi mujer, que aspiraba a mantener un perfil tan bajo como fuera posible.

Pónganse aquí, si se quiere, maripositas manga, estrellitas y arcoiris sicodélicos. Entre mis coterráneos, no importa qué rudos, qué torpes o atorrantes, me sentí como un pez en al agua, como el viejo al que dan una bicicleta después de muchos años de no montarla y sale pedaleando. Este era mi acento, mi cadencia, mi norma, mi elemento. Ríanse, no importa. De regreso de la casa de mi amiga Elita en La Lisa, o de la madre de mi amigo Pedro, en La Coronela, me sorprendía un aguacero y caminaba debajo del agua, dejando que la lluvia ácida y las emanaciones de la gasolina cruda que permean La Habana me bañaran, sintiendo una compleja, agarrotada y un poco avergonzada felicidad.

Con Alfredito Zayas, el albañil, nos fuimos al reparto Bahía, en La Habana del Este, a almorzar con su familia. Fue desde ese balcón desde donde atisbé la antorcha de la refinería, y fue entonces que pensé en el ojo de Sauron. Adentro sonaba el reguetón, que es la banda sonora de los barrios bajos y de los sofocantes almendrones. La familia tomaba vodka Regenta, una bebida barata que suplantó el ron en las fiestas cubanas, y cerveza española Mahou, que compramos en un Rapidito.

Los niños de los vecinos llegaron atraídos por la comida abundante y la fiesta. Eran muchachos de siete u ocho años que movían los cuerpecitos al ritmo de la música con una sensualidad que no se correspondía con su edad. Como en Estados Unidos hay mall rats, ratas de los desolados centros comerciales, en Cuba hay ratas de microbrigada, niños que han pasado sus vidas en el ambiente de los edificios de apartamentos de Alamar. Ya tarde en la noche, cuando salimos a la avenida oscura atestada de transeúntes que esperaban por el último ómnibus de la confronta, todavía había chiquillos jugando en la explanada. Es una de las razones que había citado Lily Rentería para repatriarse: “¡Los niños aquí juegan en las calles!”

Otro tipo de elemento encontramos en el Parque de la Fraternidad, donde nos dejó el P3. Los bancos de hierro y los contenes estaban tomados por los travestis; policías con perros pastores alemanes se movían entre los grupos de bugarrones. Era, de nuevo, el ambiente de La Habana profunda que siempre existió, aunque ahora de una manera mucho más desaforada. Timbiriches de 24 horas, iluminados con focos desnudos que colgaban de cables pelados, servían refresquitos de naranja, torticas de ajonjolí y churros. Las locas merodeaban como moscas los puestos de masitas fritas.

Cansados de esperar por el almendrón que nos sacara de aquel infierno, nos decidimos a bajar por la calle Industria hasta Neptuno. Caminamos por entre profundos huecos abiertos en el asfalto, lomas de barro y charcos de aguas negras que despedían un olor mefítico. Serían las dos de la mañana y la calle estaba atestada de gente que gritaba de una acera a otra, sentada en los quicios, tomando cerveza. Era la víspera del comienzo del carnaval y del nonagésimo cumpleaños de Fidel Castro.

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Un Comentario

  1. Pingback: NDDV: ·De la escena habanera y sus ansiedades· | inCUBAdora

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